
Gilmar Simões
Iris nació con problemas de salud: tenía unos ojos que parecían los de un ave y una mirada que parecía la de un prehistórico. A los tres años, todavía no podía caminar y hablaba con dificultad. Cuando cumplió los cuatro, su capacidad motora aún era limitada y daba pasos inseguros. Además, sus frases se limitaban a unir tres palabras. Entonces decidieron llevarla al médico, que le hizo un par de pruebas físicas y de audición. Él les recomendó que le hicieran un examen neurológico y un análisis de sangre completo para descartar anomalías que afectaran al cerebro.
Había que recorrer doscientos kilómetros hasta la capital, pero no era la distancia ni el dinero lo que les impedía tomar la decisión, sino la pereza. Al día siguiente, Iris recibió un tierno pollito como obsequio, posiblemente como una muestra de afecto para mitigar cualquier tipo de sentimiento de culpa. Enseguida, madre e hija lo pintaron de azul eléctrico. Entre risas y pinceladas, Iris lo llamó «Electrix». Mientras tanto, su madre y su padre le dejaban hacer lo que le diera la gana; no le coartaban en nada sus deseos ni antojos.
Solo un año después fue que ambos decidieron por fin que era hora de que Iris se hiciera los análisis clínicos. Tras los análisis, los médicos descubrieron que se trataba de una enfermedad causada por una bacteria que se transmite por contacto con animales durante el embarazo. Sin embargo, no lograron determinar con certeza qué animal la había transmitido. Podrían haber sido loros, gatos, perros o gallinas que circulaban libremente por la casa. Así que el médico le recetó unas pastillas y les dijo que volvieran a los seis meses para la revisión.
Los fines de semana, su padre y su madre se dedicaban a beber y a bailar hasta altas horas de la madrugada mientras Iris dormía. Al principio, se retaban a jugar al juego de la botella dentro de un círculo donde estaban señalados los puntos cardinales: consistía en escoger uno y girarla cada cinco minutos. Quien perdía más veces se tomaba la tapa de la botella de licor y, tras media hora, tenía que irse a su casa a ver cómo estaba Iris de dormida. Pero, tras un par de horas, se cansaban y dejaban de beber, ya que, estando borrachos, veían que ella dormía profundamente.
Desde los siete años, Iris se quedaba sola en casa en compañía de Electrix. Desde entonces, empezó a compartir con él las pastillas de colores que ella misma tomaba. A su madre le intrigaba que Electrix creciera tan rápido mientras Iris aún caminaba con dificultades. Una noche en la que Iris se quedó sola, se despertó gritando porque el pollito le pisaba la cara y le picoteaba los botones del pijama. Iris amaneció con un ojo hinchado y con más estrabismo, si cabe. Además, estaba casi desnuda, lo que generó recelos. El miércoles era el día de descanso en el que su madre podía quedarse con ella.
Meses después, el pollito parecía un pavo. Iris seguía con su indisoluble amistad con él, pero su padre bromeaba que lo rellenaría en Navidad. «Estará rico con frutas frescas y secas, aceitunas, nueces, especias y pan». Iris lo encaraba con su mirada neolítica mientras él se relamía de gusto.
Iris comía mal y en exceso. Solo comía pasta, dulces, chocolates y galletas, y compartía la comida con Electrix. Además de ser torpe, Iris tenía sobrepeso. La profesora de Educación Física le recomendó que practicara danza. Iris empezó a asistir a clases con determinación; lo hacía con esmero. Era una alumna aplicada, pero reproducía los pasos como un autómata. Electrix repetía los pasos que ella daba de manera un poco ridícula. Aunque su compañía la animaba, no era lo que Iris necesitaba. Su padre habilitó un cuarto con aislamiento acústico, barras y un equipo de música para que pudiera practicar. Desde entonces, Iris se entrenaba en las barras durante varias horas al día con una paciencia infinita para mejorar su coordinación y elasticidad, pero sobre todo para llenar el vacío en el que vivía.
Las pastillas apenas le hacían efecto a Iris, mientras que en Electrix lo convirtieron en un pavón —no real, es cierto—, pero tampoco vulgar. Las plumas se le cayeron; se quedó sin plumas, excepto las de la cabeza, en las que se le quedó el azul eléctrico, y le creció puntual la cresta, como es natural en un pavo.
Un viernes por la tarde, su madre, preocupada por su mutación, le dijo que sería mejor llevarlo a una granja, ya que le inquietaba su crecimiento desmedido. Iris, que tenía doce años, la miró con el ojo bizco al oír la argucia y se puso histérica.
—Cariño, si tiene casi el tamaño de un avestruz, necesita espacio. Fíjate en la carnosidad de su cresta punk, en su pico de tucán y en su mirada de gallinácea prehistórica.
—Donde vaya Electrix voy yo.
Su madre abrió los ojos asustada.
—También al matadero.
Su madre, aterrorizada, intentó rebajar la tensión.
—Vale, cariño, no lo vamos a meter en el maletero, sino que vamos a llevarlo al veterinario.
—Vete tú —dijo con insolencia.
Su madre le dio una bofetada; ella volvió a la tienda, irritada, dando un portazo. Su padre llegó minutos después y la encontró abrazada a Electrix, que suspiraba y daba pequeños ronquidos. Él comió y volvió al trabajo antes de que se despertaran.
Una hora después, Iris se despertó excitada. Fue al armario, vació medio bote de pastillas en la boca de Electrix y ella se tomó la otra mitad. Lo cogió de un ala y lo arrastró al cuarto de danza. En lugar de La cenicienta, de Prokofiev, Electrix puso Sympathy for the Devil, de los Stones. Bailaban, giraban, saltaban alocadamente y bebían güisqui. Cuando la música terminaba, Iris decía: «Electrix, play it again». Bailaron hasta que, exhaustos, se cayeron al suelo. Él se quedó muerto de risa. Mientras tanto, Iris se miraba en el espejo y notaba que tenía los labios hinchados. Sus brazos parecían alas enormes que aleteaban en el aire como las de un águila.
Al mismo tiempo, sus dedos se alargaron como los de Electrix. Su cuello se estiraba, los ojos se alejaban más entre sí y su cabeza casi tocaba el techo. Empezó a dar gritos delirantes y terroríficos.
Era sábado de carnaval; su padre y su madre bebieron y bailaron bastante, como si no hubiera un mañana. Esa madrugada volvieron a casa dando tropezones, mareados pero felices. Al acercarse, Pedro dijo:
—Laura, ¿ves lo que veo?
—¿Qué ves?
—Vislumbro una cabeza que sale por el techo.
Ella, riéndose, dijo:
—Pedro, yo veo dos alas gigantes por las ventanas.
Mientras Pedro se frotaba los ojos como si tuviera una alucinación, Laura decía:
—Quizá hemos bebido y bailado demasiado.
Era el efecto del delirium tremens o quizás de un mal presentimiento. Como no llegaron a ninguna conclusión, él corrió desesperado mientras ella daba un alarido pavoroso que retumbó en el cielo: «¡Iris!». La puerta del cuarto estaba cerrada por dentro. No pudieron abrirla a patadas. Él cogió una maza y la derribó. Iris estaba dormida bajo las protectoras alas de Electrix.


Deja un comentario