
Silvia Sotomayor Rodríguez
A Federico García Lorca
Federico es un cascabel que canta,
despierta los sentidos y agita el alma.
Es un destello de plata,
de lunas blancas
que encierra perennemente en su ser
los secretos de cuerda, viento y miel.
Es la voz del viento y del agua.
Es un ruiseñor que canta
al amor y a la herida…
Es el eco de unos pasos limpios
de alegría incontrolada.
Colosal, excelsa y ligera…
es la huella de Granada
que dejó tatuada
en las calles de Nueva York, Madrid,
Cadaqués, Buenos Aires y La Habana.
Es un susurro de la infancia
y la juventud entregadas,
un latido hondo de risa pura,
nívea de madurez…
aquel fue que fuimos alguna vez.
Es un poema infinito que deja tras de sí
el rastro de un duende
que envuelve y devuelve
la luz perdida, el brillo robado
a unos ojos tristes, abandonados.
Federico es un cascabel agitado,
un candil encendido,
un jazmín de desvelos habitados,
de la noche adueñado…
a un balcón asomado.



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