
José A. Pérez Hernández
En la caverna tibia del cráneo nace una luz sin nombre,
una semilla eléctrica que todavía no sabe si será palabra,
herramienta, pregunta o pájaro invisible cruzando la memoria.
El pensamiento humano levanta torres con humo,
mide el cielo con dedos de barro
y llama futuro a la sombra que aún no ha aprendido a caminar.
Pero junto a esa arquitectura de relámpagos
respira el animal sin mapa,
el que no razona como nosotros,
pero conoce la lluvia antes de que caiga,
el miedo antes del grito,
la ternura antes de la caricia.
Sus ojos son pozos donde el hombre se mira
y descubre que su inteligencia también tiene colmillos,
también olfatea la noche,
también tiembla cuando el mundo cambia de piel.
Las futuras ideas vendrán quizá como manadas de cristal,
corriendo por las venas secretas del cerebro,
mezclando la lógica con el instinto,
la máquina con el latido,
la pregunta humana con el silencio animal.
Y entonces comprenderemos que cada gesto hacia ellos
—la mano que alimenta, la voz que ordena, la mirada que ignora—
regresa convertido en espejo,
porque el animal irracional no escribe teorías,
pero responde con su cuerpo a nuestra forma de existir.
Tal vez el mañana sea un cerebro abierto en medio del bosque,
donde las neuronas florezcan como raíces luminosas
y cada criatura, humana o no,
deje una huella distinta sobre la misma tierra pensante.
Quizá entonces el ser humano escuche con menos orgullo
el idioma húmedo de las madrigueras,
el alfabeto de las alas, la gramática paciente de las pezuñas.
Cada animal, desde su misterio sencillo,
nos enseñará una ciencia sin libros:
la de esperar sin conquistar,
la de mirar sin poseer,
la de moverse por el mundo sin romper su respiración.
Y en el cerebro humano, ese planeta lleno de espejos,
nacerán ideas futuras como peces de fuego,
nadando entre culpa, asombro y deseo de regreso.
Tal vez comprendamos demasiado tarde
que la razón no es una corona,
sino una puerta que también puede cerrarse.
Entonces el pensamiento tendrá pelaje,
plumas, escamas, memoria,
y una pregunta antigua latiendo bajo la frente:
¿quién observa a quién cuando el animal nos mira?
Valdemoro, 4 de julio de 2026



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