
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
Me he levantado hoy como cualquier otro día, lo cual ya es, de por sí, sospechoso. Uno nunca debería confiar demasiado en los días que se presentan como “normales”. Esos son los que suelen terminar con una notificación electrónica que le felicita a uno por algo que claramente no ha hecho.
Además, estoy constipado, o tengo gripe, o un virus de esos que ahora flotan por la atmósfera como aquellos que pululan por el gimnasio sin saber qué hacer: invisibles, persistentes y con una inquietante vocación de permanencia. No sabría decir cuál es exactamente, pero tengo esa sensación viscosa en la cabeza, como si alguien hubiera rellenado mis pensamientos con algodón mojado.
Cuando estoy enfermo me da por pensar. Es un defecto terrible. La gente sana suele dedicarse a trabajar, pagar facturas o mirar el móvil con una expresión de resignación tecnológica. Pero cuando uno tiene fiebre ligera, de esa que no justifica una baja laboral pero sí una tragedia personal, el cerebro se vuelve un filósofo de barrio, y de los malos. He salido de casa igualmente. El mundo no se detiene porque uno tenga mocos; si lo hiciera, este planeta sería un monumento al pañuelo de papel.
He decidido ir al cine, me lo regalo para romper la semana, pero he tenido que echar gasolina al Smart Brabus que me compré hace poco por capricho. Un coche pequeño, compacto, casi tímido, como si hubiera sido diseñado por un ingeniero con complejo de ratón. Pero tiene su carácter. Cuando lo arranco suena como si estuviera enfadado conmigo por haberlo despertado, parece que siempre está a cara de perro, y eso me gusta: un poco de carácter.
La gasolinera estaba silenciosa, demasiado silenciosa. No había nadie. Bueno, sí había alguien: una máquina.
Antiguamente —y esto lo digo con el mismo tono con el que mi abuelo me contaba historias de la guerra— había una persona que te servía la gasolina. Un ser humano. Un espécimen de esa especie antigua que respondía al nombre de “empleado”.
Le dabas los buenos días.
Él te preguntaba cuánto querías.
Metía la manguera en el depósito con una precisión brutal.
Pagabas. Luego, de una riñonera de cuero cochambrosa, te daba las vueltas.
A veces incluso hablabas de cosas profundas. El tiempo. El precio del gasóleo. La misteriosa decadencia de la civilización. Fútbol (para el que le guste).
Hoy no. Hoy hay una máquina que te pide el número PIN.
Y lo curioso es que no tengo ningún problema en servirme yo la gasolina. No me molesta el esfuerzo físico de levantar la manguera. Lo que me inquieta es esa ausencia de humanidad, ese silencio del mundo moderno, como si la realidad hubiera decidido externalizar las conversaciones.
He metido la tarjeta.
He puesto el PIN.
He rellenado el depósito.
Durante todo el proceso, la máquina no me miró a los ojos ni una sola vez. Me pareció una falta de educación.
Después, antes de ir al cine, entré en una cafetería.
Tenía frío, ese frío interior que aparece cuando el cuerpo sospecha que algo microscópico está conspirando en tu sistema inmunológico.
Me senté en una mesa.
Esperé al camarero.
No vino.
En su lugar apareció un robot. Un robot pequeño, con ruedas, una pantalla luminosa y la expresión emocional de una tostadora reflexiva.
Se detuvo frente a mí con un pitido educado.
Encima de la mesa había una pegatina.
“Escanee el código QR para ver la carta”.
Lo hice.
En la pantalla de mi móvil apareció una lista de tapas, bebidas y cosas que probablemente habían sido diseñadas por un algoritmo que entiende la gastronomía como un problema logístico.
Mientras elegía mi café recordé a aquel camarero de siempre. El gracioso. El que tenía más confianza de la necesaria y un sentido del humor ligeramente peligroso.
—¿Qué quieres, rey?
—Un cortado.
—Hoy vienes con cara de lunes —decía.
—Es jueves.
—Pues peor.
Ese tipo de conversaciones no existen en el mundo del QR. El QR no juzga tu cara ni te pregunta si has dormido mal. El QR es una entidad neutral, burocrática, casi metafísica.
Pedí un café.
El robot volvió cinco minutos después con una bandeja. Depositó la taza frente a mí con la delicadeza de una enfermera cuando te pone una vía.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Nos miramos durante un segundo largo, incómodo.
Creo que ninguno de los dos sabía cómo continuar la conversación.
Después fui al cine.
La taquilla estaba allí, pero también estaba vacía, como una cabina telefónica abandonada en un planeta sin cobertura emocional.
En su lugar había otra máquina.
Compré la entrada.
La máquina escupió un papel con un código QR que más tarde tendría que escanear en otra máquina para que otra máquina me permitiera entrar a ver una película sobre un monstruo creado por un científico.
La película era La novia de Frankenstein.
Lo cual me pareció profundamente apropiado.
Porque mientras caminaba hacia la sala pensé en algo curioso: el monstruo de Frankenstein fue construido con partes de distintos cadáveres. Un brazo de aquí, una pierna de allá, un poco de electricidad y, con suerte, una vaga intención filosófica.
A veces sospecho que nuestra sociedad funciona exactamente igual.
Un poco de tecnología.
Un poco de nostalgia. Un poco de eficiencia.
Un poco de soledad.
Y lo ensamblamos todo con cables esperando que funcione.
La sala estaba medio vacía.
Me senté en mi butaca con palomitas que había comprado en otra máquina, por supuesto.
Mientras empezaba la película recordé una frase que leí hace tiempo. Un amigo escritor, pero de los buenos, empezó una publicación suya con algo así como: “En 1816, Mary Shelley y su marido Percy Bysshe Shelley pasaron el verano en una mansión de Ginebra.”
Allí nació Frankenstein.
Una tormenta, unos escritores aburridos y una apuesta literaria.
Pensé que quizá nosotros también estamos dentro de una historia parecida. Solo que, en lugar de tormentas, tenemos wifi, y en lugar de escritores tenemos máquinas que nos sirven café.
La película avanzaba.
El monstruo buscaba compañía.
Yo también, supongo.
Pero no era una sensación triste exactamente. Más bien era esa clase de nostalgia tranquila que aparece cuando uno se da cuenta de que el mundo sigue adelante aunque nadie recuerde muy bien hacia dónde.
Al salir del cine escaneé otro código.
Una puerta automática se abrió con un suspiro mecánico.
Caminé hacia el coche.
El aire de la noche estaba frío y silencioso, como si alguien hubiera bajado el volumen del universo.
Arranqué el Smart.
El motor gruñó.
Y durante un momento pensé que, al menos, todavía quedaban cosas en este mundo que respondían cuando uno las despertaba, aunque fuera «a cara de perro».


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