
Rafael Yuste Oliete
Todo es vanidad y apacentarse de viento. Tedigero, mi fiel, tú también te fuiste.
Seguir con los espectros.
El bisabuelo Ramón ha sido nuestro espectro más familiar. Sucedía en casa.
Esta es su historia, así nos la contaron:
«Y Ramón… cazó.
»Al poco de enviudar de la venerada abuela Guinigenta, Ramón tomó por esposa a una de las hijas del moro Lubb, uno de los más grandes señores de la tierra llana. Y ya sabéis que el llano está lleno de traiciones.
»La muchacha se llamaba Nasim y llegó como lo que era, una bella brisa vivificadora. Tal era el gozo de Ramón que decidió organizar una cacería inolvidable. La cita fue en Castro Pelato, para los idus de octubre, y el invitado de honor, su cuñado: Muhammad, hijo de Lubb.
»Cuatro jinetes moros a ben Lubb acompañaban, cuatro los hijos del conde, Bernardo, Llop, Isarno… y el pequeño Miro, que a todos ellos seguía. Despuntó el alba, la noche acuchillada, la Valle se hizo Magna. Una garza afiló su cuerpo en el río Caloniche. Tres águilas anunciaron la partida. “La cría tiene hambre –dijo ben Lubb mirando al cielo–. Cacemos”. Ramón afiló sus ojos garzos.
»Corceles de tierra plana, ligeros como la arena, y ponis montañeses, fuertes como la roca. Arreos de cuero y plata, monturas de cuero y lana. Rodelas sobredoradas, escudos de roble y chapa. De oro la empuñadura que de una vaina asomaba en la cintura del lobo Muhammad.
»Agüerro tibio como sangre derramada, tal era el gozo. Pero Dios dispuso. Y el diluvio les sorprendió en los sagrados montes de Esvú. Nadie se opuso: buscaron refugio en San Quirico, el monasterio escondido. Allí, atendidos por los monjes, ante un prior que aún se deshacía en cortesías, frente a la lumbre, Ramón, de un tajo, degolló a ben Lubb; lo dejó caer sobre el fuego que adormece. A su espalda, Bernardo, Llop e Isarno a otros tantos moros rajaban, y el pequeño Miro a sus hermanos seguía. Dicen que se oyó un aullido, triste, hundido; que una brisa sopló fría en la estancia adormecida; que para Ramón ya no hubo otro otoño. Solo invierno… y un tesoro».
Esta es nuestra familia. Este es el origen del tesoro de Ovarra, el de Ava. Somos garzas pescadoras. Por eso y porque somos buenos cristianos.
N. de A.: extracto de la novela inacabada Ava. La condesa traidora. Todos los topónimos, excepto en el título, aparecen en formato altomedieval.



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