
Federico García Godoy
No recuerdo en qué periódico he leído que desde hacía algún tiempo se enseñoreaba del alma del gran tribuno honda y abrumadora tristeza, y que, después de su última grave enfermedad, en sus conversaciones íntimas, a menudo saturadas de infinita amargura, expresaba la creencia en el próximo término de su existencia, aguardando sereno el instante supremo de sentir sobre sus labios, por donde brotaron tantos raudales de elocuencia, el beso frío de la muerte…
La rota de Cavite y el desastre de Santiago de Cuba lo habían dejado profundamente conmovido. Despojada para siempre España de los últimos restos de aquel inmenso imperio colonial tan heroicamente conquistado en días de resonancia épica; vencidos, sin lustre y casi sin esfuerzo, por la superioridad numérica y por la superioridad de los elementos modernos de combate, los descendientes de aquellos audaces paladines medioevales que en las más apartadas regiones del planeta supieron colocar a inmensa altura el nombre español; viendo derrumbarse con pavoroso estrépito, al impulso incontrastable de enemigos hados, el soberbio alcázar lleno de tantos fulgurantes recuerdos de gloria y de grandeza, la exquisita sensibilidad del gran orador, sufrió, sin duda, golpe rudísimo, y, como el árabe de la leyenda granadina al ver muertos a su lado todos sus compañeros de combate y expirante a sus pies su corcel de guerra, debió pedir al cielo con voces clamorosas hiciese descender sobre su alma adolorida las sombras de esa noche polar interminable que a todos nos aguarda…
Cometió, como político, indudablemente, grandes faltas, aunque quizá no sean tantas como las que se complace en arrojarle a la cara una crítica casi siempre apasionada. Muchas de ellas son harto discutibles. Sus inmensos servicios a la causa de la democracia en épocas azarosas son, a mi juicio, bastantes para borrar o aminorar sus yerros; y paréceme suficiente para granjearle el dictado de verdadero patriota, su resuelta actitud, en los revueltos días de la fugaz república española, frente al ejército indisciplinario, a la reacción carlista pujante como nunca, y a la demagogia desbordada amenazando reducir a menudos fragmentos la unidad nacional…
Y me expreso así a fuer de observador sereno, a quien no ofusca ninguna clase de apasionamientos, pues he militado siempre en las filas de los tenaces e irreductibles adversarios de la manera estrecha y rutinaria de apreciar el ilustre orador ciertos trascendentales problemas antillanos, todavía, por desgracia, incompletamente resueltos.
Debo a Castelar momentos inolvidables de puro placer estético. Aún vibra en mi espíritu la emoción que experimenté, muy joven aún, cuando leí por primera vez la obra quizás más hermosa y artística del gran tribuno: Recuerdos de Italia. Sentí algo parecido a un deslumbramiento. Por mi retina pasaron, en sucesión mágica, todas aquellas ciudades italianas por él tan maravillosamente descritas; y admiré extasiado en la incomparable Venecia las torres bizantinas de San Marcos doradas por los últimos resplandores del crepúsculo, y, sumido en religioso recogimiento, medité sobre la nada de las cosas humanas en el grandioso cementerio de Pisa, y recorrí el Foro romano, portentoso teatro de grandezas jamás igualadas, y, sentado en frágil esquife, contemplé a Nápoles la bella y el Vesubio humeando en medio de extensas y fértiles campiñas…
Otra de sus obras, que hoy me parece de escasa médula, la Vida de Lord Byron, fue como una especie de revelación para mi espíritu. El gran poeta inglés, de quien hasta entonces casi nada había leído, apareció ante mi vista con toda su extraña originalidad, con todas las complejidades de su espíritu atormentado; y con interés vivísimo seguí todas las peripecias de su agitada vida, desde sus primeras travesuras infantiles hasta su muerte gloriosa luchando por la Independencia de Grecia, de esa eterna patria espiritual de tantas inteligencias superiores. Dicho se queda en aquella época de mi vida, época de formación literaria en que no habían venido el estudio y la reflexión a entibiar u obscurecer ciertos entusiasmos juveniles, no veía ni podía ver los grandes defectos de Castelar como escritor, fascinado por su lirismo avasallador, por sus brillantes imágenes, por la pompa oriental de su lenguaje, cosas que me impedían en absoluto apreciar su relativa superficialidad, o poco nuevo de sus ideas, y su impotencia para penetrar con desembarazo, a guisa de soberano, por la intrincada selva de los más elevados conocimientos humanos, siendo en esto, a mi ver, inferior a Moreno Nieto, a Salmerón, a Sanz del Río, a González Serrano, y a otras notables inteligencias españolas que, sin vértigos ni desfallecimientos, han subido hasta las más altas cimas del pensamiento filosófico contemporáneo.
