
José Ramón Guillem García
Mira el fondo de ese vaso.
No hay ningún misterio ahí.
Hay ginebra barata, un poco de ceniza y la marca que ha dejado el pulgar del camarero. Lleva toda la tarde sirviendo copas y probablemente no se ha lavado las manos desde el martes. Fuera llueve. Llueve con fuerza. El agua golpea los tejados y la calle está casi vacía.
A mí me gusta así.
Quizá por eso me hace gracia escuchar a algunos escritores hablar del punto de vista. Hay quien dice que el narrador omnisciente está muerto. Que ya no funciona. Que el lector actual no se lo cree.
No sé de dónde han sacado eso.
Lo dicen con mucha seguridad, eso sí. Como si hubieran descubierto la fórmula definitiva de la novela y los demás fuéramos unos fósiles empeñados en escribir como si todavía cobráramos en pesetas.
Yo creo que tienen miedo.
Miedo de verdad.
Porque utilizar un narrador que lo sabe todo tiene una pequeña desventaja: ya no puedes esconderte.
El escritor omnisciente, para entendernos, es ese cabrón que entra en una novela y sabe lo que están pensando todos los personajes. Sabe quién miente, quién desea a quién, quién tiene un cuchillo en el bolsillo y quién está a punto de morir. Y no necesita estar allí para saberlo.
Si sabe lo que piensa el asesino, lo que está haciendo la mujer que espera el tranvía y lo que acaba de decidir el policía que está a dos calles, puede contarlo. No puede decir que no lo sabía. No puede limitarse a seguir al personaje y fingir que él tampoco entiende lo que está pasando.
Y eso incomoda.
El narrador omnisciente puede ser un hijo de puta, pero tiene una ventaja: mira.
Mira al que roba, al que miente, al que ama y al que se cree mejor que los demás. Mira al hombre que lleva un arma en el bolsillo y también a su madre, que está a diez kilómetros preparando la cena sin saber que su hijo quizá no vuelva a casa.
Eso me interesa.
No la omnisciencia como truco literario. La posibilidad de contar cosas que el personaje desconoce.
Los escritores actuales parecen tenerle más cariño al «yo». Todo pasa por ahí.
Yo vi esto, yo sentí aquello, yo no sabía lo que estaba ocurriendo.
Y está bien.
A veces funciona de maravilla.
Pero también es un escondite estupendo.
Porque si el narrador no sabe algo, tú tampoco tienes que saberlo. Y si el personaje se equivoca, siempre puedes echarle la culpa a él.
El narrador que lo sabe todo no tiene esa salida.
Sabe que el protagonista está mintiendo.
Sabe que la mujer que acaba de despedirse de él no piensa volver.
Sabe que el tipo que acaba de entrar por esa puerta va armado.
Y sabe, además, que dentro de tres minutos alguien va a morir.
Eso es lo interesante.
No que el narrador sea Dios. Dios me importa bastante poco, por lo menos en este contexto. Lo interesante es que tenga los ojos abiertos.
El protagonista puede creer que está destinado a algo grande. Puede pensar que es un héroe, un desgraciado incomprendido o el hombre que por fin va a cambiar su vida.
El narrador no tiene por qué creerle.
Puede saber que es simplemente un tipo con mala suerte.
Y cuando ese tipo se salve porque el suelo cede justo cuando el sicario va a disparar, tampoco hace falta convertirlo en un milagro. A veces la gente sobrevive porque tiene suerte. O porque el otro tropieza. O porque una puerta se atasca.
La vida está llena de finales así.
Apuro el vaso.
El hielo hace rato que se ha derretido y la ginebra sabe a tubería.
Dejo un billete sobre la barra, me subo el cuello del abrigo y salgo.
Sigue lloviendo.
Y mientras camino pienso que quizá el narrador omnisciente no esté muerto.
Quizá simplemente haya dejado de gustarle a la gente que prefiere no mirar demasiado.
Ahí queda eso.



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