
Miguel de los Santos
“¿Qué habría sido de Cortázar si no hubiera escrito Rayuela?”. La extraña e inconveniente pregunta la escuché hace años a uno de los contertulios asistentes a una reunión literaria a propósito del genio argentino nacido en Bruselas. Extraña, aunque no infrecuente. Es una manera habitual con que los lectores simplifican inadecuadamente la prolífica y brillante carrera de la mayoría de los autores de renombre atraídos por la enorme y, a veces circunstancial popularidad lograda por uno de sus títulos, aunque no siempre resulte ser el más genuino de su estilo literario. Ha sucedido, sucede y sucederá siempre este fenómeno de identificación masiva. La razón es simple: a los habituales y ávidos lectores atentos siempre a todo tipo de innovación literaria se suma en estos casos toda una legión de consumidores coyunturales atraídos por el eco y reclamo de la crítica oportuna y la promoción adecuada. Entonces surge la revelación, el descubrimiento, el hallazgo de un autor “nuevo”, aunque ese título en cuestión llegará precedido de años, incluso a veces décadas, de otros muchos de similar valor o interés literario. Pero en la mayoría de los casos para el gran público el nombre del autor quedará indefectiblemente ligado a un solo título. Benedetti y La tregua; García Márquez y Cien años de soledad, Cela y La colmena; Delibes y Los santos inocentes, pongo por caso. Hasta en los grandes genios de la literatura universal se produce el fenómeno. Digamos El Quijote de Cervantes, Hamlet de Shakespeare, Los Miserables de Víctor Hugo el Fausto de Goethe o La divina comedia de Dante.
El caso de Cortázar es sumamente curioso y rompe todos los moldes (al menos conocidos hasta entonces) de los caminos que conducen al éxito de una novela. Pues, más allá de su indiscutible calidad literaria y estilo rompedor en aquellos años en que surgía el realismo mágico, la originalidad que atrajo la atención del gran público hacia su figura tras la publicación de Rayuela en 1963 fue la curiosa estructura del relato, su arquitectura, el ingenio del autor para construir una historia que el lector podía disfrutar por igual y sin que perdiera el mínimo punto de interés de tres maneras distintas: de principio a fin siguiendo el orden convencional de la numeración de las páginas, de atrás hacia delante en sentido inverso y también por capítulos alternos, primero los impares y luego los pares. De esta manera, y aún por encima del impecable estilo narrativo con que el autor describe las situaciones, lugares y personajes, Rayuela alcanzó la categoría de bestseller en tiempo récord, convirtiéndose para siempre en el absoluto referente de Julio Cortázar, su firma y sello de identidad literaria, cuando la realidad de su inmensa obra nos desvela uno de los autores más prolíficos de la literatura en castellano del siglo XX. Porque es que, además y en mi modesta opinión, no es Rayuela el trabajo que define con mayor exactitud la vocación y estilo de su autor, aquella manera con que en sus publicaciones anteriores o posteriores nos sorprende permanentemente con insólitas formas narrativas nunca antes conocidas. Asunto este que emerge con pujanza y tino ya en la primera de sus obras que vio la luz, Los premios, si bien había tenido anteriormente algunos escarceos literarios bajo el seudónimo de Julio Denis publicando sonetos y relatos en la revista SUR.
Tres años antes de la aparición de Rayuela, en noviembre de 1960, la Editorial Sudamericana publica en Buenos Aires la primera novela de Julio Cortázar Los premios, escrita en París adonde el escritor se había trasladado nueve años antes en busca de mejor fortuna para sus propósitos literarios. La crítica se deshace en elogios resumidos en la crónica firmada por Jacques de Ricaumont en el diario clandestino de la resistencia francesa Combat, donde escribe textualmente: “Es raro que una primera novela sea una obra maestra, tal es el caso sin embargo de Los premios”. Opinión refrendada al otro lado del Atlántico por el afamado crítico literario Bernardo Verbitsky en Noticias Gráficas de Buenos Aires quien publica: “El novelista más serio e importante aparecido en el país en la última década”. Y, sin embargo, Cortázar y su editorial habrán de esperar cuatro años nada menos para que el público lector de ambos continentes certifique dichas opiniones de los expertos agotando esa primera edición a la que sucederían nada menos que catorce más en otros tantos años desde su publicación. ¿Razones para que esto sucediera? Esos cuatro años de demora son exactamente los que tardó en aparecer Rayuela, cuyas razones de impacto súbito y éxito popular, debidamente expuestas anteriormente, impulsaron el reconocimiento mundial del escritor y el rescate de todo lo publicado por él anteriormente. ¿Quiere esto decir que Rayuela haya sido reconocida injustamente como la obra más importante y emblemática de Cortázar? Ni mucho menos. Crítica y público así lo reconocen. Pero, a mi modesto entender, insisto, en ningún modo la que marca y refleja el más puro estilo de la narrativa del genio argentino. El torrente de sus cuentos y relatos, la esencia de su personalidad única reflejada en ellos de forma incomparable lo encontrarás en esta su primera novela titulada Los premios, donde nos regala esa imagen misteriosa y dramática de un universo cerrado tan suyo con una descripción sagaz, completa y nueva de la compleja realidad en su país, Argentina, en la década de los 60, un periodo de marcada inestabilidad política caracterizado por una democracia cívico militar restringida, presidida por el Presidente constitucional Arturo Illia y por la llamada Junta Revolucionaria, que daría paso sucesivamente a las respectivas dictaduras de los generales Onganía, Levingston, y Lanusse. Si aún no lo hicieron, lean Los premios, la novela que describe y descubre a Julio Cortázar. En ella nace la verdadera esencia de un estilo genial e inimitable.



Deja un comentario