
Si lo hubiera sabido…, Gustavo Gac-Artigas, Valparaíso ediciones, 2024.
Fernando Martín Pescador
El manto abriga. El manto cubre. El manto protege. El manto embellece. Por lo general, utilizamos la palabra manto rodeada de términos amables y en contextos positivos. Pero, es verdad, en español, la palabra no es ajena a connotaciones completamente opuestas. Un manto de niebla es el decorado perfecto para un nuevo asesinato de Jack el destripador. Un manto de mentiras puede encubrir al criminal en su escondrijo. Y, bien articulado, un manto puede ser hasta opresor. En Si lo hubiera sabido…, el magnífico poemario de Gustavo Gac-Artigas, los mantos son sinónimos de imperios. Imperios asesinos. Imperios encubridores. Imperios opresores.
El primer manto que aborda es el manto rojo. El del comunismo. Y no es casualidad. El poeta confiesa que llegó a creer en el comunismo; que él y sus amigos creyeron en ese manto rojo: «Un manto rojo (…) marchó contra la injusticia / bajó las grandes escalinatas / desmembró los palacios / repartió la riqueza / repartió la pobreza (…) creí / creímos / tenía que creer / teníamos que creer / no se podía vivir en la injusticia / era preferible vivir en la ceguera». Como el poeta, cientos de intelectuales, artistas, escritores defendieron el comunismo desde sus inicios. Sus principios prometían combatir la injusticia. Pero el manto rojo demostró ser similar al resto de los mantos. George Orwell se ocupó de explicárnoslo en 1984 y en Rebelión en la granja (tengo curiosidad por ver la nueva versión cinematográfica adaptada a nuestros tiempos que ha sido presentada en festivales durante 2025 para ser estrenada este año. Está dirigida por Andy Serkis y cuenta con las voces de Seth Rogen, Woody Harrelson, Steve Buscemi y Glenn Close, entre otros).
El manto rojo resultó ser tan aterrador como el manto pardo (el nazismo), como el manto rojo verde blanco y negro (el imperio Islámico), el manto de franjas y estrellas (el estadounidense), el manto rojo con destellos dorados (China), el manto de las dictaduras que cubrió el continente del poeta (se refiere a la colonización de Latino América, primero, y a las dictaduras que se impusieron en el siglo XX, después) y, finalmente, el manto blanco y azul, que se viste de rojo (el supuesto ojo por ojo que Israel ejecuta en Oriente Medio). A cada uno de esos mantos dedica el autor un poema lleno de dolor y de denuncia.
El libro sería desolador si Gustavo Gac-Artigas no acudiera a cierto atisbo de esperanza. En el último poema del libro, El ruego del poeta, se dirige al lector y le urge a escribir su propio verso: «desde mi dolor / a ti lector te imploro / escribe tu verso / haz que tu alma cante / pinta tu mundo / rechaza los colores dominantes / crea tu propia paleta».
El poeta (y el editor) no se conforma con implorar al lector para que escriba su verso. En la parte superior de la página 87 dice así: «Tu página, lector. Escribe tu primer verso, o el último». El resto de la página está en blanco. En La torre del ojo, invitamos a todos esos lectores de Si lo hubiera sabido… que han escrito su primer verso, que han pintado su mundo, que han creado su propia paleta, a compartirlos con todos los lectores de nuestra publicación. Es hora de liberarnos de todo manto. Es hora de liarse la manta a la cabeza (expresión española que significa «tomar una decisión audaz sin pensarlo demasiado»), de librarnos del manto imperante. Es hora de descubrirse, de destaparse y de compartir nuestra pluralidad. Como decía el gran Eduardo Galeano: «Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme» (del poema “La noche” en El libro de los abrazos, 1989).




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