
Rafael Yuste Oliete
El caballero esmeralda yacía inerte sobre la roca que era ya su catafalco. El encinar, alrededor, sagrado: túmulo y mausoleo. Nadie supo nunca de su valor, de su virtud en vida. ¿Quién cantará ahora sus glorias pasadas? Como cuando avistó las huestes del lobo orinante a los pies de su atalaya y se mantuvo encumbrado en la caliza. O como cuando presenció, estoico y aplomado, la parada del ciervo de andar divino, en majestad entre los suyos. O como cuando burló la mirada indescifrable de la sierpe, el dragón de su oficio y de sus días. Ay, los viejos días. Ejemplo rutinario de firmeza, disciplina y cautela, se transformó en fulgor cardenillo cuando el amor llamó a su puerta. Ay, pasión tornasolada, zumbido de élitros. Qué no podría contaros…, que era un Protaetia aeruginosa cualquiera, un escarabajo verdiazulado, como metálico, iridiscente, precioso. Pero a quién no le sucede que te cruzas con el predador, el divo y la bicha, que te entregas día a día, que sientes la llamada y te enamoras, y apuestas, y mueres en un bosque de sagradas intenciones.


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