
Rubén Martín Camenforte
Los postreros días de Chopin comenzaron bien temprano, en parte, por la abundancia de personas fastidiosas como la duquesa Walaska. Noticias sobre su presunta muerte habían corrido tiempo atrás. Se decía que la tuberculosis, cronificada en Frédéric desde la juventud, mata con precocidad a los bellos y a los genios. No había alcanzado los cuarenta ni pintaba que celebraría la entrada del decimonónico año cincuenta. Cada encuentro consumado en el 12 de la Place Vendôme venía a confirmarlo. Toda una pena ya que avanzaban sin un frío desmedido por octubre.
—Tiene mejor cara, joven. —El encamado muequeó un gesto paciente y algo resignado—. Alguien tan… presente entre nosotros no debería molestarse en salir de este mundo para dejar hueco a esos teóricos talentos por entrar.
De la disnea que lo alteraba, tambalearon unos inconsistentes vocablos:
—Bueno, se hace lo que se puede.
—Que esperen.
—Hace que me puse en esto de morirse uno… Créame, procuro completarlo como toca… Cristianamente, ante todo, al amparo del padre Aleksander Jelowicki. Sin incomodarme en demasía… en nada más. Con todo, le agradezco esa preocupación tan espontánea.
Visto que la mujer estaba dispuesta a exprimir su momento, al convaleciente le vinieron a la cabeza unas extrañas convulsiones recientes. Pensado y hecho. No poder más equivale a improvisar lo impensable, incluso, para aquellos educados en el arte de encadenar palabras amables.
Todo funeral de calado precisa de cierta anticipación, así que junto a la hermana venida de Polonia se pusieron manos a la obra. Por las características del personaje, existía en París un templo de nueva planta a medio camino de lo laico, muy a la medida del evento. Más que una iglesia al uso, y no solo por su estética de monumento griego, La Madeleine funcionaba como un espacioso complejo ceremonial para asuntos de relieve estatal. Antes, tocaba establecer un margen temporal suficiente entre el defeso y la liturgia de las exequias. Los Chopin habían sufrido en sus propias carnes las vicisitudes de los viajes al oeste del continente emprendidos desde el zarato de Polonia. Diligencias desde Varsovia a Breslavia, posadas insalubres y un galimatías de enlaces a trenes que parecían no llegar jamás. Aunque recelaran de París, compatriotas acudirían a centenares. Por supuesto, germanos a mansalva y otros hijos del Imperio Austrohúngaro. Tuvo un arrebato jocoso respecto a Mendelssohn: ya traspasado. Que lo hubieran enterrado, también a los treinta y ocho años, le ahorraba un más que previsible trato frío con los músicos activos en la ciudad. Berlioz, Liszt y el alemán italianizado Giacomo Meyerbeer encabezaban la enumeración. Como poco, por desaprobarlos.
De lo de destruir todas las partituras no publicadas, por considerarlas impropias de su público, ella fue sincera a medias: lo rumiaría. En la práctica, aquellas largas correspondían a una rotunda negativa. Lo de Pauline Verdot… Pocas damas recibían un reconocimiento igual en la vida social capitalina, cierto… Por su capacidad como mezzosoprano no hubiera habido dudas… De ahí a interpretar el Réquiem de Mozart… Debilitado hasta el tuétano de los huesos, se mantuvo en sus trece: <<Ni niños ni falsetistas>>. Inquieta, su departidora se aferró a un intranquilizador realismo: los topetazos con la Iglesia no eran plato de buen gusto… A grandes rasgos, según los rígidos postulados canónicos, la voz femenina era una distracción inapropiada para la adoración y un riesgo moral dentro de los espacios sagrados.
—Fue alumna de Liszt, ¿me equivoco? ¿No te habrá metido ese loco tal idea del demonio en la testa? —Unas manos livianas como plumas entretenían a los que aguardaban su momento en el salón: la hora era de máxima concurrencia—. ¿El segundo de los nocturnos? Conmovedor, estimado.
—Proponed cortinas, Ludwika. Si cantan detrás… ¡Ni nuestra ni suya!
—Me abrumas.
—Luego está lo de este endeble corazón…
—¡Ya estamos otra vez!
Por falta de aire y pálida como un cuerpo carreteado a la morgue, dejó la estancia a toda prisa al ruego de unas sucintas disculpas. A lo suyo, el portador imploraba la extracción. En la antesala de aquella petición, un miedo recurrente a ser sepultado vivo. Así se aseguraba.
El grupo de afectos a Händel, asimismo, puso en cuestión la elección del Réquiem en re menor como tema prominente en la venidera ceremonia de difuntos. No solo requerirían de una orquesta y un coro mixto… Por pecar de excesivo y nada contenido, el maestro había asumido sus razones. La Lacrimosa y demás no eran para nada convenientes. Tema zanjado. Sí, el Sarabande. A un romántico de fuste le debería bastar y sobrar por su oscura majestuosidad. Eugène Delacroix intervino. Preguntaría. Le ocupó el rato del parpadeo de un mirón. Ante aquella Suit para clave en re menor, la Misa de Réquiem. Por la hermandad que le unía al moribundo, no había que discutir al respecto. Réquiem y Réquiem. Trajo otra aportación: Meyerbeer, con gusto, dirigiría el coro y la orquesta de L´Opéra. Lo indicado por ser el ocupante oficial del podio. Quizás injerencias de la pariente, que no complacerían a Liszt.
Más de una treintena de matasanos se las dieron de médicos al tratar su caso durante el exiguo trecho vivido. El eminente Jean Cruveilhier, lejos de su agrado, cerró la lista. Tras despertar sobresaltado a media noche, ya con la extremaunción, le hizo saber un explícito y extremo: <<No más>>. Duró dos horas escasas. Aquel especialista fue el que cosió, mediante hilos, el apagado órgano latiente tras el examen anatómico oportuno. Seguía la última voluntad del expirado. De aquel miembro había surgido el nada armónico leitmotiv de sus definitivos compases vitales. No de los pulmones como algún galeno resabiado habría apostado. Chopin siempre tendía a sorprender.
El humo de la locomotora irrumpió en el vagón de primera clase. Estrenaban la conexión ferroviaria con Viena. Marido, esposa e hijos tosieron. Ludwika Jędrzejewicz abrazaba una maletita de viaje. Aún cavilaba sobre los motivos que ausentaron a George Sand del entierro… Los niños pidieron verlo de nuevo. El corazón de su tío volvía a casa en un frasco bañado en coñac.



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