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Benito García
Trataba de recobrar el aliento tras una frenética hégira a través del caótico tráfico urbano, humano y automovilístico, cuando de repente, al alzar la vista del suelo y contemplar la plaza rodeada de edificios con un raquítico peristilo de árboles, una sarcástica combinación de sorpresa, perplejidad y fatalidad me hizo sentir como el toro que abandona la segura penumbra de los corrales y aparece súbitamente en medio del luminoso albero.
Un parque infantil aguardaba paciente la inminente llegada de los niños y alzándose detrás, cerrando el extremo sur de aquel espacio inmenso como el vacío que arrastraba conmigo desde su adiós, el edificio en cuyo portal la recogí la primera vez, el altar donde ella se desvanecía cada noche con un beso.
Allí, en medio del lugar que estuve evitando durante años, me sentí amenazado. No por las hoscas miradas vacías que los transeúntes me dirigían veladamente al cruzarse conmigo, no por el aspecto poco tranquilizador de los pandilleros que con falsa indolencia ocupaban el banco de piedra bajo su fachada, sino porque una de aquellas ventanas que miraban a la plaza era la de ella Una amarga melancolía estranguló mi corazón. Y sentí miedo.
Intenté disimular mi agitación y no llamar la atención más de lo que ya lo había hecho así que con mi corazón desbocado golpeándose contra las costillas, aparentando la mayor naturalidad que pude me encaminé hacia una cafetería situada detrás de una hilera de álamos, intentando eludir el interés que mi súbita aparición había despertado en el público presente. La privilegiada y discreta perspectiva que del espacioso y desolado paisaje proporcionaba el local me permitía observar el trasiego de transeúntes entrando y saliendo de portales y calles, cruzando aquel corazón agonizante de piedra. No quise preguntarme a mí mismo por qué quería hacerlo. A estas alturas algunas explicaciones resultan fútiles.
Pedí al camarero una taza de café y mientras sorbía despacio la infusión caliente y amarga sentado en una esquina de la barra, rumiaba sobre mis posibilidades adormecido por el ruido monótono del televisor, las conversaciones de los parroquianos con el camarero y el silbido agudo del vapor que la cafetera despachaba con irregular cadencia. Hacía años ya de aquel abrupto adiós. No tenía ninguna certeza de que siguiera viviendo allí. Podría haberse mudado: podría haber conocido a alguien y estar ahora mismo a kilómetros de distancia de aquel maldito lugar donde yo me sentía compelido a hallar respuestas estimulado por los recuerdos y la cafeína, a costa de reabrir una herida que nunca se había cerrado.
Mis cavilaciones casi habían conseguido hundirme de nuevo en un oscuro pozo cuando algo atrajo mi atención. Un leve escalofrío recorrió mi cuerpo al observar en medio de la plaza una perra blanca y canela que brincaba juguetona al otro extremo de una correa que sostenía una mujer cuyos rasgos y ademanes, pese a la distancia que nos separaba, me resultaban familiares. Intenté recuperar la compostura y me dije a mí mismo que quizás todavía había una posibilidad. Quizás por lo menos de responder algunas preguntas. En ese instante solo podía seguir pensando en la mujer cuyo rostro se había tatuado en mi memoria. La mujer que llevaba en una carta y una fotografía guardadas en mi cartera, junto a una misteriosa moneda.
Mi ensimismamiento se quebró súbitamente cuando los cuatro tipos que habían estado tranquilamente sentados en el banco de piedra se levantaron y con paso decidió, las manos en los bolsillos de las sudaderas y las capuchas tapando sus rostros, se encaminaron hacia ellas hasta cortarles el paso. Recordé entonces un comentario que me hizo en una ocasión, sobre riñas y discusiones que a veces se desataban en aquella plaza de madrugada y que no la dejaban dormir.
Desde mi burda atalaya podía a duras penas atisbar los rasgos de uno de aquellos tipos cuando se detuvo frente a la mujer: cetrino, nariz aguileña y partida, mandíbula fuerte y labios finos y apretados. Poco más conseguí distinguir con la capucha negra echada sobre su cabeza. Un metro ochenta, calculé desde la distancia; y a juzgar por lo holgado de la sudadera, unos setenta kilos. El que se situó a espaldas de la mujer era un poco más alto y corpulento.
Dejé la taza sobre la barra y salí del café intentando no pensar en la locura que iba a cometer. Enfrentarme a cuatro individuos mucho más jóvenes que yo, que me aventajaban en estatura, velocidad y al menos uno de ellos, aparentemente, en potencia, era un suicidio. Pero treinta años de experiencia te proporcionan un surtido arsenal de recursos sucios, escaso apego por tu vida y el instinto de supervivencia en números rojos.
