
Susana Coyette Urrutxua
— ¿Usted cree en las señales? —pregunta ella al policía, con una sonrisa que intenta ser coqueta pero que se le tuerce un poco por culpa del esparadrapo que le cruza la ceja como una autopista recién inaugurada.
El apósito es tan blanco como su vestido de novia; tan blanco como los fluorescentes despiadados de la sala VIP del hospital Ruber, donde hasta el dolor parece tener seguro privado. El policía la mira con esa mezcla de curiosidad y cansancio que solo se ve en funcionarios que ya han vivido demasiadas cosas para su edad.
— ¿Que si creo en las señales…? Ya te digo yo que sí —resopla, como quien confiesa que cree en los Reyes Magos pero solo porque le da pereza discutir.
Lleva un rato observando las gotas de sangre que salpican el corpiño del vestido. Son como lunares de flamenca, pero diseñados por un pintor abstracto con mal despertar. Algunas gotas incluso han decidido emprender un viaje en solitario, formando hilillos que serpentean hasta la cola desgarrada. El policía aparta la mirada, quizá porque empieza a marearse o quizá porque teme que el vestido le hable.
—Un chaval en monopatín ha robado un chihuahua a una señora delante de nuestras narices —explica, con la dignidad herida—. Mi compañero ha estampado el coche contra un stop durante la persecución. Tremendo latigazo me he llevado en el cuello.
Se frota la nuca con dramatismo, como si esperara que ella le ofreciera un masaje terapéutico.
— ¿Y a ti qué te ha pasado? —pregunta al fin, animándose como quien abre una cerveza después de un día horrible.
Ella recoloca la cola del vestido sobre el mármol blanco, que huele a lejía cara, de esa que promete matar el 99,9% de las bacterias y el 100% de la dignidad.
—Me he pisado la cola al salir de casa y he rodado escaleras abajo —confiesa, sabiendo que la frase tiene el mismo efecto que un puñetazo de humor negro—. Muy aparatoso, pero estoy bien. Solo cinco puntos. La sangre es muy exagerada, ya sabe. El médico me ha dicho que espere diez minutos por si me mareo.
Hace una pausa teatral, como quien prepara un giro de guion.
—La ceremonia es dentro de veinte minutos en los Jerónimos. Mi padre está esperando en doble fila dentro del coche de novios, un Rolls-Royce biplaza. No había aparcamiento y… bueno, ya sabe, un coche así no se deja en cualquier sitio. Es como abandonar un Renoir en un banco del parque.
Los ojos del policía se iluminan. Ha encontrado su misión del día. Su momento heroico. Su escena final de película.
—Si quieres —propone, inflando el pecho—, puedo decirle al compañero que os escolte con el coche patrulla. Con la maratón está todo colapsado, pero si os abre paso, llegáis.
Ella lo mira con una mezcla de ternura y lástima, como quien observa a un cachorro intentando ladrar por primera vez.
—¿Usted cree en las señales? —repite, con una calma que desarma.
—Ya te he dicho que sí —responde él—, pero ahora las señales dicen que hay que llevarte a toda leche, tal como estás: con el vestido ensangrentado, el esparadrapo… vamos, perfecta para una boda de impacto.
Cuando la novia entra en los Jerónimos, el murmullo es inmediato. El vestido manchado. El esparadrapo. La cola rota. El aura de tragedia griega mezclada con comedia romántica de sobremesa. El estupor se extiende como incienso barato.
Hasta que alguien, en la última fila, empieza a aplaudir. Tímidamente. Luego otro. Y otro. En segundos, la iglesia entera estalla en una ovación que parece más propia de un concierto de rock que de una boda.
El novio, lejos de escandalizarse, rompe en carcajadas. Y su risa es tan contagiosa que hasta el cura sonríe, aunque intenta disimularlo porque no está en el guion litúrgico.
Un grupo de turistas japoneses, que pasaban por allí buscando arte sacro, saca cámaras y móviles. Graban fascinados lo que interpretan como una performance vanguardista sobre el matrimonio en la España contemporánea. Uno incluso llora de emoción estética.
En cuestión de horas, el vídeo llega a TikTok.
En cuestión de días, se viraliza como La Boda Sangrienta de Madrid.
En cuestión de meses, diseñadores de alta costura lanzan colecciones inspiradas en la novia accidentada. Las bodas tradicionales quedan obsoletas. Ahora lo moderno es llegar al altar con un vestido rasgado, sangre artificial y un aire de superviviente glamurosa.
Años después, la abuela le cuenta la historia a su nieto, con un orgullo que no cabe en el salón.
—Yo no quería casarme —confiesa—. Y pensé que las señales me estaban empujando a huir. Pero luego entendí que el destino me estaba regalando una oportunidad de dejar huella. Y vaya si la dejé. ¿Has visto el desfile de novias heridas en París este año? Todo gracias a las señales. ¡Lo sabía! No eran advertencias, eran presagios de éxito. Las señales nunca fallan.


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