
Rafael Yuste Oliete
Más allá del bien y del mal nada queda, todo lo devoran los buitres.
En la plenitud del invierno, los buitres se acariciaban. Despreciaban el frío con ternura. Lo demás era trabajo, horas de vuelo sobre campiñas infinitas, hasta dar con el despojo, y festín canalla. Y por qué no, también pereza, una pereza austera, hecha de la misma roca en que posaba, hierático como un dios, el buitre más tierno y más canalla. Observaba.
El río lamía el cantil dorado. Abajo, la vida era agitada. Había seres que reptaban y nadaban, y miles de trinos de miles de seres misteriosos, y seres que marchaban con sigilo y todo olisqueaban. Cada uno era un audaz descubrimiento. Y aquella aventura, incluso en lo minúsculo, le hacía sentir la emoción de la belleza. Y estaba aquella garza blanquísima, la más bella de todas las garzas blancas, que lo tentaba con tanta pureza. Se tornó huidizo, abandonó rutinas, enfermó.
Un día, un cadáver apareció en la orilla. El buitre se abalanzó con los demás a la carroña. Sació su hambre. Miró a la garza. Saltó hacia ella, dentro del agua. Extendió sus alas y se mostró sanguinoliento y hediondo. Así era. La garza flotó en el aire y voló, grácil, hacia otra orilla.
Querer y ser querido. A veces, solo querer.



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