
Relato finalista del III certamen literario Breverías
Cristina Manías Fraile
“En estas tierras hay un tesoro”, contaba siempre su abuelo.
La desbordante imaginación que caracteriza a los niños provocó que en su mente surgiera un maravilloso universo en el que podía fantasear con ocultas riquezas custodiadas por seres mitológicos. Cuando salía de clase, recorría el valle con avidez, esperanzado de encontrar a alguna xana encantada que habitara en un manantial y que le entregaría un cofre lleno de monedas de oro, como ocurría en los cuentos que le contaba su madre por las noches. Otras veces imaginaba que duendes y trasgos tendrían un tesoro escondido en alguna cueva o en las raíces de los árboles y él sería un aguerrido explorador que se adentraría sin temor en las profundidades de la tierra para encontrar aquellas fabulosas riquezas.
Quiso la mala fortuna que sus padres y abuelos faltaran pronto, quedando él solo como heredero de las tierras. Presa de la inmadurez y de una febril ilusión, mantuvo una fe ciega en las palabras del anciano abuelo, por lo que comenzó a salir todos los días, con las primeras luces del alba, provisto de un pico y una pala para excavar en distintos puntos que consideraba estratégicos. Analizaba dónde podrían estar enterrado un objeto valioso. Tal vez a los pies del anciano roble o junto a aquella peña de aspecto extraño, acaso en la encrucijada de caminos o al pie de algún castaño centenario…
Al cabo de unos años tenía gran parte del terreno horadado, pero no había conseguido encontrar ningún tesoro.
La realidad cayó como una pesada losa aplastando sus anhelos. Se dio cuenta de que estaba a punto de perder la cordura, pero consiguió mantener lúcida su mente y comprendió que la mejor opción era abandonar aquella insensata empresa.
Como si se hubiera quitado un enorme peso de encima, se sintió un hombre nuevo y comenzó a cultivar la tierra. Rellenó los agujeros. Limpió y abonó el terreno. Podó, regó y cuidó las vides, como le habían enseñado tiempo atrás sus padres y abuelos. Vendimió llegado el tiempo de la cosecha, admirando el color púrpura de los generosos racimos. Pisó las uvas y elaboró vino en la bodega.
Y entonces fue cuando cayó en la cuenta.
-¡Lo encontré! ¡Por fin encontré el tesoro que escondían estas tierras!
Exclamó maravillado, saboreando con deleite el vino recién extraído de la barrica, celebrando la que iba a ser una magnífica cosecha y comprendiendo al fin la enigmática frase de su abuelo.
Entonces los duendes y trasgos pudieron regresar a sus tierras y habitar sus hogares bajo las raíces de los viñedos y en los huecos horadados de los robles centenarios, sabiendo que ya no iban a molestarlos. Y la xana pudo regresar tranquila a su manantial, volviendo a peinar sus cabellos con un peine de oro en la mañana de San Juan. Y cuando todo regresó a su orden natural, la viña siguió siendo cultivada y continuó ofreciendo sus riquezas en forma de generosa cosecha al hombre que por fin había comprendido dónde se encuentran los verdaderos dones que otorga la tierra.



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