
La materia, el silencio y la escultura como búsqueda: Una visita a la Sala Lily Garafulic
Priscilla Gac-Artigas
En abril de 2026 tuve la ocasión única de visitar la Sala Lily Garafulic, parte del Museo Nacional de la Escultura de la Universidad de Talca en Chile, el que incluye también el Parque de las Esculturas repartido por el campus, uno de los pocos campus universitarios de América Latina donde el arte escultórico forma parte del paisaje cotidiano de la comunidad universitaria y de sus visitantes.
Desde el punto de vista cultural, la Sala Lily Garafulic es uno de los proyectos patrimoniales más importantes desarrollados por esta universidad. No siendo un museo de gran tamaño como el Museo Nacional de Bellas Artes en Santiago, posee algo muy singular: conserva prácticamente íntegro el conjunto de obras que la escultora mantuvo en su taller personal durante décadas, alrededor de 67 esculturas realizadas entre los años treinta y 2010, lo que permite recorrer prácticamente toda su evolución artística, desde la figuración hasta la abstracción.
Con ello se honra el deseo de la propia Lily, respetado por sus herederos, en lo que podría considerarse un gesto de generosidad poco común: una artista de su relevancia —Premio Nacional de Artes Plásticas 1995 y directora del Museo Nacional de Bellas Artes entre 1973 y 1977— dispone que su legado principal no quede necesariamente en Santiago sino en una universidad pública regional.
Esta decisión calza plenamente con la política activa de arte público que guía a la Universidad de Talca, la que en el 2013 aceptó el reto y abrió esta sala permanente dedicada exclusivamente a la preservación de su legado, garantizando el acceso público a su obra y proporcionando apoyo para la investigación, las publicaciones y los programas educativos destinados a asegurar su difusión y conservación para futuras generaciones.
Entrar a la Sala Lily Garafulic es como entrar a un templo del arte donde la materia y la humanidad respiran de la mano; no se entra en un espacio que celebra a una celebridad, se entra en un espacio que invita a contemplar.
Hay escultores que tallan la materia para dominarla. Lily parece escucharla; es como si sus obras surgieran de una conversación silenciosa entre la materia y la mano que la transforma. La piedra, la madera y el metal hablan, acarician y golpean los sentidos a través de la profunda humanidad con que la artista los convierte en obras de arte que exudan memoria, identidad y poesía visual, no solo a través de la obra en sí, sino también mediante el juego de espacios, formas, deformaciones y luces que las esculturas proyectan.
Mármol, bronce, piedra y madera dialogan en un recorrido que revela décadas de exploración creativa y una mirada profundamente humanista. Fotografías, documentos y testimonios permiten descubrir también a la mujer detrás de la obra: una artista generosa que dedicó su vida a la creación y al conocimiento; una creadora preocupada constantemente por la formación artística y la difusión cultural, que valoraba la función educativa del arte tanto como su exhibición. El acceso a todas las obras juntas nos permite ir hilvanando una historia, no de la artista, sino de la evolución de una búsqueda artística a lo largo de décadas.

Esta perspectiva resulta particularmente sugerente porque desplaza la atención desde la biografía de la escultora hacia el proceso mismo de búsqueda que atraviesa su obra. El visitante no encuentra aquí una narrativa centrada en el yo creador, sino un diálogo permanente entre la artista, los materiales, las tradiciones culturales y las preguntas que parecen haber acompañado toda su trayectoria. En ese sentido, la colección invita a una lectura que trasciende la figura individual y se acerca a una experiencia compartida de exploración y conocimiento, donde la obra se convierte en espacio de encuentro entre múltiples memorias, sensibilidades y formas de comprender el mundo.

Esta forma de entender la creación recuerda, en cierto modo, aquello que la teoría de la colectficción ha identificado como el desplazamiento desde la expresión individual hacia una construcción del sentido compartida donde éste emerge menos de la afirmación de una subjetividad individual que de la interacción entre múltiples experiencias, voces y memorias.
Especialmente reveladoras resultan las piezas realizadas en madera. Más que imponer una forma completamente ajena al material, Garafulic parece dialogar con él. Las vetas, grietas y accidentes naturales permanecen visibles e integrados en la composición. La obra no oculta el origen orgánico de la materia, sino que lo incorpora como parte de su significado. En ellas se percibe una actitud escultórica basada menos en el dominio que en la colaboración con el material.
Entre las obras de comienzos de los setenta destaca una serie de formas circulares que evocan lunas, discos o cuerpos celestes hechos en bronce y aluminio. Su simplicidad geométrica contrasta con la riqueza de sus superficies y relieves. Más que representar objetos identificables, parecen funcionar como signos abiertos, invitando al visitante a establecer sus propias asociaciones. En ellas se advierte la tendencia de Garafulic hacia una escultura cada vez más sintética y esencial.

La pieza “A Brâncuși” constituye quizá la declaración estética más explícita de toda la colección. No se trata únicamente de un reconocimiento a una influencia artística, sino de una toma de posición respecto de lo que la escultura puede ser. Como en Brâncuși, la forma busca desprenderse de lo anecdótico para acercarse a una realidad más esencial. La obra parece afirmar que la tarea del escultor no consiste tanto en reproducir el mundo visible como en descubrir las estructuras profundas que lo sostienen.

Al mirar las obras, especialmente las piezas abstractas tardías, uno percibe una investigación constante: símbolos, geometrías, culturas ancestrales, vacíos, relieves y texturas. La sensación es la de una escultora que intenta comprender algo que está fuera de ella, no la de alguien que intenta convencernos de su genialidad. Su obra sugiere una actitud de descentramiento de la figura del artista.
El énfasis recae en la exploración de la forma, la materialidad y los referentes culturales y simbólicos antes que en la construcción de una identidad autoral dominante o de una mitología personal, como puede observarse en otros grandes escultores, desde Rodin hasta, más cerca de nosotros, Botero. Su producción parece orientarse hacia la investigación escultórica más que hacia la afirmación pública del yo creador. Predomina la búsqueda de una armonía posible en una atmósfera de recogimiento, de silencio fértil.
Las obras parecen pedirle al visitante que disminuya la velocidad, que suspenda el ruido del mundo por unos minutos y que permita que la piedra, el bronce, la luz y el vacío le hablen.
Decíamos al comienzo que la Universidad de Talca se rige por una política activa de arte público con esculturas repartidas por el campus que garantiza el disfrute cotidiano del arte por la comunidad universitaria y de sus visitantes. Fuimos testigos de cómo esa política ha influido en la nueva generación de estudiantes de la universidad.

El 17 de abril en la Plaza de los artistas, a invitación de la Federación de Estudiantes Universitarios, se llevó a cabo el encuentro QUÉ DICEN LOS POETAS con la participación de dos poetas chilenos: Luis Cruz-Villalobos, nacido en Chile en 1976, y Gustavo Gac-Artigas (1944), leyendo sus versos en Chile tras cincuenta y tres años de ausencia. Luego de una lectura/conversatorio que los jóvenes describieron como “un espacio sobre poesía, actualidad y resistencia” nos llevaron a recorrer, con orgullo, la sala de Lily Garafulic. Ello nos da esperanza en el futuro.
Hoy, gracias a la Sala Lily Garafulic de la Universidad de Talca, el legado de una de las figuras fundamentales de la escultura chilena del siglo XX persiste tal como la artista lo concibió y deseó: como una conversación viva entre arte, memoria y nuevas generaciones, y no simplemente como un conjunto de piezas históricas.


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