
Jesús Cepeda
ROMA, parece una simple palabra, cuatro letras que identifican una de las grandes ciudades de la Historia, pero para mí es mucho más. Roma es la ciudad que me vio nacer, sus retorcidas callejuelas fueron mi lugar de juego cuando niña y, al mismo tiempo, mi infierno cuando mis padres decidieron venderme a una rica familia de patricios romanos.
Nací el mismo día que el joven Nerón tomaba el relevo de sus antecesores en el cargo, y era proclamado emperador. Roma era el centro del mundo. Mi familia no tenía gran cosa pero tampoco pasábamos hambre, mi padre era un hábil artesano y conseguía convertir un simple trozo de barro en una reluciente cerámica. Mis recuerdos de infancia corren junto a mis dos hermanos por las calles de Roma, siempre de un lado para otro, sin importarnos el resto del mundo. Mientras crecíamos y ellos se convertían en jóvenes aprendices en el taller de cerámica de mi padre, una maldición comenzó a acompañarme y no se apartaría de mí de por vida: mi belleza. Entiendo que no acertéis a entender mis palabras, especialmente vosotros que vivís obsesionados con el culto a la belleza del cuerpo, pero creedme cuando os aseguro, que para una joven pobre como yo, en la Roma de hace dos mil años, la excelsa belleza con la que me dotó la naturaleza era una auténtica desgracia.
En seguida llamé la atención de los miembros más ilustres de mi vecindario y muy pronto le llegaron ofertas muy tentadoras a mi padre, desde todos los rincones de Roma. Querían que me vendiera como “joven dama de compañía” a alguno de los ricos nobles que pujaban por mis encantos. Mi padre, que se negó en rotundo al principio, comenzó a dejarse convencer, después de unos años de crisis, y al final fui vendida a un famoso comerciante de una de las zonas más ricas de Roma. El día que salí de mi casa camino a mi nuevo hogar, pude ver como mi madre y mis hermanos lloraban sin consuelo. Fue entonces cuando hice una promesa a los dioses que he mantenido hasta el día de hoy. No volvería a derramar una lágrima en mi vida.
Los años pasaron y me convertí en una de las mujeres más bellas de Roma, pero ya no tenía necesidad de permanecer en el lujoso palacio donde viví durante años encerrada para el deleite del rico comerciante. Tenía recursos no solo para sobrevivir sino para llevar una vida de lo más lujosa. En vuestra época, una “madame” llamada Nell Kimbal, que regentaba uno de los burdeles más importantes de la América del s.XIX, escribirá una de las frases con la que no podría estar más de acuerdo: “toda mujer se sienta sobre su fortuna”. Si la extremada belleza con la que me había dotado la naturaleza fue mi perdición cuando era tan solo una niña de doce años, ahora como mujer de poco más de veinte, sería el medio que utilizara para manejar a los hombres y mujeres a mi antojo.
Soy propietaria de una lujosa casa en el Aventino, tengo tres criadas a mi disposición y una gran reputación como una de las “famosae” de Roma, es decir, cortesanas a las que muy pocos tienen alcance y entre las que se encuentran algunas mujeres de la propia familia imperial. Mi situación me permitió una formación que mi familia no pudo darme nunca, y así conocí a algunos de los grandes historiadores y viajeros de la época. Uno de ellos, un tal Estrabón, en uno de sus libros de viaje, decía que en Babilonia existía una tradición por la cual toda mujer debía prostituirse al menos una vez en su vida. No podía hacerlo en cualquier lugar ni con cualquier persona, existía un protocolo muy riguroso para respetar dicha tradición. La mujer, debía colocar una pequeña tienda alrededor del templo de la diosa Ilitia, y esperar a que un extranjero pasara por allí y arrojara unas monedas sobre su vestido. Ella recogería el dinero y en su propia tienda, junto al templo de la diosa, mantendría relaciones sexuales con el extranjero. Una vez finalizado el encuentro, recogería la tienda y no volvería a prostituirse ni por todo el oro del mundo. Eso sí, el dinero no era para ella, sino que debía entregarlo a los sacerdotes encargados del templo de la diosa. Esta tradición no fue comentada únicamente por este viajero, sino que un historiador más antiguo llamado Heródoto, ya lo mencionaba en sus escritos, añadiendo un toque de humor misógino, haciendo referencia a que las mujeres babilonias más bellas, en seguida eran solicitadas y abandonaban los alrededores del templo de la diosa, pero las menos agraciadas, podían permanecer acampadas allí varios años.
Yo era hija de Roma, y no estaba sujeta a esa tradición y por supuesto no iba a permitir que el dinero obtenido con la belleza de mi cuerpo fuera a parar a los vejestorios egoístas que cuidan de alguno de nuestros templos. En Roma solo hay dos grupos de mujeres que tenemos el privilegio de disponer de independencia económica, las vestales y las prostitutas. Las que velan a la diosa Vesta, le dedican su virginidad durante treinta años, mientras que las prostitutas, de las que existen en Roma un total de trece especialidades, en función del servicio prestado y el lugar donde trabajamos, nos dedicamos a nosotras mismas, ningún hombre puede decidir nuestro futuro, al menos, las que tenemos la suerte de pertenecer al grupo selecto de las “famosae”.
Alguno de los poetas más famosos de Roma han escrito sobre nosotras, incluso han solicitado nuestros favores, y cuando se lo hemos negado, podéis imaginar los insultos que nos dedican en sus poemas, pero eso no nos importa, porque nosotras gobernamos nuestro futuro y yo, Cloe de Roma, juré no llorar nunca más, por nada ni por nadie.
… continuará



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