
Guillermo Martín
No fue consciente hasta más avanzada edad de lo que le había estado sucediendo para sentirse más allá o aislado del resto: fue un aprendiz, de todos ellos y de todo su mundo.
Aprendiz sentía percatarse de cosas que el resto ignoraba, si bien estaban delante de sus narices: «¿cómo puedes no situarte en la casi-inexistente frontera del bien y del mal, lo justo o lo injusto, cuando tu médico de confianza deja de darte servicios por ganar más dinero en otro lugar?», se preguntaba, entre más cosas o por poner un ejemplo. Quizás era demasiado sensible o quizá le faltaba empatía. Puede ser, que aquello que lo alejaba del resto no le dejase ver tan cristalino como creía y de ello nunca sería consciente, ya a más avanzada edad, cuando despertó un día en un lugar diferente a su cama, donde todas las mañanas se despertaba sin excepción. Le costó adaptarse, no sentía estar en ningún lugar concreto y de manera violenta, se vio ascendiendo lenta y gradualmente hacia otro plano de la realidad, con otra luz y otros colores, desde el cual y una vez se le fueron habituando los ojos pudo ir diferenciando, de manera también muy lenta y gradual todo lo que tenía a sus pies, tratándose, nada más y nada menos, que de su realidad originaria; y a su alrededor, tratándose todo ello de una especie de habitación vacía que a Aprendiz le recordaba mucho al escenario final de la película El Club de la Lucha, pero con un suelo de cristal muy limpio y transparente desde el que podía ver, según se ha mencionado, a sus pies, coches en las carreteras y personas en las aceras, árboles, parques y edificios, como si viese todo aquello desde una toma cenital. Al percatarse del lugar que estaba ocupando ahora en el mundo -o mejor dicho, fuera de él-, Aprendiz describió todo aquello como “si le hubiesen preparado una habitación especial en la Estación Espacial Internacional desde la cual, mágicamente o con un gran telescopio -lo que para él seguiría siendo mágicamente-, era posible de ser visto todo el planeta tierra, en el suelo de dicha habitación” y así es como más tarde lo describiría en sus relatos. Nadie ha dado una definición más exacta que Aprendiz de este suceso, pues según sentía él, aunque erróneamente, tampoco nadie ha llegado nunca hasta esta habitación.
Lo que aún no había descubierto es que cada ser tiene la suya propia.
Impresionado por este descubrimiento fue que tardó en percatarse de una sustancia más en aquel espacio, también racional, pero de naturaleza distinta a la suya, que en humano podría definirse en el género femenino y a lo que decidió llamar «Ella». La acercó a estos atributos para tener una manera de situarla en su mente, a pesar de que sea una descripción más bien lejana a la naturaleza de la inefable sustancia.
Sin saber muy bien de qué se trataba aquello, que más acertadamente logró describir como algo así como un holograma o algo viscoso y plasmático, se percató Aprendiz de que Ella cambiaba sus colores y su forma a colores y formas nunca vistos por él, que, sin embargo, concordaban a la perfección con su estado de ánimo y sus pensamientos –de manera que durante la primera media hora en este lugar, debido a su alteración, presenció un espectáculo de colores y formas que incluso el mayor sinestésico del mundo ahora bajo sus pies, habría sido incapaz de presenciar en la melodía más caótica y recargada–, reparó en que de ahí venía todo lo que alguna vez había querido expresar. Aquello se trataba de una parte de sus pensamientos.
Tratando de olvidarse de que aún no había desayunado, Aprendiz prestó atención por primera vez a la panorámica del suelo para apreciar con más detalle el mundo al que correspondía. En un instante y aunque sentía nunca haber estado en este sitio, sintió también ya conocerlo y ya haber visto esta imagen que ahora presenciaba antes.
De la más abrumadora de las maneras, recordó o reparó en que, desde ese «segundo piso» con suelo de cristal, su mundo dejaba de tener extensión y paredes y laberintos que a los ojos de cualquier mortal habrían sido el mayor de los retos y el mayor de los misterios. Todo aquello se derrumbó bajo sus pies, tomando consciencia de que, desde aquel lugar, podría responder –o había estado respondiendo ya– a cualquiera de sus dudas y reflexiones sobre cualquier mundanalidad y desde cualquier perspectiva o desde todas a la vez. Reparó en que todo aquello no era más que su cabeza y su sensibilidad haciéndole presente la filosofía y el pensamiento hasta en las tareas más cotidianas. Ahora entendía desde dónde pensaba, sentía y veía, allí a donde sentía que nadie más llegaba. Sintió un dolor tremendo de no poder subir a nadie más allí cuando, con la misma violencia con la que había ascendido, descendió para despertar una mañana de domingo en su cama, como si nada hubiese pasado ni nada recordase, con la clara idea de escribir sobre el lugar en el mundo que ocupan la mundanalidad y la cotidianidad.



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