

Caballo Guerra y Paz ( .29x.55x.29 m) – Hernando Pereira – Costado de la Guerra, bronce fundición – Lado de la paz, metal aluminio patinado.
Pedro Fajardo
Entra TINA. Se sienta en el banco a leer plácidamente el periódico. Seguidamente, entra un MENDIGO con una venda en la cabeza y una mancha de sangre a la altura de la sien izquierda, cargado de bolsas. Recoge unos cartones abandonados en el patio de butacas. Se introduce entre los espectadores, se arrodilla en el pasillo central y busca bajo las sillas a su perro. Como no lo encuentra, pregunta por él a algunas personas del público.
MENDIGO.— ¡Ganímedes! ¡Ganímedes!
Se acerca a TINA y ésta se tapa la nariz para paliar el desagradable olor que le llega del MENDIGO.
MENDIGO. — ¿Ha visto usted a Ganímedes?
TINA. — (Con los dedos haciendo pinza sobre la nariz.) ¿A quién?
MENDIGO. — A Ganímedes, mi perro. Es pequeñito, negro…
TINA. — No, no lo he visto.
MENDIGO. — (Sentándose junto a TINA y depositando las bolsas al otro lado del banco.) Siempre se me escapa…
Silencio. TINA continúa leyendo el periódico y el MENDIGO se acerca más para leerlo también. TINA lo sigue de reojo, pero continúa leyendo. Cuando va a pasar la página, el MENDIGO la detiene.
MENDIGO. — (Plantando su manaza sobre la hoja que iba a pasar TINA.) Espere…
TINA. — (Armada de paciencia, aunque visiblemente enojada, espera.) ¿Ya ha terminado?
MENDIGO. — Sí, sí, puede continuar.
El MENDIGO se levanta y abre varias bolsas como si estuviera buscando algo. Cuando localiza lo que busca, lo extrae de la bolsa.
MENDIGO. — (Ofreciendo a TINA un Pinocho de madera.) Tome, para sus hijos.
TINA. — (Levantando por unos segundos la vista del periódico.) No, gracias.
MENDIGO. — Tómelo, lo acabo de rescatar de un contenedor. No se imagina la de tesoros que uno puede encontrar en la basura.
TINA. — No tengo hijos.
MENDIGO. — Pues para su marido.
TINA. — (Enojada.) ¡Que no lo quiero, coño!
El MENDIGO se la queda mirando, se encoge de hombros y deposita de nuevo el Pinocho en la bolsa. La cierra y se sitúa detrás de TINA para seguir ojeando el periódico sin molestarla.
TINA. — (Notando la presencia del MENDIGO, se incorpora molesta y le ofrece el periódico.) Tome, léalo tranquilamente y, cuando termine, si no le importa, me lo devuelve para que lo pueda leer yo.
MENDIGO. — (Hojea rápidamente las páginas y se lo devuelve, aunque un poco descompuesto.) No, no dicen nada.
TINA. — ¿De qué?
MENDIGO. — De eso, de lo que pronto va a ocurrir.
TINA vuelve a concentrarse en la lectura. El MENDIGO dibuja un pinocho con tiza en la pared del foro, se sienta de nuevo en el banco y se queda mirando hacia el cielo. TINA detiene su lectura, lo observa con curiosidad, pero vuelve a su periódico. Como el MENDIGO continúa en la misma posición, TINA se decide también a mirar hacia el cielo.
MENDIGO. — No, no llegan… todavía.
TINA. — (Mirándole con curiosidad.) ¿Quiénes?
MENDIGO. — Los extraterrestres.
TINA desiste de curiosear más y vuelve a su lectura. El MENDIGO insiste.
MENDIGO. — Anoche me anunciaron su llegada.
TINA. — (Al constatar que va a ser imposible seguir leyendo, cierra el diario y responde con ironía.) Pues no he oído nada en las noticias.
MENDIGO. — Es que sólo se comunican conmigo. Anoche mientras dormía aquí, en mi banco, me llegó su mensaje. Lo tengo guardado (Señala el bolsillo de su abrigo).
TINA. — ¿Y puedo verlo?
El MENDIGO introduce su mano en el bolsillo del abrigo y extrae algo que encierra en el puño. Se lo va acercando misteriosamente a TINA, abre la mano y desvela el misterio.
TINA. — ¡Una piedra! ¡Vaya! Nunca me había imaginado a los extraterrestres tan primitivos.
MENDIGO. — (Señalándose la herida de la frente.) Ya le digo, me la enviaron anoche mientras dormía, me cayó justo aquí.
TINA. — ¿Y cómo sabe que lo que le dicen es que vienen si en la piedra no hay nada escrito?
MENDIGO. — ¿No lo entiende? La piedra misma es el mensaje. Claro, usted no puede entenderlo, sólo quien ha vivido con ellos puede comprenderlo.