Todo eso iba pasando por mi cabeza, mientras observaba cómo trataban de intimidarla con palabras que yo no podía escuchar, pero entendía perfectamente y encendían mi furia, tratando de decidir cuál era la mejor manera de salir bien parado del embrollo hacia el que me dirigía irremisiblemente. Me aproximé con paso firme, en silencio. Estaban tan absortos que no repararon en mí hasta que estuve prácticamente sobre ellos y cuando el más cercano se dio la vuelta al escucharme llegar, descargué todo el peso de mi cuerpo en un rotundo y calculado puñetazo debajo de su nariz, que partió un hueso con un chasquido seco. Antes de que los demás pudieran reaccionar, pateé con saña al que tenía a mi derecha, el más alto y corpulento, haciéndole caer al suelo aullando de dolor con su rodilla destrozada y girada en un ángulo imposible.
Quedaban dos.
El de la sudadera negra parecía ser el que llevaba la voz cantante. Y el más peligroso. Reaccionó con frialdad a mi embestida, y sin mediar palabra, empuñando una navaja que llevaba oculta en el bolsillo de la sudadera, apartó de un empujón a la mujer y me lanzó una violenta cuchillada con muy mala intención al cuello, que a duras penas pude parar con el brazo y rasgó la manga de la cazadora abriéndome un surco profundo en la carne. No sé si grité de dolor, pero la adrenalina y la rabia me dieron ventaja, y un codazo en la cara lo aturdió lo suficiente para poder retorcerle su brazo y hacérsela soltar. Me agaché instintivamente para recogerla y cuando el cuarto en discordia se abalanzó sobre mí, me revolví con rapidez esgrimiéndola con decisión y sin darse cuenta se encontró con la hoja hundida en su clavícula.
La gente que hasta entonces había permanecido dentro de bares y locales de la plaza empezó a asomarse. Con tantos testigos, los pandilleros decidieron que no era buena idea seguir allí y se fueron de allí dejando un reguero de sangre. Se abrieron algunas ventanas, y tuve miedo. Tuve miedo de que alguien desde una de aquellas ventanas me reconociese.
Paulatinamente mi campo de visión empezó a ampliarse de nuevo, mis oídos a percibir los sonidos ajenos a la pelea; y me percaté de que unos ojos familiares me miraban con una mezcla de miedo, incertidumbre y curiosidad.
– ¿Se encuentran bien, señora? – me sentí algo estúpido haciendo esa pregunta: después de haber iniciado una pelea delante de sus narices, romper varios huesos y casi cortarle el cuello a un tipo con total frialdad.
– Perfectamente, gracias – respondió con firmeza, y en ese instante, un leve acento familiar en su voz hizo que me echase a temblar. Mis nervios crecieron al sentir la lengua húmeda de la perra, que me había reconocido a pesar de los años, en el dorso de mi mano.
– No se preocupe, señora. Me gustan los perros– respondí intentando eludir la mirada inquisitiva que me escudriñaba con curiosidad y que no se percatase de la familiaridad con que las observaba, mientras acariciaba la cabezota de Canela: así se llamaba. – Vayan a su casa lo antes posible, por favor, y avisen a la policía.
Insistí en acompañarlas hasta su portal. Aquellos pandilleros debían tener algún tipo de cuenta pendiente con ella y habían tratado de mandarle un aviso a través de su madre. Caminaba con precaución, atento a los curiosos que había atraído el espectáculo, pues tenía un mal presentimiento.
Al llegar, volví a reiterarle la necesidad de avisar a la policía. Probablemente debía pensar que estaba como una regadera, a juzgar por la mirada que me dirigía, a un desconocido que, tras haber vapuleado y apuñalado a cuatro tipos a plena luz del día, insistía en meter a la poli en la ecuación. Pero asintió, con un deje de sonrisa y una exquisita educación ante mi insistencia, y agradeció mis atenciones.
Permanecí en la entrada mientras subían por la escalera, hasta que escuché cómo la puerta de su vivienda se cerraba tras ellas. En ese momento decidí largarme de allí con lo que quedaba de mi dignidad después de una noche en vela, una carrera de cuatro kilómetros, un navajazo que parecía necesitar aguja e hilo, y unas muy probables ansias de venganza, que no sabía cuándo ni dónde podrían reclamarme.
Crucé la callejuela y giré a la izquierda para desembocar en el bulevar, donde el gentío era más abundante. Mis ojos se iban instintivamente hacia las manos de los transeúntes, desconfiado, esperando en cualquier momento encontrarme con un pincho dirigido a mi abdomen, mientras sentía fluir la sangre caliente desde la herida de mi antebrazo. Unas decenas de metros más adelante se abría una boca de metro ante mí, y decidí que lo más inteligente sería alejarme de aquel lugar que seguía provocándome una agridulce sensación. Así que apretando con mi mano la extraña moneda en mi bolsillo busqué refugio en el Inframundo urbano que escaleras abajo parecía llamarme con un húmedo aliento subterráneo.



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