
Ana Ahijado
Paso cada día por la rotonda de las rosas. Recuerdo cómo siempre bajabas y cortabas algunas para hacer un pequeño ramo y llevármelo de regalo al volver a casa. Últimamente la rotonda se ha vuelto una maraña imposible, las rosas se han multiplicado y se han enredado de tal forma que, cuando paso por ella, tengo dificultades para saber por dónde debo salir. Esta mañana he decidido bajar, como hacías tú, para coger unas cuantas flores y ayudar a descargar ese jardín imposible. Me he perdido y aquí sigo, ebria de este olor a perfume, ensangrentada y exhausta por el dolor de las espinas que se me han ido clavando al intentar escapar. Creo que he escuchado tu voz. Sujétame las tijeras, decías, pesan demasiado.



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