
Susana Coyette Urrutxua
¡Vaya sorpresa tardía que la vida nos da!
A estas alturas del camino andado,
cuando el sol declina y la sombra se alarga,
nuestros dos otoños florecen en una primavera inesperada.
Mírame, amor, con tus ojos acostumbrados a ver pasar el tiempo,
y mira en mis arrugas la historia serena de esperar
este instante.
Tú, con tus manos,
toma las mías, que creían ya únicamente sostener recuerdos.
No hay juventud impetuosa, ni juramentos fogosos,
solo la calma profunda de dos ríos
que al fin se encuentran.
Sabemos de la fragilidad, de la dulce certeza del adiós,
pero hoy, solo hoy, celebramos este abrazo que nos alienta.
Que cada latido lento sea un verso simultáneo,
que cada silencio cómplice nos hable de un pasado vivido.
Este breve epitalamio, sin métrica ni rima,
es el canto sencillo de dos almas que se han encontrado
en la llamada edad dorada.
Brindemos por este nuevo capítulo, sereno e innegable,
donde el amor maduro es el más hermoso y duradero.
Juntos, en este dulce declive,
hasta que la última hoja… termine por caer.



Deja un comentario