
Fernando Martín Pescador
Julio César (Julius Caesar), William Shakespeare, 1599.
Julio César (Julius Caesar), dirigida por Joseph L. Mankiewicz, 1953.
Digger, dirigida por Alejandro Iñárritu, 2026.
El precio de la red (The Social Reckoning), dirigida por Aaron Sorkin, 2026.
El vengador tóxico (The Toxic Avenger), dirigida por Michael Herz y Lloyd Kaufman 1984
Resident Evil, dirigida por Zach Cregger, 2026.
Clayface, dirigida por James Watkins, 2026.
Julio César acaba de ser asesinado por un grupo de senadores. El pueblo de Roma se reúne a las afueras del Senado. La multitud solicita explicaciones. Bruto es el elegido para apaciguar a la muchedumbre. Con su discurso convence al pueblo de que César era un traidor a la República de Roma. Los allí presentes dejan de ser individuos para convertirse en una masa colérica que remataría a César si este decidiera resucitar. Acto seguido, Marco Antonio, uno de los mejores amigos de Julio César, se dirige al pueblo. Todos lo reciben con animosidad. Sin embargo, gracias a sus dotes de oratoria, Marco Antonio logra revertir la situación y, ahora, la masa, aún más embravecida si cabe, pide venganza por la muerte de César, que era, como les dicta Marco Antonio, un héroe leal a Roma. Así ilustra William Shakespeare la capacidad que tienen los gobernantes para moldear al pueblo a su antojo.
Si Marlon Brando encarnaba brillantemente a Marco Antonio en la versión cinematográfica de Julio César, Tom Cruise interpreta a Digger Rockwell en Digger, la última película de Alejandro Iñárritu. En una situación muy similar a la que se enfrentó Marco Antonio, Rockwell debe responder ante un histérico y enfurecido Parlamento Europeo que le culpa de todas las calamidades climáticas que achacan a su insaciable avaricia. Digger se enfrenta a una masa adversa con un discurso magnífico en una escena que pasará a la historia del cine. «Cuando todo lo demás falla,» dice Rockwell antes de salir a soltar su discurso, «sacúdeles con la verdad.» Y la verdad es que monstruos humanos como Digger Rockwell existen porque la masa permite que existan. Todos somos responsables del cambio climático, como especie y como individuos. Digger ha sido uno de los dos mayores fracasos de Warner Bros en 2026. La película no ha sido bien recibida ni por la crítica ni por el público. A mí me gustaría pensar que está condenada a convertirse en una película de culto.
¿Cómo nos convertimos los individuos en masas polarizadas? ¿Cómo consiguen convertirnos en monstruos que ven la violencia como única solución a los conflictos humanos? ¿Cómo consiguen convencernos para que actuemos, enardecidos, incluso en contra de nuestros propios intereses? ¿Cómo logran que lleguemos a enviar a nuestros hijos a la guerra? El director Aaron Sorkin intenta explicárnoslo en El precio de la red, la película basada en el juicio real al que se enfrentó Facebook y en el que se demostró que la famosa red social tenía como prioridad absoluta el mantener a sus usuarios en línea el mayor tiempo posible, aunque esto significara el permitir que grupos extremistas se adueñaran del discurso y utilizaran la red social para captar adeptos. Una herramienta que prometía unirnos ha terminado dividiéndonos para conseguir más beneficios publicitarios. Hemos convertido Facebook en un monstruo que moldea monstruos, sus usuarios, de la misma forma de Digger hace perforaciones petrolíferas en el Círculo Polar Ártico porque nosotros le pedimos combustible barato. El combustible barato que nos ofrece Facebook, dicen en El precio del poder, es el odio, el sentimiento que más nos retiene frente a nuestras pantallas.
De todas las películas de las que hablamos en este artículo, la última entrega de Resident Evil, escrita y dirigida por Zach Cregger, es posiblemente la que contiene un mensaje menos sofisticado. Las virtudes como cineasta de Zach Cregger, como ya demostró con Weapons (2025) son otras. Resident Evil goza de un ritmo narrativo maravilloso, de un ir de menos a más fascinante. Zach Cregger sabe coger al espectador de la mano y logra convencerle para que se suba a la montaña rusa más vertiginosa del parque de atracciones. El final de Resident Evil y el de Clayface son muy similares. Casi idénticos: hemos creado un monstruo con toda la basura que le hemos ido arrojando a lo largo del largometraje (en las dos películas, el monstruo nos recuerda al mítico vengador tóxico). Y ahí debemos volver a Facebook: sus usuarios han arrojado tanta basura a la red social, con el beneplácito (y algo más) de sus creadores y supervisores, que la hemos convertido en un monstruo incontenible. Sin atisbos, siquiera, de contención.
Clayface (la traducción del nombre al español sería «cara de arcilla») es, sin lugar a duda, una grata sorpresa. La película cuenta el origen del villano del universo DC y somos testigos de la creación y la evolución del monstruo. Un monstruo que podría haberse salvado gracias al amor, pero que, arrastrado por la venganza y una vez iniciado en el crimen, consigue moldearse hasta para autoproporcionarse placer sexual o, incluso, para encontrar abrigo y consuelo emocional sin la necesidad de ningún otro ser humano.



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