
Pasión, Luis Carlos Marco Bruna, Prames, 2026.
Pasión (The Passion of Anna), dirigida por Ingmar Bergman, 1969.
Fernando Martín Pescador
Hace una semana fui a Cádiz para visitar a Ana y ella, amablemente, me alojó en su casa durante cuatro noches. Mi anfitriona tiene dos hijas, Lucía (seis años) y Ana (aún no había cumplido tres). Las cuatro mañanas que amanecí en su casa, Lucía me esperaba en el salón con un laberinto. En un papel en blanco, Lucía había dibujado un laberinto, con una entrada en la parte superior y una salida en la parte de abajo. Encerrados entre las cuatro paredes, Lucía había dibujado largos pasillos que se extendían por toda la hoja. Solo uno de esos pasillos llevaba a la salida en la parte inferior de la hoja. Cada mañana, Lucía me daba un lapicero y me pedía que encontrara el camino que llevaba a la salida del laberinto. En mi primera mañana, la del jueves, le sugerí a Lucía que dibujara un ratón a la entrada del laberinto y un pedazo de queso a la salida. Así lo hizo en los laberintos de los días sucesivos.
Luis Carlos Marco Bruna se caracteriza por su literatura breve. Brevísima, me atrevería a decir. Recuerdo los primeros escritos que compartió con nosotros, sus amigos, cuando tenía diecisiete años, y ninguno pasaba de una página. La mayoría no pasaba de un solo párrafo. Muchos no pasaban de una línea. Algunos no pasaban de una palabra. Otros, no me atrevería a decir que los menos, no pasaban de una letra o de un signo ortográfico. Pero hay algo más que caracteriza a Luis Carlos Marco Bruna: cada uno de sus textos es un laberinto muy similar a los que me dibujaba Lucía cada mañana durante mi estancia en Cádiz. Por breves que sean, todos los textos de Luis Carlos tienen una entrada en la parte superior y una salida en alguna parte de la página. Y a la salida de cada uno de sus textos, Carlos nos deja un pedazo de queso, normalmente en forma de sonrisa; en muchas ocasiones lo que nos regala es complicidad. Casi siempre, humor.
Por eso, cuando un amigo le encargó a Luis Carlos la escritura de este libro (como terapia, como ejercicio de estilo, como crimen pasional…) lo hizo con ciertas instrucciones: debía ver la película Pasión, de Ingmar Bergman; debía complementarla con cosas que se intuían, pero que no se veían en la película; y, sí, podía dibujar en forma de texto uno de sus laberintos literarios, pero, en esta ocasión, no debía haber un pedazo de queso al final del pasillo, no debía haber una sola concesión al humor. De hecho, no sé si estás fueron sus palabras exactas, pero las imagino así, el laberinto no debía tener salida. El lector entraría para perderse en él y solo podría salir por donde había entrado, depositando, abandonando antes su propia pasión en alguno de los oscuros callejones sin salida que ofrecía el texto. Luis Carlos, un gran escritor de encargo, siguió al pie de la letra las instrucciones recibidas.
Me gustaría volver a los motivos que llevaron a este amigo a encargar esta obra a Luis Carlos. No los conozco porque no lo he hablado con él. Sospecho que hubo varias razones y me voy a atrever a aventurar una razón del subconsciente. El encargo fue más bien un intercambio de crímenes pasionales como el que se produce en el vagón de Extraños en un tren, de Patricia Highsmith. El destino, siempre irónico, ha conseguido que este amigo en cuestión (nacido el mismo año que se estrenó la película) aparezca retratado en la contraportada del crimen.
Es interesante la relación que los lectores establecemos con nuestros escritores favoritos, no importa si están vivos, no importa en qué lugar del planeta habiten. En el caso de Luis Carlos, sus textos, para sus amigos y familiares, se han convertido en un apéndice más, como lo puede ser su nariz o sus orejas. No concebimos a Luis Carlos sin sus textos, ni a sus textos sin Luis Carlos. Tal vez por esa razón, a mí, me cuesta imaginar la relación que establece con Luis Carlos un lector que no lo conozca en persona. Los lectores de este libro, sin embargo, no solo van a establecer una relación con el autor de los textos. Por extensión, van a establecer una relación con Ingmar Bergman y otra con Emilio Amella Hay que hacer mención especial a Emilio Amella, que, como recordaba Luis Carlos, ha ilustrado Pasión en tres ocasiones (Emilio lo niega o matiza). Así que el mismo Emilio se ha relacionado con Luis Carlos y. de alguna forma con Bergman, de tres maneras diferentes. Disfruté la primera. Vi la segunda expuesta en una galería de arte de Madrid. Me encanta la tercera.
El propio Luis Carlos ha clasificado Pasión como una novela epistolar. Tal vez fuera así en su génesis. El producto final es mucho más que todo eso: además de las veinte cartas escritas por los cinco protagonistas, cuatro cada uno, el libro contiene veinte textos que introducen, de alguna forma, cada una de las cartas. Estos textos son de género mixto: biografía, libro de viaje, glosario, intimista, receta de cocina, descriptivo, metacinematográfico, urbanístico… todos son breves; todos, laberintos sin salida; cada uno de ellos, un ejercicio de estilo muy cercano (¿cerQuenau?) al surrealismo mágico.



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