
Elena Piles
Desde que intuí mi forma bajo la tierra, supe —sin poder nombrarlo— que no estaba destinada a permanecer allí. No era una certeza, sino una inclinación mínima, casi imperceptible, como una fisura en la continuidad de lo estable.
Mi madre, la planta, me hablaba con una calma antigua: —Tienes la piel suave y redonda. Algo te espera fuera.
Yo no comprendía qué podía significar ese “fuera”. Bajo tierra no existía la idea de destino. Solo una duración continua, sin interrupciones, sin relato. Una vida sin tensión aparente, pero cargada de una extraña inmovilidad.
Hasta que la tierra cambió.
Primero fue un temblor leve, como si algo hubiera comenzado a desajustarse en el orden profundo. Después, un ruido metálico abrió el suelo con una precisión indiferente. Eran ellos: presencias enormes, ajenas, acompañadas de una máquina que no distinguía entre vida y materia.
El suelo dejó de sostenernos. Nos agrupamos instintivamente, como si la cercanía pudiera protegernos de lo inevitable. Pero no había refugio posible. Una a una, las demás fueron extraídas del subsuelo y desaparecieron sin resto.
Cuando la máquina me alcanzó, sentí la pérdida de la tierra como una forma de caída. Después, el aire. Una exposición brusca a algo que no había sido previsto.
Fui depositada en un saco oscuro. Allí, otras voces apenas contenían el miedo.
—No es el final —dijo una de ellas, envejecida—. Solo un desplazamiento.
El viaje fue irregular, sin referencias. Golpes, oscilaciones, una temporalidad suspendida. Cada movimiento parecía deshacer un vínculo con lo anterior.
Cuando el saco se abrió, la luz apareció sin transición.
El mercado era un espacio de tránsito y evaluación. Manos que observaban, que pesaban, que seleccionaban. No había nombres, solo criterios.
—Esta sirve —dijo alguien. La palabra no era elogio ni condena. Era una forma de destino.
Después vino el traslado. Una cocina. El silencio de los objetos dispuestos. El brillo del filo. La espera.
Desde ese lugar comprendí, sin formularlo, que la existencia no siempre se dirige hacia la permanencia, sino hacia la transformación de aquello que uno ha sido.
No hubo resistencia. Tampoco consuelo.
Solo una forma de aceptación sin épica. Porque si una patata ha de atravesar el mundo, quizá su modo más exacto de estar en él sea convertirse, finalmente, en una forma de alimento.



Deja un comentario