
Raquel Bordóns
A punto de coger un avión, me hago consciente de las ilusiones que nos acompañan a lo largo de nuestra vida; las que bailan con lobos alrededor de nuestros sentires, las que nos atrapan en enredos viscosos en los que nos dejamos mecer a temporadas, las que nos persiguen sin que nos demos ni cuenta y las que nos adelantan y nos llevan montados en su estela.
Ahora, a ocho mil metros de altura siento aquellas ilusiones que quiero, las que amo, las que dejo atrás y las que están por venir. Calientan mi alma y todas ellas conforman ese yo que avanza pedaleando sobre este keroseno cuya ilusión parece querer volatilizarse por las fracturas de un mundo adulterado.
En este espacio aparentemente reducido se entrelazan mis ilusiones, se agolpan en un sinfín de fuegos artificiales, sobrevolando esas otras realidades; y enredándose las de aquellos que sienten la vejez posarse sobre ellos con las de los que no la sentimos aunque nuestros cuerpos evolucionen cual frutos que, antes o después, caerán pero no sin antes endulzar su carne madura. Se cruzan mis ilusiones que no ceden con sinfines de trompetas del pasado y del presente dirigiendo mis pasos a un futuro lleno de sorpresas y rincones ansiados.
Así como yo me siento sobrevolando el planeta, siento a todos esos chavales que en este mes de junio, al igual que yo, ponen sus ilusiones a volar sobre ese algo incierto que es la PAU; donde su pasado, su presente y su futuro se meten en esa urna donde el azar y el esfuerzo remueven sus bolas al ritmo caprichoso de unas preguntas y de un boli que rasga el papel escribiendo un número que determinará la dirección de esas ilusiones.
Quienes tengáis hijos en edad de jugarse sus cartas al Passare A Tutti, (PAU), ese juego del calamar en que unos caen y los otros avanzan un poco más, sabréis entender de qué estoy hablando. A los que no, os pido ese esfuerzo de entenderlo porque durante el mes de junio, las ilusiones de todos eses chavales sobrevuelan nuestras cabezas. Si levantáramos nuestras manos podríamos atraparlas entre los dedos y de ellas depende el futuro de nuestro planeta y el nuestro. Matemáticos, investigadores, médicos, ingenieros… estarán optando por encontrar un asiento en este gran planeta llamado Tierra, que brillará gracias a cada una de las estrellas que se juegan su futuro en la urna de las ilusiones. Unos echarán sus papeletas en universidades; otros en otros estudios académicos o no, pero determinantes para intensificar el brillo de esas otras profesiones imprescindibles para que nuestro mundo avance.
Y todas esas decisiones, más o menos meditadas, más o menos trabajadas y no por ello más o menos merecidas llevarán los pasos de un ejército de jóvenes a montarse en esas ilusiones que, cual patinetes voladores, les llevarán a ocupar ese lugar en este mundo no siempre fácil, pero lleno de misterios por descubrir y viajes por vivir hacia el exterior y hacia el interior de sus almas.
Mi imaginación vuela al lado de todas esas ilusiones y me parecen estrellas titilando en mi universo de pasión y de confianza en el que me siento entregar el testigo para, junto con todos éstos jóvenes, construir un mundo mejor.


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