
José Carlos Jiménez
Al caer la noche el conservatorio se va llenando de otra vida.
El silencio impone su ley, y como guardián nocturno, se mueve a pasos lentos por los pasillos.
De repente, un crujido en una de las aulas altera su equilibrio, si tuviera manos, se llevaría un dedo a la boca para ordenar silencio, mas sólo es un ente incorporal, fruto del sueño de los que buscan la paz y el descanso, y no ha sido dotado de materia para poder manifestarse.
Se acerca cauto al aula más cercana de donde parecía provenir el sonido. Una ventana ligeramente abierta debe haber sido la causa del crujido. No obstante, continúa la inspección y descubre algunos instrumentos fuera de sus fundas.
– Alumnos irrespetuosos con las normas, –piensa.
–No saben que cuando dejan libres a los instrumentos, cualquier desaprensivo los puede dañar y no sólo eso, si no que cuando esto sucede los instrumentos se desentumecen y sin ningún tipo de pudor ni respeto por el orden, parecen dispuestos lanzarse a una zarabanda de notas, arpegios y ritmos según sus capacidades y preferencias.
La ventana vuelve a batir y se acaba abriendo, dejando entrar una ráfaga de viento que parece el público dominical a la caza de asiento en los conciertos gratuitos.
Súbitamente el arco cae sobre el violín provocando un quejido del que nace una nota triste, melancólica, de dolor, el arranque de la Sonata en sol menor de Tartini, alcanzó a leer en la partitura abierta delante del instrumento y que debió quedar allí por descuido, o quizás preparada para la siguiente práctica.
El viento, como el duende Puck en el bosque, recorre la sala desbocado, y con su fuerza, despierta a la flauta que adormilada ejecuta un solo de dos notas correspondiente a su participación en el cuarteto de Carnicer que ha estado ejercitando sin piedad hacia el instrumento el ultimo alumno y que han repetido muchas veces porque uno de los violines no acababa de encontrar el tempo.
Como no podía ser menos, el Violonchelo, que recibió el último golpe del arco al caer desde el violín, y ori a la flauta, atacó con ahínco el discurso de acompañamiento de la pieza para flauta y cuarteto de cuerda de Carnicer que no venía a cuento, pero es lo que sucede cuando te despiertan de un profundo sueño en el que estaba recordando sus andanzas por el mundo, ya que el chelo había llegado a viajar por Europa de la mano de su interprete que gozó de un cierto reconocimiento y había participado en muchos conciertos de cámara, hasta que una novia entrometida lo llevó a cambiar el instrumento y el chelo acabó en una subasta pública y de ahí al conservatorio. De resultas de la vibración, el chelo se desplazó haciendo caer los atriles y volar las partituras que se desparramaron cual hojas en otoño sobre el teclado del piano, y con la gracia, sin duda insuflada por algún espíritu musical insomne, acabó sonando, un tanto descompuesto, el Nocturno Opus 9 número 2 de Chopin.
–¡Qué lástima maltratar así esa obra!, –pensó el silencio.
–Al menos es música nocturna, –intentó argumentar, mientras se esforzaba en poner orden en todo ese estruendo.
Y llegó el cierre cuando los platillos. que eran un poco histéricos la verdad, se asustaron y al caer de plano dieron por acabado el concierto.
–¡Por fin!, –pensó el silencio aliviado mientras las ultimas vibraciones sonoras, salían por las rendijas colgadas de las ultimas brisas nocturnas.
–A seguir la ronda.



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