En varias ocasiones he oído decir, en son de censura, que Castelar no es un orador a la inglesa. Ya lo creo que dista bastante de serlo. No tiene, ni con mucho, la sobriedad, la precisión lógica, la profundidad de concepto, la atractiva sencillez que distinguen a muchos oradores ingleses. Macaulay, por ejemplo, quien se me figura insuperable en sus discursos pronunciados en el Parlamento abogando por la amplitud de los derechos electorales, y combatiendo con invencible fuerza ideológica la intolerancia religiosa Pero confieso, sin vacilar, que me parece desprovisto de sólido fundamento crítico lo que algunos achacan como defecto. Y es que, salvo casos aislados, rarísimos, la raza, el medio y ciertas circunstancias se combinan siempre en proporciones más o menos armónicas para formar el orador, y así Castelar, que lo es de primer orden, dígase lo que se quiera, reúne todas las máculas y todas las excelencias que, en mayor o menor grado, caracterizan a todos los que en España cultivan con éxito resonante el arte de la palabra. Como nunca pude contemplar al egregio orador en uno de esos momentos en que hacía a su antojo vibrar al unísono con la suya el alma del conmovido auditorio, fáltame, para poder juzgarlo con entero acierto, el conocimiento de ciertos matices, de ciertos primores, debidos únicamente a la voz y a la acción, y que, por decirlo así, completaban su elocuencia dando al eximio tribuno su verdadera y peculiar fisonomía oratoria.
Lo mismo en el libro que en la tribuna, Castelar es, ante todo y sobre todo, gran artista. Pero artista, entiéndase bien, espontáneo, vehemente, incapaz de domeñar el vuelo de su imaginación, sintiendo como pocos la magia de los colores vivos, de los tonos fuertes, en veces chillones, pero sin el dominio de las medias tintas, y sin nada de los refinamientos y exquisiteces tan en boga en estos últimos años. Fantasía caldeada por el sol meridional; naturaleza helénica pronta a recibir todas las sensaciones; alma impregnada de inextinguible idealidad; devoto convencido de la salvadora eficacia de las ideas democráticas, logró Castelar, como pocos, vaciar en sus discursos y en sus escritos toda la imponderable riqueza pictórica de su paleta, y acaso más que en ninguno de los oradores españoles del presente siglo, resaltan en sus trabajos, en confusión a veces interesante, todos los grandes defectos y todas las excelencias y filigranas de la lengua castellana, así su anarquía sintáxica, sus irremediables anfibologías como su reposada majestad, su agradable ritmo, y la soberana fuerza de expresión que tanto la realza y distingue.
En el silencio misterioso de una tumba acaba de extinguirse para siempre la inspirada palabra del más celebrado de los oradores españoles. Triste, muy triste, debió ser su agonía, en esa misma riente Murcia donde con lágrimas del alma lloró la muerte de su gran amigo el poeta José Martínez Monroy, si al despedirse para siempre de la vida miró surgir ante sus ojos expirantes la imagen de España vencida, desangrada, envuelta en los girones de su muerto poderío, azotada por la reacción triunfante, que hoy se ensoberbece pretendiendo menoscabar las libertades públicas a tanta costa alcanzadas, y con la mano del cruel Polavieja encender, quizás, las apagadas hogueras inquisitoriales.



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