
Tina de Luis
El tenue viento que levantó el paso de la primera página del álbum bastó para llevarse sus últimas migajas de optimismo. El joven, sentado en el banco junto a él, tras una sonrisa acartonada y una excusa tan fugaz que su final se adelantó al inicio, se puso en pie y se escabulló. La indiferencia del joven dio el golpe de gracia a las endebles esperanzas de Benito. Los once intentos fallidos de enseñar su álbum de familia esa tarde le arrebataron un anhelo, ya de por sí, prendido con alfileres. El único y dudoso éxito se lo brindó una amable señora, algo mayor que él, al prestarle la atención precisa para llegar hasta la última fotografía. Pero, cuando apareció la hija con una silla de ruedas para llevarla a casa, se estrelló contra la inclemente evidencia de que la mujer o no había tenido más remedio que escucharle y contemplar el álbum, o fue la excepción que confirmaba la regla de un desinterés generalizado hacia los sentimientos ajenos. Ni el deseo de mostrar las fotos de su familia —lo único que poseía que merecía la pena— ni sus razones ni su aislamiento ni sus carencias importaban a nadie.
Benito creyó oportuno dar por terminado aquel ritual diario de… ¿entretenimiento?, ¿consuelo?, ¿deseos de compañía?, ¿desahogo? No atinaba con el vocablo preciso para una práctica; que, sin duda, abarcaba un contenido demasiado extenso y a la vez muy simple. Metió el álbum en la bolsa, todavía en perfectas condiciones, a pesar de tanto ir y venir con ella a todas partes. El álbum albergaba la razón de su existencia: una familia propia. Aquella que Dios no quiso concederle de carne y hueso. Su dilatada vida se había consumido tratando de encontrarla, en un desesperado empeño, ahora ya baldío, de identificarla en la fisonomía de personas desconocidas. Se convirtió en el experto más avezado en el escrutinio de rostros, debido a su impulso irrefrenable de buscar en ellos los rasgos de sus seres queridos. Ni se rindió ni claudicó, pese a cuestionarse en cada momento la razón de que lo abandonaran a su suerte. Resultaba inconcebible atribuir a caras tan bondadosas, como las de su álbum, el menor resquicio de egoísmo.
La calle, su balsa antinaufragio, le ofrecía lo que no hallaba en su vivienda: calor humano, miradas, risas, personas de verdad, la ilusión de un encuentro, ¡vida! En su casa una soledad más densa que la niebla marchitaba sus exiguos recuerdos y amamantaba su desánimo. Un hogar ficticio, de espacio reducido y tabiques opresivos. Las horas más insípidas y estériles transcurrían junto a la ventana, tras cuyo cristal la realidad se transfiguraba, para desvelarle espejismos trasnochados. Y, entonces, se refugiaba en el álbum con ansia, con desespero; en unas fotografías desgastadas de tanto posar en ellas la mirada. Y el pensamiento volaba hasta el orfanato, donde empezara su desdicha y su júbilo.
Benito, repudiado por la suerte, no se resignaba a vivir en una inclusa, como hacían otros niños. Ellos se adaptaban y abrazaban un destino inmerecido, malogrado. No, él no lo aceptaba. Ni siquiera se esforzaba por disimular su frustración. Proclamaba a los cuatro vientos la necesidad de una familia, «su» familia. Su enquistada amargura empañaba la felicidad de una comunidad, cuyo objetivo consistía en arrancar sonrisas a los pupilos y en endulzar su existencia. La hermana Teresa se desvivía por procurar el bienestar de sus angelitos, como ella los llamaba. Con una empatía sin igual, sufría por ellos, como ellos y junto a ellos. Benito, en cierto modo, se consideraba un canalla por no corresponder a las atenciones de una mujer tan afectuosa y entregada.
Todo cambió el día en que ella dotó de alas al espíritu del niño. Una tarde, jamás olvidada, lo llevó a su estancia y, sin preámbulos, le entregó una bolsa. Benito clavó los ojos en ella, sorprendido.
—Saca lo que hay dentro, es tuyo.
Benito extrajo de la bolsa un precioso libro de fotografías. Lo observaba perplejo e indeciso. La madre Teresa con la emoción en la mirada, se volcó en explicaciones.
