
Fernando Martín Pescador
El desierto es el único lugar en el que rara vez llueve sobre mojado. Cada gota de agua, que equivale a vida, se recoge y se aprovecha como si fuera una semilla. En el desierto, cada jardín es un arduo ejercicio de xeropaisajismo. La torre del ojo trabaja en uno de esos jardines. Se afana en convertirse en oasis. Sin carteles publicitarios detrás de los cuales pueda esconderse un coche patrulla. En estos seis primeros números de nuestra publicación, nos hemos apoyado en tres árboles fuertes (no sé si son palmeras, robles o sabrosos frutales): Carmelo Rebullida, Francis Paramio y Julián Villar; en el número de diciembre, Almudena compartió con nosotros muchas de las plantas de su jardín: Hugo, Álvaro, Nayara, Daniela, Carmen, Ángela B., Natalia, Xuanyi, Nuria, Sofía V., Eva, Sofía M., Soria, Jimena y Sira. Almudena lleva once años cultivando ese huerto que ella misma bautizó como Artecromática. Y era inevitable. Sabíamos que, si seguíamos mimando estos metros cuadrados de desierto, tarde o temprano, saldrían flores. En noviembre disfrutamos de las ilustraciones de Candela Ruiz Cortés y, en febrero, tenemos la suerte de poder gozar el arte de Aitana Vega Lozano.
Somos conscientes de que no podemos descuidarnos. La torre del Ojo de mi infancia era un vergel de árboles frutales y de frondosas zarzas llenas de moras. Ahora es un desierto, donde nunca llueve, a ambos lados de una carretera de circunvalación.



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