
Manuel Hernández Andrés
Alcalá Meco, 17 de febrero de 2026
¿Cómo está, madre? Por fin le escribo y aunque hace más de un año que no lo hago sé que no me lo va a tener en cuenta. Una madre, como usted siempre dijo, perdona y jamás guarda rencor. Clara le manda recuerdos. Tendría que ver lo guapa que está. Con tan solo siete primaveras ya es toda una mujercita. Le gusta mucho dibujar y lo hace muy bien. Tendría que ver la Cibeles que ha hecho, ¡ni Goya! Me da pena pensar que se vean tan poco y tengo miedo de que algún día se vaya a olvidar de usted. Pero no nos pongamos tristes ahora, madre, que es Carnaval.
Por aquí las cosas siguen más o menos igual. La única novedad es que hace un frío tremendo. Anoche llegábamos a ocho bajo cero. ¡Figúrese el bris que corre! Te asomas a la calle y el aquilón sopla como si trajese a revueltas pequeños cuchillos carniceros. Es un aire de estos que te lacera el rostro con saña y se ceba con los labios dejándolos como cartón viejo. Últimamente, de todas formas, apenas piso la calle. Es como si no acabara de ubicarme, tengo la sensación de no pertenecer e inclusive percibo que me miran mal. ¿Me estaré volviendo un paranoico…? Mis días pasan del trabajo a casa y de casa al trabajo, como quien dice, y no hago mucho más. Lo que peor llevo es lo de la piel. Con la calefacción siempre puesta a todo gas se me seca una barbaridad. Especialmente este año, la soriasis anda ajetreada y se está encarnizando conmigo. No sé si es que estoy más inquieto por algo, algo que desconozco, o qué, pero la cosa es que no dejo de ponerme crema a todas horas y en cuanto se pasa el efecto hidratante, me rasco y me rasco, como un leproso, hasta que los rosáceos muslos se trocan carne viva. Parezco un pupas.
Le hablo del trabajo… No me puedo quejar, esa es la verdad. Conducir el taxi me da para comer, que no es poco en las presentes circunstancias en que me veo, y aún me sobra para engatusar con algún detalle a Clara cuando estamos juntos. Su madre me dice que la malcrío, que la envicio, y no quiere que le compre nada. Me amenaza con que no me va a abrir la puerta. Yo ya no me amedranto como antes, madre, cuando apenas sabía lo que era la vida y todo Madrid me quedaba grande, inabarcable, como una yubada de azafrán de dos años que tuviera que recoger yo solo el día de la florada. He estado leyendo mucho, ¿sabe?, y voy a clases de adultos por las noches. Así que ahora, cuando me suelta alguna fresca sobre la adecuada crianza de la niña, yo le suelto otra. Le digo que yo tengo mis derechos, que el juez estableció claramente los horarios de visita y que puedo ir a verla cuando me dé la gana. Puede sentirse orgullosa de su hijo, madre. Aquí me halla batallando por lo que es mío.
No se imagina la pena que me ha dado la noticia de que cierran la azucarera. ¿No le resulta curioso que me traigan tantos recuerdos aquellos días? A mí me lo parece. ¿Se acuerda, ¡cómo no se va a acordar!, de cuando el padre le puso barandillas nuevas al remolque para que cupiese algún kilo de remolacha de más? Y cómo le echaba paletadas de tierra a revueltas para que el neto de la pesada fuese mayor. Estaba como obsesionado, arañando siempre de aquí y de allá lo que podía, ciego de avaricia y vanidad a carta cabal. Cuántas broncas nos llevamos, sobre todo usted, por no tapar los montones con los culos para que no se helase la remolacha por la noche, ¡no fuera que perdiese peso! Nunca congenié con él… ¿De qué, pensaríamos, habrían de servirnos las panzadas de escular remolacha que nos pegamos? Ahora lo comprendo; ahora que los años van pasando y dejan sobre uno las pertinentes secuelas de la involución se ve todo más claro, aunque duela: a usted se le consumieron los huesos y a mí la sangre se me envenenó. Recuerdo como si todavía sintiese su peso inmenso en los antebrazos que había remolachas tan gordas que no podía con ellas, pero aun así, sin poder, yo asía con mano firme la corbella, apretaba los dientes y me echaba encima de ellas con rabia, sin descanso, hasta conseguir cercenarles el cuello. Que no tuviera excusas, que no me pudiera reprocharme nunca nada, que no pensara que su hijo no tenía lo que había que tener: esas eran las pequeñas victorias que iba atesorando mi tierno ego adolescente. ¡Miserias, todo miserias; a las pruebas me remito! Bien punzante recibo ahora el dolor de manos y riñones que íbamos acumulando a lo largo de la jornada. Más punzante todavía, ¡cómo olvidarla!, su mirada de desprecio, ese desprecio como si fuéramos haraganes y nos hubiésemos estado tocando los cojones todo el día. Y junto al desprecio, el olor agrio y repulsivo que desprendía siempre su cuerpo, el tufo a desaseo que se le pegaba a la ropa de esparcirles la pulpa de la remolacha a las ovejas en el angosto corral reblandecido por los orines y las heces.
