
Tengo que hacerme las uñas – Gerardo Piña-Rosales
Miguel Ángel Murillo
Tras muchos años de fracasos estrepitosos, no tuve más remedio que acudir al encuentro de un genio de la lámpara para conseguir el deseo que llevaba anhelando toda la vida. Me presenté en su despacho y lo encontré suspendido en el aire, restregándose la espalda sobre el techo como un cerdo seboso. Seguramente intentaba aferrarse a la calidez de unos rayos de sol que, a través de la ventana, penetraban en la habitación.
— ¿Qué se le ofrece al señorito? — Me preguntó.
Por un momento, temí que la fuerza de gravedad recobrase sus propiedades y que el voluminoso engendro de piel azul y de orejas puntiagudas se desplomase sobre mi cabeza. Había advertido que únicamente se mantenía ligado a la boca de la lámpara por medio de sus extremidades inferiores, tan volubles e inconsistentes que en cualquier momento podían quebrarse.
Me armé de valor y, alzando la cabeza con altivez, le dije:
— Vengo a pedirte un deseo.
— ¿Un deseo? Generalmente son tres deseos los que concedo.
— Lo sé, pero yo creo que me bastará con uno solo. El caso es que me satisfaría poseer las suficientes riquezas para labrarme un futuro en el que no me falten ninguno de esos caprichos de los que alardean los hombres más ricos del mundo; también me gustaría conservar el estado de salud del que dispongo ahora a mis veintiséis años y adquirir una forma atlética similar a la que muestran en sus apariciones televisivas tanto actores, como deportistas y famosos en general; sin obviar el hecho de que también me gustaría que se efectuaran algunos retoques estéticos en mis rasgos faciales que disimulen ese grotesco aspecto que se revela en mi semblante; también me gustaría gobernar la voluntad de todos aquellos que me contradicen; y me gustaría conquistar a la mujer más bella del universo y mantener de por vida en ella la llama de la sumisión, de la afección y de la devoción hacia mí. Todo eso te pediría, pero finalmente he llegado a la certeza de que simplemente bastaría con que me concedieras un deseo para lograr todos mis propósitos; el deseo de la felicidad eterna.
— ¡Buff!
— ¡Cómo que Buff!
Había emitido el genio un bufido de apariencias inquietantes. Quizás fuera solo un gesto instintivo de desidia y hastío, pero en él también se apreciaban aires de descortesía y de arrogancia.
— Digo ¡buff! Porque, a pesar de que me ha conmovido su discurso, especialmente en la parte dedicada a sus frustraciones emocionales y sexuales, en la que ha utilizado unas rimas consonantes de estimable armonía, y, a pesar también de que aprecio evidentes signos de altruismo en su predisposición a facilitar mi trabajo, el caso es que me ha cogido usted por sorpresa. Desde los tiempos de la república de Weimar y mi encuentro con Adolf Hitler no me pedían un deseo en racimo. Confieso que en aquella ocasión el asunto se me fue de las manos.
— ¿En racimo?
— Claro. Un deseo en racimo supone una serie de concesiones en derivada. Tenga usted en cuenta que su deseo lleva implícito una correlación de múltiples factores que requieren de un proceso convergente de compleja elaboración y de resultados indeterminados. ¿Me entiende?
Yo no lo entendía. Quizás escondiese algo de ironía en sus palabras, pero teniendo la certeza de que me hallaba ante un ser mágico, redentor de la frustración humana, no tenía más remedio que confiar en su buena fe.
— Si lo desea puedo concederle una sonrisa eterna y atiborrarlo con dos toneladas de hormonas de serotonina. Espero que tenga suficiente hasta el final de sus días.
Fui a responderle, pero, en ese momento, oí el estrepitoso sonido de un caza F-16 que cruzaba el cielo. Su estela de vapor oculto brevemente el haz de luz solar que entraba por la cristalera y el genio se revolvió bruscamente hacia el ventanal estampando su rostro contra el cristal. Estaba enfurecido, mostrando ser un genio con mal genio.
— No puedo aceptarlo. Lo que me propones no es más que una felicidad artificiosa, sin esencia alguna — dije finalmente.
Fue entonces cuando, sin despegar su mirada de la estela brumosa que poco a poco se iba difuminando, me contestó lo siguiente:
— ¿Esencia? Esencia va a ser cuando baje del techo y le propine dos hostias al señorito. Entonces me pedirá el deseo de recuperar los dientes y de no sentir dolores; y, cuando se lo conceda, sabrá de verdad lo que es la felicidad. El señorito decide.



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