—Lo reservaba para el momento oportuno. Ahora ya estás listo para ocuparte de él y disfrutarlo. Nunca olvidaré el momento en que llegaste aquí, con tus mejillas sonrosadas y tus ojos vivarachos, dentro de un capazo como Moisés, el sacado de las aguas. Al tomarte en brazos, nos encontramos este álbum y una carta en su interior. He esperado este momento con impaciencia. Me duele tanto vuestro sufrimiento que haría cualquier cosa por evitarlo. Si te parece, primero leeremos la carta y a continuación te mostraré el álbum. Te describiré a cada una de las personas que aparecen en él; o sea, ¡a tus familiares!, y te diré quiénes son, tal como yo he ido deduciendo.
Al escuchar la lectura, Benito levitaba sobre el vértice de un sueño. No absorbía la carta en su conjunto, solo palabras salteadas y relevantes para su mente enmelaban sus oídos como un bálsamo: «Queridísimo hijo…, volver a vernos…, te echamos de menos…, todos juntos…, te queremos». A partir de aquel momento, a la vida le brotaron los colores.
¿Las fotografías se habían desgastado de tanto pasear por ellas la mirada? ¿O porque sus perfiles y colores se habían trasladado a las pupilas de Benito y sus imágenes al alma? Se reafirmó en su decisión: no más rondas de contacto con desconocidos, final de los intentos de localización de su familia, adiós a una ilusoria compañía con extraños. La inquietud lo desveló esa noche. A media mañana, dio un último repaso al álbum, lo guardó en la bolsa y se encaminó hacia el orfanato. ¡Cuántos años transcurridos sin ir a visitarlo! Tantos como terciaban desde la muerte de la hermana Teresa. Cuando ella faltó, los lazos que lo unían a la institución se deshilacharon. Sin embargo, el motivo que dirigía ahora sus pasos lo enardecía. Regalar una familia no era privilegio de muchos. De casi nadie. Y él, erigiéndose en Rey Mago, estaba a punto de brindar la felicidad a algún ser incompleto y desdichado. A una personita que quizá la necesitase tanto como él en su niñez y a quien, probablemente, la sacaría de la oscuridad para devolverle el brillo de la vida. La hermana Clara lo recibió enseguida, no lo había visto desde que abandonó el hospicio. Benito dio un último abrazo al álbum, tomó aliento y se lo entregó.
—Hermana, con este álbum me desprendo de una vida, de una familia que nunca vino a mí. Aun así, me devolvió la dignidad. Iluminó mis momentos más sombríos. Me dio fuerzas cuando la debilidad y la desgana me aplastaban. Pobló mis sueños de voces y sonrisas entrañables. Deseo que produzca los mismos alicientes en alguna de las criaturitas de esta institución. Estoy entrando en una edad de riesgo, no quiero descuidarme y pasar a mejor vida sin haber dado este paso. El día en que yo… me vaya, ¿a quién le interesaría mi familia? Acabaría en la basura o enterrada bajo el polvo, junto a otros trastos viejos, en una tienda de antiguallas. Eso sí que me entristecería, no el desprenderme de ella con un fin noble. Le suplico, por favor, que repita al destinatario o destinataria del álbum el mensaje que la hermana Teresa me transmitió a mí. Si lo ha olvidado, con mucho gusto se lo recordaré.
—Claro que lo recuerdo. ¡Cómo olvidar tan hermoso gesto! La hermana Teresa poseía un don, una generosidad excepcional. Sobre todo, con usted, Benito.
La hermana lo miraba fijamente, embebida en una creciente duda: «O mucho me equivoco o esas facciones…». En cuanto el anciano salió, la hermana Clara corrió a la galería de retratos y clavó sus ojos en uno de ellos. Palideció ante la obviedad. Benito era la viva imagen de la hermana Teresa. La hermana Clara se volvió hacia la ventana. Benito atravesaba el patio observando con nostalgia cada detalle y rincón. Sintió una tierna compasión por ese hombre, que se alejaba encorvado y arrastrando sus pasos por el adoquinado.



Deja un comentario