
Tina de Luis
Ola no recordaba cuándo había empezado su vida, cómo ni quién la había creado, ni adónde se dirigía. Se movía por inercia, entre miles de iguales y, sin embargo, se sentía muy sola. A veces se rozaba con las olas contiguas, a las que ni siquiera podía mirar de frente. A tan corta edad, lo que deseaba era jugar, porque ella…, ella se aburría en ese gigantesco e inabarcable desierto de agua, cubierto por otra inmensidad azul, sin olas, llamada cielo. Con qué ganas retozaría con las compañeras, si supiera cómo hacerlo.
Las olas se comunicaban entre sí mediante bramidos acuosos, demasiado toscos para transmitir pensamientos profundos. Por eso, cuando buscaba explicaciones que dieran sentido a su existencia, solo alcanzaba a oír ese mantra de zumbidos monótonos: «Nunca detenerse, siempre avanzar». Con frecuencia, entre profundos suspiros, se quejaba por la falta de experiencias estimulantes. No tardaban en llegar a sus oídos severos rumores y murmullos ignotos: «Las olas no piensan, obedecen los edictos abisales y la ley de las mareas. No reniegues de la vida que te ha tocado vivir, las hay peores. Tú al menos respiras el aire puro y ves la luz, no como los seres de las profundidades, castigados a una eterna oscuridad. Hagas lo que hagas, jamás podrás detenerte, ni cambiar tu curso. Procura disfrutar de lo que tienes».
Y algo disfrutaba; solo como espectadora: con inquietos pececillos que cabriolaban en su borde o en sus entrañas, con intrépidos delfines y voluminosas ballenas. Con medusas esbeltas y delicadas, cual ninfas desertoras de las fábulas. Ola se recreaba también con los cantos volátiles de las sirenas, que embelesaban los pensamientos y los guiaban hacia universos maravillosos y lejanos. Hablaban de Ulises, de Nemo y de sus legendarias hazañas; y de dioses, como Poseidón y Tritón. Gracias a ellas sabían de paraísos mágicos, de universos inconcebibles, enaltecidos después por la vehemencia de la imaginación. Gozaba, así mismo, con los destellos dorados del inabarcable conjunto de olas, cuando los rayos del sol bruñían sus lomos; o de la infinidad de ondas plateadas, cuando la luna coqueteaba en su espejo.
Su único objetivo consistía en configurar el mar. Porque el mar era ella. Lo eran todas. Un conjunto bullicioso y gregario, controlado por el destino, en el que apenas se distinguían principios o finales. Las olas se reencarnaban eternamente con distinta memoria. A veces la monotonía se veía alterada por graves riesgos, de los que debían cuidarse. Los caparazones flotantes las cabalgaban perpetuamente, sin piedad, y las rasgaban; como el Holandés Errante, habitado por inquietantes y desfigurados espectros. Los vientos enfurecidos, la galerna, la tramontana y las tempestades del mar las azotaban y fracturaban. Provocando un amasijo de partes que derivaba en locura, en un robo de identidad.
Por sus predecesoras sabían en qué consistía su final, si es que tenían la suerte de no malograrse en el trayecto. Se estrellaban contra las rocas o agonizaban en playas extrañas. Ola se iba volviendo grande, extensa, bravía; su fin se acercaba. Le dolía la brevedad de la vida, la vacuidad de su existencia, su pasividad ante el destino. ¿Aún estaría a tiempo? Tenía que intentarlo como fuera. Acometería alguna proeza que susurrasen las caracolas, la cantasen las nereidas y la esparcieran por la rosa de los vientos, el resto de los tiempos. Se atrevió, se rebeló. Con la ayuda de un viento favorable o tal vez por su propio ímpetu, antes de coronar la playa de su ocaso, tan próxima como indeseada, dobló hacia atrás su cresta erizada y miró cara a cara a la ola que la seguía de cerca desde el momento en que nació. Sus labios de espuma se fundieron en un beso pasional, al que siguió un estallido de sensualidad y, a la par, derramaron su éxtasis sobre el foso de un pequeño castillo de arena, ante la sonrisa de un pequeño ser de tierra que las contemplaba.



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