
Susana Coyette Urrutxua
El piloto de Fórmula Uno siempre creyó controlar su destino, aun a trescientos kilómetros por hora. Pero ese día notó que su volante no respondía y, luego, el coche se fue hacia la izquierda, sin control. En un parpadeo, la pista desapareció. Vio un vertiginoso remolino de cielo azul, nubes, árboles y hierbas. Sus oídos se llenaron con el gemido del metal que se desgarraba y el sonido de sus propios gritos…
El silencio posterior transformó todo. Atrapado en el chasis destruido, comprendió que su vida jamás volvería a ser la misma.
El destino adora los cambios drásticos e inesperados
2.
Cada mañana, el viejo relojero limpiaba los engranajes con obsesiva precisión. Detestaba los cambios. Para él, el orden del mundo residía en la perfecta monotonía del tic-tac.
Sin embargo, una tarde de otoño, el péndulo principal se detuvo sin motivo aparente. El hombre se alteró, buscando herramientas para corregir la anomalía. Fue en ese instante de silencio absoluto cuando escuchó, por primera vez en décadas, el canto de las golondrinas afuera y el crujido de las hojas secas. Al mirarse en el cristal, sonrió. El tiempo no se había roto; simplemente le estaba permitiendo comenzar a vivir. Simplemente…
3.
El pueblo murmuraba sobre los cambios de la modernidad y la vulnerabilidad de los ancianos. El joven visita a su abuela esperando encontrar a una mujer frágil, resignada al tiempo. Ella escucha sus temores y sonríe con picardía. Hace una pausa dramática, mete la mano en el escote del sujetador y saca un pequeño puñal brillante.
—Por si acaso, nunca lo saqué de aquí. Nunca. Siempre hay que estar preparada. Una mujer preparada… vale por dos.
El nieto abre los ojos como platos.
La abuela sonríe.
Y el puñal reluce, cómplice, bajo la lámpara.
Las épocas cambian; la audacia, intacta.



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