
Felipe Díaz Pardo
Cuando se despertó vio delante de él a unos individuos con bata blanca que le miraban fijamente, sorprendidos aún por lo sucedido.
—¿Dónde estoy y quiénes sois? —preguntó molesto ante tan intromisión en su intimidad sin ser previamente advertido.
Su enfado subió de tono al recibir las explicaciones oportunas.
—La próxima vez, —les soltó de nuevo— espero que hagan bien su trabajo.
No entendía que, un país como aquel, que presumía de su capacidad para matar legalmente por todo el mundo había sido tan inútil en esta ocasión.
—Espero contar en próxima ejecución —repitió, queriendo aclarar lo que estaba diciendo—, con todas las garantías que me ofrecen, ante todo, unas leyes defensoras de las libertades individuales y de una muerte digna.



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