TINA. — Ahora me va a decir que usted también es extraterrestre.
MENDIGO. — No, pero fui abducido y viví con ellos una temporada. Conozco sus costumbres, su lengua, su cultura…
TINA. — (Con evidente ironía.) Y dígame, ¿cómo son? ¿tienen dos trompetillas en las orejas y una en la nariz?
MENDIGO. — (Con naturalidad.) No, no tienen trompetillas ni son verdes, sino de color berenjena. Ellos van desnudos y ellas no tienen tetas, bueno sí, las tienen, pero metidas para dentro; los pezones les salen por la espalda y son muy peludas. Tienen el cuerpo cubierto de pelo, como crines de caballo, pero la cabeza no, la cabeza es calva y da vueltas, da vueltas constantemente.
TINA. — ¡Qué mareo! Ha dicho que ellos van desnudos, ¿y ellas?
MENDIGO. — No, ellas no. ¡Ellas llevan una tanga!
TINA. — Por favor, hable con propiedad: ¡Un tanga!
MENDIGO. — ¿Un tanga? No, una tanga.
El MENDIGO rebusca en sus bolsas y extrae un tanga muy llamativo.
MENDIGO. — Aquí tengo la prueba. ¿La ve? Esta tanga se la robé de la colada a Sirenia antes de escaparme.
TINA. — Bueno, ya está bien. Le he escuchado durante mucho tiempo, ahora déjeme usted a mí leer el periódico tranquilamente.
MENDIGO. — ¿Por qué no lo hace en otro banco? Éste es mío, es mi cama.
TINA. — El banco no es propiedad de nadie. No me joda, y váyase.
De repente, el MENDIGO se levanta, se agacha y comienza a acariciar al que se supone que es su perro.
MENDIGO. — ¡Ganímedes! Por fin has vuelto. Eres un perro malo. No te puedes ir así como así, llevo toda la tarde buscándote. Ven, anda, que te voy a dar de comer.
Hace como si lo depositara en uno de los lados del banco y le ofrece una chocolatina.
MENDIGO. — ¿No quieres? ¡A saber qué habrás tomado por ahí! Eres un perrete muy gamberro, ¿sabes? (Haciéndole mimitos al perro). Pues si no quieres comer, hala a “mimir uno cuocuo y aluego a la calle con la correcha”.
Se vuelve a levantar el MENDIGO, muy alarmado.
MENDIGO. — No, no te escapes otra vez… Ven aquí.
Da varias vueltas alrededor del banco.
TINA. — (Enojada.) ¿Quiere parar de una vez que me está mareando?
El MENDIGO se detiene a un lado de TINA.
MENDIGO. — Ganímedes, bájate ahora mismo de las rodillas de esta señora, que la estás molestando.
TINA. — (Acariciando al perrillo imaginario.) No, el animalito no es precisamente el que más molesta. Ande, váyase a dar un paseo y yo mientras cuido de su perrito.
MENDIGO. — No me tome por idiota. Ganímedes ya no está sobre sus piernas, se acaba de escapar de nuevo.
Se sienta otra vez en el banco.
MENDIGO. —(Mirando hacia el vacío.) Siempre se escapa. Lo encontré siendo un cachorro y, cuando lo atropelló el camión de la basura, pensé que ya no volvería, pero volvió. Se escapa, sí, pero vuelve siempre.
Se acuesta en el banco y reclina la cabeza sobre las piernas de TINA.
TINA. — (Muy enfadada, le arroja del banco y tira también las bolsas del MENDIGO al suelo.) ¡Que me deje en paz!
El MENDIGO se incorpora lentamente, abre una de las bolsas, extrae una pelota y empieza a botarla por el escenario.
TINA. — Se ha propuesto usted joderme el día, ¿no? Pues no se haga ilusiones si cree que le voy a dejar el banco.
El MENDIGO continúa botando la pelota seguido por la atenta mirada de TINA. De pronto, el MENDIGO lanza la pelota por un lateral del escenario y la misma pelota sale por el lateral contrario. TINA se levanta, perpleja, va hacia el lateral, luego al extremo por donde ha salido la pelota y cuando se da la vuelta, comprueba que el MENDIGO se ha echado en el banco y está cubierto con los cartones. Llena de rabia, se sitúa detrás del banco realiza el gesto de ahogarle con las manos. Va a hacerlo cuando se escuchan varios ladridos. El MENDIGO se incorpora rápidamente y sale de escena llamando a su perro.
MENDIGO. — ¡Ganímedes! ¡Ganímedes!
TINA aparta los cartones, se sienta en el banco, despliega el periódico, suspira y continúa leyendo.
La escena se oscurece paulatinamente.


