
Alba Malena Rivero Vera
Hoy quería hablar de mis padres.
Crecí en una casa rodeada de cultura y arte, especialmente de las dos grandes pasiones de mis padres: la música y el cine. Ambos, aunque especialmente mi padre, me transmitieron buena parte de los gustos que hoy me definen como adulta y me dieron las herramientas necesarias para seguir sintiendo curiosidad, investigando y profundizando en aquello que me interesa.
Mis padres también me enseñaron, directa e indirectamente, simplemente viéndolos hacer, a dibujar y a crear cosas con mis propias manos. Pero hay algo de todo aquello que me marcó especialmente. Cuando nos hacemos adultos, determinados hobbies y actividades parecen dejar de tener espacio en nuestras vidas. Sin embargo, ellos siempre mantuvieron la ilusión y la dedicación por esas cosas que a menudo se consideran infantiles o una «pérdida de tiempo», haciendo que mundos que parecían existir únicamente en la fantasía cobrasen vida: dibujos, disfraces diseñados y confeccionados desde cero para Carnaval o Halloween, ropa cosida a mano para mis muñecos y tantas otras cosas. Aunque supongo que también ayudó que mi padre me leyese Drácula antes de dormir cuando tenía diez años.
Supongo que todo aquello me llenó la cabeza de fantasía y color. Y sí, durante un tiempo pensé que quizá podría dedicarme profesionalmente a ello, y al final no ha sido así. Pero ¿qué importancia tiene eso a la hora de seguir creando? ¿O de seguir disfrutando del arte y la fantasía con la misma ilusión e intensidad que cuando éramos niños? Escuchar una canción 200 veces, analizando cada detalle; emocionarte profundamente con una película y empatizar con sus personajes; perder la noción del tiempo y del espacio con un libro. Son solo algunas de las cosas que me pasan, y las vivo con bastante intensidad.
Tampoco busco siempre una respuesta lógica u obvia en el arte que consumo. Y no se trata de ser intelectual, sino de disfrutar de la experiencia y de la libre interpretación; de cómo dos personas pueden ver cosas completamente diferentes al observar lo mismo. Supongo que por eso mis ilustraciones están llenas de colores ácidos y figuras sin sentido.
Por todas las cajas de dibujos míos que todavía guardan, por los increíbles disfraces que me hicieron año tras año y por no haberme mirado raro cuando decidí estudiar maquillaje y caracterización.
A mis padres.



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