
Fernando Martín Pescador
Hubo un tiempo, no hará siquiera cien años, en que los escultores gozaban de la misma fama que los pintores. Yo mismo me crié en una sección de un barrio de Zaragoza que eligió bautizar sus calles con nombres de escultores. Yo vivía en la calle Escultor Salas, número diecinueve. Perpendicular cruzaba la calle Escultor Ramírez. Un poquito más allá estaban las calles Escultor Lobato y Escultor Moreto. Y, sí, estudié cuatro años en el Instituto de Bachillerato Pablo Gargallo, que tomó su nombre de uno de los escultores españoles más importantes del siglo XX. Hoy, cualquiera de nosotros tendría problemas para citar a dos escultores contemporáneos. Mi deseo es que, tras la edición de julio de nuestra revista, muchos puedan citar al escultor colombiano Hernando Pereira.
También en este número, la escritora puertorriqueña Priscilla Gac-Artigas nos hablará de su visita a la Sala Lily Garafulic, parte del Museo Nacional de la Escultura de la Universidad de Talca, en Chile. Así mismo, relacionado con la escultura, Gustavo Gac-Artigas nos regala una colección de tres poemas, La palabra y la piedra: escultura, memoria y permanencia, que conectan escritura y escultura. Por último, como nos contará Felipe Díaz Pardo, la escritora Rosa Chacel fue, originalmente, escultora. Estuvo matriculada en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando y, en 1917, llegó a concurrir a la Exposición Nacional de Bellas Artes con dos esculturas.
Si el artista, no importa la disciplina, juega a ser dios, Dios, según el relato bíblico del Génesis, jugó a ser escultor. Posando para sí mismo como modelo, formó al hombre del polvo de la tierra y sopló aliento de vida en él. Moldeó al hombre con barro como un niño moldea un muñeco de plastilina. Después de todo, el nombre de Adán proviene de la palabra hebrea adāmāh, que significa «arcilla roja».


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