
Francis Paramio
El tren partió con su lento rodar por la vía uno de la estación de Valdemoro, y yo miraba a los que se quedaban de pie en el andén contrario con la mirada abierta, buscando en sus caras una pregunta al aire. Rápidamente dejé de ver la estación para encontrarme con una alternancia de árboles, matorrales, y a lo lejos, una serpiente de casas, pisos, y sobresaliendo en el horizonte de la tarde, la torre de la iglesia y la del ayuntamiento. Me vinieron a la mente aquellos paseos vespertinos por las Bolitas del Airón, el sol rodando por el empedrado de la Plaza de la Constitución, la imagen de los abuelos al cobijo en los soportales, la gente presurosa por la Plaza de Autos camino a la iglesia. La gente de aquí solía mirar de cerca, casi saludando con la mirada, como si te conocieran de hace tiempo, o como si quisieran crear un lazo de afecto. Las calles me sabían un poco a pueblo, no había semáforos. Debía ser porque la ciudad nunca quiso crecer, prefirió ser una niña en cuerpo de adulto, para arropar al recién llegado y hacerle de aquí. Alguna vez, al mirar el convento desde la Fuente de la Villa, he pensado que la villa debió ser importante en su día, pero me alegraba de que quisiera seguir siendo niña pequeña, acurrucada entre los cerrillos y las yeseras.
El tren resopló fuerte, y quedaron lejos las calles de pueblo, las plazas, los parques, los balcones, las fuentes y las gentes. La ciudad creció. Ya no era la misma. Yo tampoco, y había que decir adiós. El estómago me dio un pinchazo. Debe de ser eso lo que llaman «arraigo».




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