
Óscar Bastante
—… y así es como termina.
El grupo de unas cincuenta personas congregado alrededor del Cuentacuentos comenzó a aplaudir. Algunos se levantaron, otros hicieron reverencias, y sonaron silbidos de aprobación, “bravos” y hurras”. La plaza de piedra se hizo eco de las reverberaciones, las risas y las conversaciones.
El Cuentacuentos estaba muy satisfecho. Aunque no sorprendido. Sabía que ese relato siempre funcionaba. Al fin y al cabo, ¿quién podía resistirse a una narración trufada de notorios peligros, oscuros amoríos y promesas de tesoros futuros? Nadie, como lo atestiguaban los rostros embelesados y sonrientes del gentío, que generosamente se estaban desprendiendo de unas cuantas monedas que depositaban en el interior de un ajado sombrero de fieltro que el Cuentacuentos había colocado cerca de sus pies.
Barrió la plaza con su mirada, mientras todavía perduraban los aplausos y las muestras de apoyo. Algunos espectadores permanecían sentados en la balaustrada que recorría dos de los edificios que se asomaban al zócalo, intercambiando impresiones y cuchicheando entre sí. En algunas de las ventanas del edificio de la antigua mancomunidad podía ver siluetas recortadas sobre el fondo de la luz de las lámparas de aceite. Un rocío compuesto por pequeñas monedas de cobre atravesaba el aire, cayendo en el suelo o en el interior de la fuente que tenía a su espalda.
El Cuentacuentos las recogió todas, una por una, calculando que en total habría recaudado unos cinco reales. No estaba nada mal. Guardó las monedas en un saquito de terciopelo azul y se dirigió a la escalinata que daba acceso al palacete que constituía la vivienda del corregidor Monsálvez, que como cada año le había invitado a referir sus fábulas durante las Fiestas de Primavera de la localidad.
Monsálvez y su esposa Hermelinda le esperaban en la antesala del despacho del primero, vestido él con un jubón negro de corte estrecho, y ella con una túnica y una mantilla.
—Maese Tendillo —dijo el corregidor, inclinando levemente la cabeza —, como siempre ha estado usted fantástico. Es un verdadero placer escuchar sus relatos.
—Es muy cierto —comentó Hermelinda con una fastuosa sonrisa prendada en sus labios—, escucharos es como acudir a un balneario, un auténtico remanso de paz en el trasiego cotidiano de nuestros días.
El Cuentacuentos inclinó a su vez la cabeza ante Monsálvez y besó la mano de su esposa.
—Me honran con sus alabanzas —dijo—. Solo espero haberles hecho olvidar sus grandes preocupaciones durante unos minutos.
—Oh, y lo ha conseguido —aseguró el corregidor—. En concreto, esta fábula acerca de la luz del amor y la oscuridad del mundo material, además de bellísima, es muy instructiva. Estoy convencido de que los ciudadanos que han asistido a su representación así lo han considerado.
—Gracias, vuestra señoría. Sois muy amable con un simple narrador de cuentos como yo.
Hermelinda se había separado de los dos hombres mientras hablaban, y ahora se acercó de nuevo con un saquito de seda negra en cuyo interior tintineaban más monedas. Tendió el saquito al Cuentacuentos, que lo recibió con una nueva reverencia. Tras departir durante unos instantes con el corregidor y su consorte, decidió retirarse a descansar.
Monsálvez cruzó las manos tras la espalda y miró a Hermelinda, que tenía la vista posada sobre las baldosas de mármol verdoso del vestíbulo.
—Bueno, otro año más —dijo él—. Anda, vamos a cenar, que ya va siendo hora.
—¿Y el dinero, qué? —inquirió ella—. ¿Cuánto nos hemos gastado este año con Tendillo? ¿Diez reales?
—Más o menos. Pero ya sabes que a mí no me importa.
—Lo sé, Ambrosio. Y lo entiendo. Pero algún día tendremos que acabar con este despropósito, ¿no te parece?
Monsálvez miró a su mujer con frialdad. Hermelinda suspiró y bajó la cabeza.
—Esto durará mientras Tendillo se pueda sostener de pie. Ya lo sabes.
Ella asintió en silencio mientras ambos se encaminaban hacia el comedor. Luego tomaron asiento en la gran mesa de roble, y Hermelinda volvió a hablar para apaciguar a su marido:
—No te molestes, esposo; ya sé que tienes en mucho aprecio a Tendillo.
—Así es —repuso él—; lo conozco desde hace cuarenta años. Fue mi tutor y mi principal maestro durante toda mi infancia y mi juventud.
—Lo sé. Me has contado muchas veces cómo tu padre lo captó después de verlo en multitud de ferias y fiestas locales para ser tu maestro.
—Nadie contaba anécdotas y aventuras como él. A nadie en toda mi vida vi emocionar de esa manera al gentío solo hablando y narrando fábulas. Conocía mil historias y me las recitó todas. Él me enseñó a hablar en público, a escribir, a declamar, a hacer discursos… Tengo una deuda con él, y a fe mía que la saldaré mientras él viva.
Hermelinda removió la sopa de col con la cuchara de plata que sujetaba entre sus dedos, observando el plato humeante.
—Qué lástima que haya perdido la cabeza —dijo compungida—. Ojalá lo hubiera visto en aquellos días, y no ahora, que solo repite sin parar el mismo cuento y cree que todavía tiene treinta años.
—Sí, ojalá.



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