Gracias que siempre estaba usted para calmar los ánimos con la comida. Qué sabrosos estaban aquellos tomates verdes, maceradosen vinagre y sal, que traía para acompañar el troncho de longaniza entre el pan. Esas memorias aquí, las buenas, me hacen mucha compañía, madre. Lo que me río yo solo, en la intimidad de mi cuarto, con las historias que contaba junto a la hoguera. Me acuerdo sobre todo de lo del giro, mire usted por dónde: de aquel hijo que se había ido al extranjero y le reiteraba a su madre que le mandaba un giro postal. Al final el giro acababa siendo sin remedio de cabeza, ¡pobre diablo, qué tesoros soñaría encontrar en tierras extrañas…! Yo le mandaría dinero, madre, eso bien lo sabe, pero aquí, aunque no pasamos hambre, Clara me exige mucho. Le tengo que pasar todos los meses un buen pellizco del jornal a su madre, ¡y a saber dónde se lo gasta esa zorra!, y luego, encima, va diciendo, porque no se lo calla, ¡la víbora!, que soy un mal padre. ¿Y por qué he de ser necesariamente un mal padre? ¿Qué mal infligí? ¿Es acaso el amor filial un crimen? ¿Dónde está el delito cuando un padre quiere a su hija? ¡Será ella mejor madre pues…!
¿Tendría que tragarme mi orgullo, reconocer que no le faltaba razón al padre cuando decía que las de la capital no habrían de traerme sino abundantes mortificaciones, que mejor hubiese estado en el pueblo, casado con una del terreno, una hembra simple y dócil que se dejara atar corto? ¿Usted de qué parte estaba? No es que le reproche nada, madre, pero me duele que nunca me diese el beneplácito, o ni siquiera la bendición, como haría cualquier madre, cuando decidí que me marchaba a Madrid. Usted siempre tan callada. Quizás también pensó que me iba a verlas venir, que no pintaba nada tan lejos, como decía el del olor a agrio, y que pronto habría de volver al terruño con la pata quebrada, las orejas gachas y el rabo entre las piernas. ¿Y qué hubiese sacado con quedarme? ¿Cuánto más íbamos a sacar de aquella mísera paridera que se inundaba cada vez que había tronada? Sé que a Félix, a Joaquín y a otros chavales de mi edad les ha ido bien y ahora tienen buenos tractores, granjas de cochinos y fincas grandes y ya no tienen que agachar el lomo como cuando éramos jóvenes, cuando cualquier faena se hacía a samuga. Me alegro por ellos, pero no piense que les envidio nada. Usted sabe perfectamente por qué me fui. Quedarme hubiese sido enterrarme en vida, hipotecar mis días en un perpetuo infierno. No cale hablar más.
Echo mucho de menos verla a usted, eso sí, y también, aunque suene paradójico, a la torre de la iglesia. La vista desde la ventana de mi cuarto no es gran cosa: un tumulto austero y frío de cemento y alambrada. Hay otras torres, otros edificios de bloque y hierros como el mío, todos cortados con la misma tijera, moles sin atractivo ni personalidad, muros repletos de ojos acechantes y anhelantes brazos que no hacen sino arrebatar el aire y no dejar ni que se me acerque el sol. A veces pienso que esto no es más que una colmena y uno, un insignificante insecto al que le dejan salir fuera con la ilusión de campear un rato, pero en seguida te reclama pleitesía la reina, teniendo que volver a la oscura celda, a seguir con la producción de hiel.
Mire que hubo una despedida definitiva, mire que, cuando el autobús de línea me escupía sin remedio fuera del linde del pueblo, me hice la firme promesa de no volver a pisar sus calles. Cumplí la promesa. Incluso cuando, dos meses después, le dio la apoplejía al padre que le privó, ¡curiosamente a él que tanto ordeno y mando había dictado!, del habla no aparecí por ahí. Me doy cuenta ahora, sin embargo, de que hay ciertas cosas que no se pueden dejar atrás. Por más que se ponga tierra de por medio, por más que se rehúyan los hechos, los viejos fantasmas resurgen siempre por los intersticios de nuestra memoria en el momento que uno menos se lo espera. ¿Todavía sigue decrépito el tejado de tejas enmohecidas y surcos ciegos de palomina o ya lo han arreglado los curas? Muchas noches, en mi soledad, oigo que doblan las campanas de la torre a lo lejos. Quiero imaginarme que son los mozos, en el bandeo de las fiestas, gozando de la voluptuosidad que produce romper el silencio cuando uno es joven y está lleno de vida; mas nunca son ellos. Es la inquietante calma noctámbula, esa calma que acompaña a la oscuridad llegado el instante en que todos yacen. Y de repente suena el primer tañido argentino, ¡tang!, helado y sordo, como cuando tocan a muerto, y enseguida suena otro, ¡tang!, y otro más, ¡tang!. A veces se están así, quebrantando la quietud de la noche, hasta bien entrada la madrugada. En esos momentos es inútil cerrar los ojos. Por más que se trate de conciliar el sueño, el desasosiego invade el cuerpo, lo abruma a uno… pensando que tocan por él. ¡Cómo echo en falta entonces a Clara! Sentir ese calor que desprende el cuerpecillo de la niña, las caricias de la carne pueril, los arrullos, la cercanía que consigue calmarle la pesadilla a ella y que su calma segregue el dulce beleño que me ayude a descansar a mí. Mucho sufre el que está solo y no puede ver a los suyos.
