
R. Kipling
Hoy es el último día del año, toca mirar atrás. Aquello que nos prometimos hace un año, hoy tan solo son sueños que se desvanecen sin retorno. No pasa nada, la vida sigue y mañana juraremos en arameo que este año sí lo conseguiremos, comenzaremos por fin a ir al gimnasio, ahorraremos para ese viaje tan deseado desde hace años, me cuidaré de una vez por todas porque yo lo valgo, un sinfín de ilusiones que probablemente acabarán en un día como el de hoy, dentro de 365 días en el desván de los deseos.
Pero la vida no sigue para todos, muchos se han quedado en el camino a lo largo de estos meses. Las cifras nos marean estos días, nos anuncian la subida del IPC anual, la regularización de las pensiones, los nuevos impuestos (que se añaden a los que ya se inventaron este año), etc. Sin embargo, hay cifras muy dolorosas, datos que duelen como una herida abierta que nunca se cierra y que, por desgracia, terminamos por normalizar.
46 son las mujeres fallecidas a manos de sus parejas este año (ojo que estoy escribiendo estas páginas por la mañana y todavía hay tiempo para que un bárbaro descerebrado haga subir la cifra) y, al oír tan macabra información, hacemos un gesto de indignación, movemos un poco la cabeza y seguimos con nuestras vidas, pensando que, al fin y al cabo, son tres menos que el año pasado. Son mujeres anónimas y solo conocemos su nombre el día en que sus parejas decidieron acabar con su vida, para pasar a engrosar la terrible cifra de más de mil trescientas mujeres asesinadas desde que se tienen registros. Cada una de esas mujeres asesinadas era un manojo de ilusiones rodeada de miedo, dolor, muerte anunciada y sin embargo, no supimos defenderlas. La muerte de cada una de estas mujeres es el mayor fracaso que hemos alcanzado como sociedad. ¿De verdad no sabemos hacerlo mejor? ¿Tienen que morir todos los años medio centenar de mujeres para decir que es una barbarie, mientras seguimos sin hacer nada que pueda evitarlo? Somos un fracaso social lo queramos o no reconocer.
38 es el número de huérfanos que dejan estas mujeres, algunos de ellos testigos directos del asesinato de sus madres. ¿Alguien puede hacerse idea de lo que van a sufrir estos niños a lo largo de sus maltrechas vidas? Cuando hablamos del asesinato de estas mujeres, olvidamos que ellas son las principales víctimas, pero hay muchas más: hijos que sufrirán trastornos emocionales graves a lo largo de toda su vida, hermanos que se sentirán culpables porque lo veían venir y nunca pensaron que llegaría a ocurrir, padres que mueren en vida porque la muerte de un hijo debe ser algo que te arranca el alma para siempre, seas o no creyente. Centenares de familiares, miles de amigos y conocidos, todos ellos marcados de por vida porque nunca entenderán la causa por la que perdieron a esa persona a la que querían.
Cuando era un crio, el maltrato a la mujer era algo habitual. Al menos eso pensaba yo al escucharlas sentadas bajo los árboles en la plaza de la Piña donde alguna mujer confesaba a las demás: «mi marido no me quiere porque ya no me pega». Aquel golpe de realidad que escuchaba un niño a finales de los sesenta encajaba cada vez menos en una sociedad que empezó a despegar con la llegada, años después, de la democracia a nuestro país. Eran tiempos donde el papel pasivo de la mujer dentro de la sociedad evolucionó hacia lo que era natural y necesario: una igualdad con sus coetáneos varones en todos los terrenos. Igualdad que a día de hoy aún no se ha conseguido, a pesar de que se han realizado cambios significativos. Pero todavía falta un gran trecho por conseguir. La lacra social de la violencia contra la mujer es algo que no hemos conseguido exterminar, y creo que las ideas puestas en marcha hasta ahora para eliminarla han sido de todo menos efectivas. Necesitamos poner en manos de personas muy valiosas, en todos los sentidos, la responsabilidad de acabar con esta situación, dejarnos de populismos, de campañas eternas que no hacen reducir ni un ápice el número de asesinadas cada año.
Para los amantes de las cifras (lo siento, soy de formación humanista pero un fan de las estadísticas), dentro de lo dolorosa que es la situación, encontramos índices como el correspondiente a Cantabria, Ceuta y Melilla, donde no ha habido un solo caso en los últimos cinco años. También, con prácticamente la misma población Andalucía y Comunidad de Madrid, con menos de un millón de habitantes de diferencia a favor de los sureños, el número de mujeres asesinadas es el doble en Andalucía, encabezando el doloroso ranking de autonomías con sesenta mujeres en este periodo de tiempo.
La pregunta obligatoria sería ¿qué pasará en el próximo año, y en el siguiente, y en los venideros?, ¿seremos capaces de eliminar este fracaso social que sacrifica a medio centenar de mujeres cada año como si de un rito ancestral se tratara? Nunca me he considerado una persona pesimista pero, en este caso concreto, creo que no vamos a hacer nada que suponga la eliminación de la violencia contra la mujer, ni tan siquiera conseguiremos una reducción importante en el número de mujeres asesinadas cada año. Este artículo podrá leerse por tanto, a finales del próximo año y las conclusiones seguirán siendo las mismas, y por desgracia, será totalmente válido.



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