
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
Entré al cine como entra un hombre en una iglesia después de años sin confesarse: mirando al suelo y esperando que nadie notara la ausencia de uniforme. Lo primero que pensé fue que el aire olía distinto. Menos plástico quemado, menos adolescencia fermentada en nachos con queso. Tal vez era yo. O tal vez los cines, como los hospitales y las estaciones de servicio, detectan el miedo y ajustan la temperatura unos grados por debajo de la dignidad humana.
Me explico.
Siempre voy disfrazado a los estrenos de Star Wars.
Siempre.
Hay personas que tienen tradiciones familiares; yo tengo un casco de Darth Vader junto con el resto del uniforme desde hace quince años. Hay quien hereda relojes. Yo heredé la capacidad de discutir durante cuarenta minutos si Han disparó primero o si Chewbacca era un berserker. Cada uno carga con lo que puede.
Además, existe una regla. No escrita, pero más sólida que muchas constituciones: quien venga conmigo debe ir disfrazado. No hace falta que el traje sea bueno. Una túnica cutre, una máscara de plástico deformada por el calor de agosto, incluso unas orejas pegadas con cinta aislante sirven. Lo importante es aceptar públicamente el que eres fan de Star Wars. Hay algo profundamente humano en hacer cola vestido de Sith mientras una pareja elegante te mira como si acabaras de salir de un psiquiátrico.
Pero esta vez no fui disfrazado.
Y uno no entiende hasta qué punto un disfraz sostiene psicológicamente a una persona hasta que se lo quitan. Es como descubrir que la columna vertebral era decorativa.
No encontré mi sable de luz. El rojo. El importante. El de las piedras kyber (eso solo lo entenderá gente con nivel maestro). El de Vader. Busqué por toda la casa. Dentro de un baúl. En el cajón del armario donde guardo cables que pertenecieron a aparatos muertos hace una década. Incluso revisé un arcón congelador, porque una vez encontré allí el mando de la televisión y desde entonces ya no descarto nada.
Nada.
La otra posibilidad era peor: quizá me veía demasiado mayor para esto. Hay un momento terrible en la vida de un hombre en el que se prueba un casco de Darth Vader y, en lugar de parecer una amenaza intergaláctica, parece un divorciado intentando animar un cumpleaños infantil. El espejo tiene una crueldad burocrática. No juzga. Archiva.
La persona que vino conmigo tampoco ayudó. Le expliqué que había que disfrazarse y me respondió que podía ir “como Chewbacca ya que no se había depilado las ingles” o “como un Ewok en la cola del paro”. Lo dijo riéndose, con esa tranquilidad de la gente que nunca ha sentido el peso espiritual de una convención friki a las diez de la mañana. No me hizo gracia, la verdad sea dicha.
Así que entré al cine vestido de civil. Vaqueros. Camiseta negra. Zapatillas normales. Parecía un infiltrado. Un policía secreto enviado para observar cómo los demás eran felices.
Y la película… la película estaba bien. Ese es el problema.
The Mandalorian tiene unos efectos especiales tan afilados como bisturís. Naves gigantes atravesando nebulosas con la elegancia de un anuncio de coches caros. Blásters. Criaturas viscosas respirando de fondo. Villanos tan malvados que uno sospecha que desayunan líquido de baterías. Salía incluso Jabba el Hutt, o algo suficientemente parecido como para activar la nostalgia reptiliana del cerebro.
Todo estaba ahí. Absolutamente todo.
Y, sin embargo, yo miraba mis manos.
Las miraba como quien descubre que lleva las manos equivocadas. Manos normales. Manos de adulto funcional. No las manos negras y enguantadas de Darth Vader sosteniendo un cubo de palomitas de tamaño industrial mientras un niño de ocho años te pide una foto. Aquello era distinto. Yo era distinto.
Entonces empecé a mirar alrededor.
Había chavales disfrazados. Un tipo de cincuenta años vestido de Obi-Wan con una barba sospechosamente mejor cuidada que la mía. Una chica con tatuajes de los gemelos solares de Tatooine en el cuello. Un niño pequeño caminando con la solemnidad de un emperador romano dentro de un pijama de Grogu. Todos parecían cómodos dentro de su rareza. Como peces mutantes en una pecera mutante.
Y yo estaba allí sentado sintiéndome obscenamente desnudo.
Es curioso cómo funciona la identidad. Uno cree que el disfraz oculta algo, cuando en realidad hace exactamente lo contrario. El casco no tapa. Revela. El sable de luz no infantiliza. Autoriza. Nos da permiso para ser aquello que fuera del cine resulta sospechoso: entusiastas. Ridículos. Devotos de algo inútil.
Porque la sociedad tolera muchas cosas, pero nunca termina de perdonar el entusiasmo adulto. Puedes coleccionar relojes absurdamente caros, hablar del mercado inmobiliario como si fuera poesía épica o pasarte tres horas viendo a un señor explicar criptomonedas en YouTube. Eso es madurez. Pero ponte una capa negra y di que lloraste viendo morir a Qui-Gon Jinn y de pronto eres “el raro”.
Quizá por eso me incomodaba tanto no llevar el disfraz. Porque no era solo tela y plástico barato. Era una declaración de guerra contra esa vigilancia invisible que obliga a los adultos a fingir ser personas razonables.
Durante media película sentí algo parecido a la traición. No hacia Star Wars. Hacia mí mismo. Como si hubiera abandonado una pequeña resistencia clandestina que llevaba años reuniéndose en centros comerciales y cines IMAX.
Y lo peor es que empecé a pensar algo todavía más peligroso.
¿Y si ya no pertenezco aquí?
No lo pensé con dramatismo. Más bien con esa melancolía con la que uno descubre que una aplicación ya no funciona en su móvil antiguo. Tal vez el desfase llega así. No con arrugas ni dolores de espalda. Llega el día en que miras una pantalla gigante llena de galaxias imposibles y, en vez de sentir magia, sientes que olvidaste algo importante en casa.
Los créditos comenzaron a subir lentamente. Música triunfal. Estrellas. Nombres interminables de personas que seguramente jamás han discutido sobre midi-clorianos en una gasolinera a las dos de la mañana.
Y entonces me hice la pregunta.
No “¿la película era buena?”.
Ni siquiera “¿qué han hecho con la saga?”.
La pregunta era otra.
“¿Y si el desfasado soy yo?”
Salí del cine sin responderla. Afuera hacía fresco y había un chico fumando con un casco de stormtrooper bajo el brazo. Parecía agotado, como un soldado derrotado después de una guerra absurda y muy cara. Nos miramos un segundo. Él asintió. Yo también.
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