¿Ha hecho hojuelas, madre? Que la falta de compañía no le impida darse un homenaje de vez en cuando. Hágalas para usted sola si es menester y luego las acompaña con un buen chocolate o con mistela, lo que más le apetezca. Sin ser lo mismo, sepa que aquí también lo celebramos a nuestra manera: yo me abro una botella de vino de la tierra, unas veces de Cariñena, otras de Calatayud, quemo el corcho con un mechero y me enjorguino un bigote y unas patillas exageradas de bandolero. Clara también me pide que le pinte un antifaz con alas de mariposa migratoria y las orejas puntiagudas como a un gato. Aún a sabiendas de que quizás no debería, de que está mal, yo a mi niña le complazco sus deseos y luego, si se atreve, que me lo eche en cara su madre. Aquí la espero, blandiendo un tizón bien rusiente para arrimarle candela.
¡Qué mañanas, las mañanas del Martes de Carnaval! No había moza ni casada que se nos escapase. Todo el mundo acababa embadurnado de azulete hasta las orejas. “No, Pedro, no. No me manches que voy al médico”, me rogó una de aquellas mañanas Emilia, la de la tienda. Dudabas un poco por el respeto que exige el blanco, pero en que se lanzaba el primero, ¡zas!, ya le caían zarpas mugrientas de azulete a porrillo y acababa la pobre con la cara y el vestido más añilados que un pitufo… Está bien que se sigan celebrando estas cosas, madre. Lo que es tradición no se debería perder nunca. Por eso un año quiero llevar a la niña, para que sepa de dónde viene su padre, qué cosas hacía de crío o a qué se dedicaban sus abuelos. Yo ya no escondo el proceder de un pueblo. “Mi padre fue pastor de ovejas”, digo si hace falta, “y mi madre se dedicaba a sus labores”. A lo primero de estar por Madrid me avergonzaba; por no ser menos que nadie, ocultaba quién era y, si me preguntaban que de dónde era, aparentaba ser oriundo de Calamocha, de Daroca o de Molina, de cualquier pueblo mucho más grande que el nuestro. Dependiendo del grupo con el que estaba, el padre había sido de todo: desde contratista, hasta encargado de la azucarera, pasando por ingeniero agrónomo, practicante o forestal; y usted una gran señora. ¡Qué ironía! De qué sirve encubrir las raíces de uno sino para enrunar a piedras el propio tejado.
A Clara nunca le he mentido, ¡que me caiga muerto ahora mismo si no es verdad! A su madre alguna que otra vez y no crea que me arrepiento. Mientras estuvimos juntos, e incluso ahora, siempre la respeté. Jamás me metí en si gastaba mucho o poco, en si entraba o salía, o en cómo organizaba la casa. No me emborrachaba, ni le pegaba, ni le fui infiel. Tampoco es que fuese un marido ejemplar, pues todos adolecemos de vicios y debilidades. ¿Y acaso tenía que serlo? ¿Es eso lo que esperaba de mí? ¿Que ganase aún más con el taxi, que tuviese licencia propia y operarios a mi cargo? No creo. Ya sabemos, madre, que aunque madrileña y capitalina, la chica provenía de clase humilde, una plebeya más de medio pelo como usted o como yo… Y si no era eso entonces, me pregunto muchas veces, ¿por qué tuvo que ir sembrando cizaña por ahí, jurando en falso y poniendo a todos en mi contra? Todo lo que clama que le hice a la niña es mentira, puras patrañas, madre. Créame usted… ¿Cómo podría ser un padre deshonesto con su hija? ¿Cómo dañar lo que más se ama, lastimar lo querido, mancillar la inocencia? ¡Yo no soy ningún monstruo, madre! Solo quise estar con ella, retenerla cerca. Sin Clara, sin su compañía, la vida era un erial. ¿De qué me servía?
Ya me despido pues, madre. En cuanto encuentre un rato libre para escribirle no dude que lo haré. Quizás me excedí un poco. Quizás también lo que le cuento arriba no sea todo lo agradable, todo lo bueno o todo lo cierto, que quisiera. Perdone si le amargué el Martes de Carnaval. Échele abundante miel a las hojuelas y aquí paz y allá gloria. Sepa que he decidido dejarlo todo. Irme. Irme para largo. Por aquí la soga aprieta cada día más. Asimismo noto que me quieren mal y, como ya le he dicho, mucho padezco por estar solo y no poder gozar de los míos. Bueno, madre, ya la dejo. Hoy he de estar con usted en el paraíso. Descanse en paz.
Con cariño,
Su hijo Pedro
PD: No me guarde rencor, madre. Yo no podría salvarme a mí mismo.



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