
Felipe Díaz Pardo
Cuando por primera vez vi la luz que me acompañará el resto de mi vida, sufrí el primer sobresalto. De ahí mi llanto descontrolado y rabioso, provocado por la angustia que me producía aquel alboroto de gente, que se movía de un lado para otro, después de varios meses de placentera tranquilidad.
A pesar de tal desconcierto, la claridad de la mañana se convirtió para mí en un oasis de ansiada libertad después de tantas horas intentando escapar de aquel cubículo redondo, henchido y cavernoso en donde había crecido hasta convertirse para mí en una oscura gruta que me producía claustrofobia. Prácticamente lo tuve que hacer yo todo, sin apenas ayuda, dadas las escasas fuerzas y pocas posibilidades de ensanchar la salida por parte de la persona que estaba destinada a hacerlo.
La alegría por mi triunfo se disipó pronto ante el desconcierto de aquellos individuos desplazándose de un lado para otro como si quisieran escapar de un cataclismo producido por mi presencia. Tanto alboroto me obligaba a poner a prueba mis pulmones y a ensayar un interminable catálogo de sonoridades lastimeras con apremiantes tonos agudos, que era lo único que sabía emitir hasta el momento, dada mi falta de práctica en esos casos, en los que alguien se siente atemorizado ante lo desconocido. Luego esas habilidades las fui perfeccionando hasta una edad más o menos temprana todavía, con el fin de intentar someter a mis caprichos y deseos a todo aquel que me rodeaba.
Tal aturdimiento se transformó al rato en otra nueva sorpresa, por no decir un auténtico susto, cuando, con la crueldad aprendida por la costumbre que, al parecer, le dio su oficio, alguien tuvo la feliz idea de colocar mi cuerpo rugoso y arrebujado y todavía poco acostumbrado a las inclemencias líquidas, bajo el caño de agua todavía fría para mí, si tenemos en cuenta la calidez de donde provenía. Con la rapidez y presteza de un mago o un prestidigitador, aquella mujer volteó varias veces mi anatomía, a modo de una tortilla a punto de caer sobre la sartén, bajo el grifo hasta limpiar todo rastro de sustancia pegajosa, formada desde mis orígenes.
Vendrían después las ataduras propias de los mortales, en uno de cuyos seres me acaba de convertir, al aprisionar mis carnes y mi piel con el convencional vestigio de la vestimenta, a la que nuestros primeros padres nos condenaron tras dejarse engañar el elemento femenino de la pareja que protagonizó aquella historia por una serpiente malintencionada y dañina que le ofreció una triste manzana como vulgar muestra del engaño, tal y como me contaron cuando tuve la suficiente capacidad para escuchar tal patraña.
A alguien oí decir en ese instante también que la causa de tan poco acierto con la talla de mi atuendo se debía a mis diminutas dimensiones, debido a mi prematura llegada. En tal opinión noté cierto tono de reproche e incluso de cachondeo, como si tal decisión hubiera sido gratuita por mi parte. A nadie se le ocurrió pensar en los motivos de tan acuciante necesidad de abandonar aquel reducto en el que tenía que pasar mi tiempo, sin otra ocupación que la de dar vueltas una y otra vez sobre el eje de mi figura. Una vez que empecé a tener una leve conciencia de mi existencia, los días allí se me hacían interminables, sin otra diversión que la de chuparme el dedo, unas veces el de la mano y otras el del pie, dado mi incómodo encogimiento, el cual me permitía tal habilidad.
Tras esos primeros momentos de adecuación al nuevo hábitat en que me encontraba, habrían de llegar otras situaciones que contrastaban con la calma de la que había disfrutado —o había sufrido, como digo— con anterioridad. Entonces mi cuerpo comenzó a reaccionar. Primero noté que mi interior se rebelaba con pequeños estertores y dolores de barriga que rápido hicieron expulsar gases y otros excrementos propios de la vida real.
Luego pude sentir unos imperiosos impulsos de llevarme algo a la boca, no sé si por mis recuerdos anteriores, por pura necesidad de subsistencia o por simple deseo del amor materno. Ante las reacciones que manifesté de nuevo con otro llanto casi inaudible, semejante al maullido de un gato, quien parecía el ser más cercano a la condición de una madre o de cuidadora de algo tan indefenso como era yo, introdujo parte de su cuerpo en mi boca, una especie de pivote blando y dulce del que salía un líquido caliente que calmó mis apetencias.
Satisfecha esta primera zozobra con la que mostraba mi presencia, llegaron periodos de tiempo de verdadero goce y tranquilidad, todo hay que reconocerlo. Caricias, arrumacos y tiernas palabras de cariño de quien me tenía en brazos compensaban, en parte, todo el sacrificio que, hasta el momento, estaba sufriendo y soportando por mantener la compostura en un contexto tan difícil e ingrato como aquel.
Todo se trastoco cuando alguien llamó a la puerta y un tropel de personas, que querían saber de mi existencia, como si de un ídolo se tratara, entró al recinto. Me pasaron de mano en mano mientras cada una de ellas emitía torpes comentarios sobre mi físico. «¡Qué guapo es!». «¿Y a quién se parece?». Ganas me dieron de contestar a tanta estúpida pregunta lanzando yo también alguna otra interpelación más coherente: «¿A quién me voy a parecer, imbéciles, si apenas he podido aún abrir los ojos para hacerme una clara idea de donde estoy, desperezarme para hacer desaparecer alguna de las arrugas de mi cuerpo e intentar comprender que hago aquí?».
Pero me era imposible contestar a tales impertinencias por pura y evidente imposibilidad biológica. Solo pude llegar a consolarme pensando que no sabía a santo de qué veía tanta alegría, tanta fiesta y tanto alboroto por los que abarrotaban la habitación, cuando a mí me habían hecho la mayor faena de mi vida: haber nacido.



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