
Francis Paramio
Observé un día que mi padre ya no subía a la plaza. En el pueblo no hay muchas novedades y es por eso que las rutinas van guiando los días y te arropan por las noches. Una de esas costumbres es subir a la plaza, comprar el pan y pararte un rato con los paisanos a charlar de trivialidades. Mi padre siempre ha cumplido con ese hábito, empujado por el reloj invisible que marca lentas las horas imprecisas en los pueblos. Sin embargo, poco a poco fue dejando pasar esas pequeñas reuniones con los lugareños y simplemente se limitaba a comprar el pan para después volver a casa sin mucha dilación. No fue algo que sucediese de golpe, fue más bien paulatino, como quien deja de pedalear en la bicicleta y contempla cómo avanza hasta pararse en la última vuelta de rueda. Cuando le pregunté sobre el tema, me dijo: “Yo es que cuando subo a la plaza ya no tengo a nadie de los míos con quien juntarme; casi todos mis amigos ya se han muerto.” La respuesta resonó en mi cabeza durante unos minutos y provocó en mi interior una desazón amortiguada al intentar ponerme yo en su lugar. Ese día entendí con más claridad que hay muchas formas de soledad. Que no es lo mismo estar solo que sentirse solo, que se puede estar a solas y sentirse acompañado, y que se puede estar rodeado de personas en un tren atestado, pero sentir una distancia infinita con ellas.
La soledad puede ser circunstancial, forzosa, existencial, y también puede ser elegida y plena. La soledad que no es buscada y nos llega por causas ajenas, no esperadas, te abraza como una colcha de lana gruesa. Se posa en tus hombros, su olor te penetra y su tacto suave pero firme te recuerda de manera casi continua la razón por la cual está allí. Te permite andar, moverte, llevar una vida, pero te obliga a cargar con ella.
Hay también una soledad buena, la de estar a solas contigo, la de cuando te sientes por momentos conectado a la vida y encuentras tu razón de ser; esa que te provoca instantes de bienestar interior muy intenso, casi cercano a una revelación. Es la soledad de escucharse a uno mismo cuando todo lo demás que nos rodea se ha callado. Esa soledad se necesita y nos ayuda a crecer.
Con la mayoría de ilustraciones que he hecho para este número de La torre del ojo, he querido bucear por diferentes percepciones de la soledad, ser observador en un segundo plano y mostrar cómo las personas transitan esos momentos a solas consigo mismas.
Decía Carl Jung que, para llegar al núcleo de lo que somos, es imprescindible pasar tiempo a solas, escucharnos y observarnos cuando nadie más nos mira, cuando no tenemos un papel que desempeñar, cuando la opinión de los demás no importa. Es en esos momentos de cotidiana paz donde aflora nuestro verdadero ser, nuestros anhelos, nuestros miedos, nuestros demonios, y solo aquellos que atraviesan esa senda son capaces de conocerse en su esencia.



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