
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
El miércoles me desperté con la certeza de que mi mano derecha pertenecía a un contable de Düsseldorf fallecido en 1974, eso por lo menos. Tenía su misma rigidez al sostener la taza de café. Una tendencia molesta a buscar esquinas perfectas. No le di importancia; en esta zona donde vivo, las extremidades adoptan personalidades ajenas a mitad de semana. Supongo que es por el tedio. Lo peor vino después. El pomo de la puerta exigía un canon de suscripción mensual para abrir la puerta. La constructora debió de actualizar los términos de servicio de madrugada, mientras yo soñaba con cosas irrelevantes. Pagué la tarifa con tres gotas de saliva y un recuerdo de la infancia —el olor a neumático quemado de un agosto cualquiera— y salí. Fuera, el cielo tenía el color de un televisor encendido en un canal sin señal.
Terminé metido en el cine. No por gusto, sino porque la acera se contraía a tres metros por minuto y las salas son los únicos lugares donde el espacio-tiempo mantiene una tregua comercial. La cartelera anunciaba el enésimo milagro del necro-marketing: Michael. Ese drama biográfico musical diseñado para convencernos de que el pasado no es un lugar, sino una franquicia que cotiza en bolsa.
La entrada incluía un contrato de confidencialidad emocional adjunto. Dentro, la gente abrazaba cubos de palomitas del tamaño de cabezas infantiles. Miraban la pantalla con la devoción del insecto que vuela hacia esas bombillas azules que van a achicharrarlo. Sabíamos perfectamente a lo que veníamos. La nostalgia ya no es un sentimiento; es un algoritmo de extracción minera que te pica el hipocampo para venderte tus propios cascotes a precio de oro.
La pantalla se encendió y el engranaje empezó a girar. Hay que reconocerlo: el mecanismo funciona bien. Jaafar Jackson comparte con su tío el ADN y esa extraña cualidad de flotar tres centímetros por encima del suelo. Su interpretación roza la posesión. Clava los movimientos, la voz, la inclinación exacta de la barbilla que manda a tomar por saco las leyes de la gravedad. Cuando estallan las recreaciones de Thriller o Bad —ejecutadas con la precisión fría de un reactor nuclear—, el patio de butacas sufrió un espasmo colectivo. Un espectáculo visual electrizante. Una coreografía tan milimétrica que hacía que el dolor humano pareciera un simple error de raccord.
A mi izquierda, un tipo con mi mismo corte de pelo, barba casi similar, pero con unos ojos que claramente eran más feos que los míos, lloraba lágrimas de plástico biodegradable. Los fanáticos celebraban cada latigazo de cadera como si fuera la segunda venida de Cristo. Y de algún modo lo era. La resurrección de un producto que nunca nos dejarán enterrar.
Amén.
Pero detrás de la pirotecnia, el vacío se abría paso con la naturalidad de la humedad en un sótano. El guion de John Logan padece esa tara tan de ahora: la falta de profundidad. La película avanza a golpes de grandes éxitos. Un desfile de maniquíes históricos perfectamente iluminados, pero sin vísceras. Una biografía sin sujeto; un traje de lentejuelas flotando en la nada. La única nota de gravedad real la pone Colman Domingo. Su Joe Jackson tiene la rigidez patriarcal de un monolito de piedra negra y sostiene una tensión dramática genuina. Cuando aparece, te acuerdas de que los seres humanos, antes de convertirse en logotipos, solían sangrar.
El sistema no tolera la sangre mucho tiempo. La cinta prefiere encajonarse en el ascenso musical y los años de gloria, cerrando el telón a finales de los ochenta. Las polémicas pesadas, las zonas oscuras y los juicios que convirtieron los últimos años del tipo en un calvario surrealista directamente se proscriben. Se pasa de puntillas. Como quien esquiva un charco de ácido en una alfombra buena. El Michael de la pantalla no tiene aristas ni abismos. Es un santo de neón manufacturado para no espantar a los inversores.
Al salir, la noche se había vuelto bidimensional. Me quedé mirando un escaparate repleto de reediciones en vinilo de discos que ya tengo tres veces, y remakes en alta definición de videojuegos a los que jugaba cuando mis rodillas no crujían al cambiar de dirección. Ahí se ve la trampa.
El capitalismo cultural se ha dado cuenta de que el futuro es un territorio hostil. Es caro de colonizar y propenso a las protestas. El pasado, en cambio, es un siervo dócil. No se queja, no envejece si le metes los filtros digitales adecuados y siempre se deja remezclar.
Vivimos atrapados en un reboot perpetuo. Una centrifugadora estética que nos escupe una y otra vez al mismo verano de 1988, pulido, esterilizado, sin bacterias. Nos alimentan con la réplica exacta de una emoción que ya tuvimos. Un bucle asfixiante donde el mañana se ha cancelado por falta de presupuesto. Es una alienación de terciopelo. Una habitación con las paredes hechas de espejos que solo devuelven nuestra propia adolescencia, convenientemente patrocinada por una marca de refrescos.
Caminé de vuelta a mi modesta casa, sorteando a peatones que miraban la pantalla del teléfono esperando una actualización que los eximiera de la obligación de existir al día siguiente. La prensa especializada seguirá destrozando la superficialidad del guion de Michael, los fanáticos llenarán los estadios de la memoria y la máquina seguirá facturando millones a costa de nuestros muertos.
Bobos, todos, yo el primero.


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