
Elena Belmonte
Aquí la gente no para de parlotear. Parlotean debajo de los cipreses y sentados en el filo de las lápidas. Y por la noche con esas fiestas que hacen que, cada dos por tres están haciendo fiestas.
Vienen a mi mausoleo y llaman a la puerta y me preguntan por qué no voy con ellos. Porque me encuentro cansado, les digo, y todo porque soy educado y no me parece correcto escupirles que me dejen en paz de una maldita vez.
Si alguien pensó que esto de estar muerto equivalía a la paz eterna, ya les digo yo que no, que es una mentira podrida y que el más allá es un incesante ir y venir. Ya quisieran los vivos tener tanta marcha como los muertos, que parecen jubilados apuntándose a excursiones a Benidorm.
A mí esta gente no me cae bien. No me gusta la gente que parlotea tanto. La gente tan frívola. La muerte, al menos, debería servirnos para profundizar un poco.
La condesa que está enterrada ahí enfrente sé que habla pestes de mí. Dice que soy un estirado de mierda. Que me gustaría ser lord Byron y tomar el té a las cinco de la tarde. Pues sí, me gustaría ser lord Byron, ¿por qué no? Lo peor es que solo puedo hablar de libros con la condesa; es la única que ha leído algo en este maldito lugar. Así que no tengo más remedio que perdonar sus estupideces y sus malicias.
Hay tanto parloteo que hasta los gusanos lo hacen. No callan en todo el día. La otra tarde escuché a uno de ellos decir es un coñazo el tío ese. Sé que se referían a mí. Es fácil hablar mal de una persona después de habérselo comido entero. Están gordos gracias a mí porque yo de vivo pesaba mis buenos kilos. Me encantaban los chuletones de ternera y los postres muy azucarados. Qué fácil ahora que los gusanos me difamen y todo porque me muestro diferente y no quiero ir a las fiestas que se organizan. Y todo porque me han oído llorar.
Sí, lloro bastante. Soy un muerto llorón. Lloro porque me siento inadaptado y solo. Lloro porque pensé que una vez muerto, todo eso cambiaría. Lloro porque todo me va mal y ahora sí que no hay escapatoria.
Hace tres semanas fui a una de esas fiestas. Y me dio esa timidez que me da cuando estoy con mucha gente. Por integrarme un poco me puse a hablar de la obra de Kafka y de la miseria humana. No es de buen gusto, me dijo por lo bajo la condesa que estaba a mi lado. Menudo aguafiestas, dijo la maestra a la que su marido le hizo grabar un epitafio precioso. No le escuchéis, dijo la chica que se murió de leucemia y a la que cada viernes un hombre le trae flores.
Sentí que me hervía la sangre y les grité ¡Sois un atajo de incultos¡, pero si algo ha hecho la muerte con ellos ha sido dejarles sin un ápice de disimulo, ni compasión. Y lo único que recibí como respuesta fueron carcajadas de burla.Así que decidí volver a mi tumba y no abandonarla jamás.
Pero aquí es imposible aislarse por mucho que uno quiera. Dos minutos después escuché los pasos de Amanda cerca del mármol de mi sepultura. Amanda, la que me contó una noche cómo en vida servía bollitos recién horneados para su familia. La que me habló de su nostalgia sobre aquella melena rubia que ella tenía. ¿No ibas a detenerte ni para charlar un rato?, le pregunté, y me dijo que no le había hecho ni caso en la fiesta con tanto hablar de Kafka. Intenté explicarme, pero ella me soltó que había conocido a un tal Mauricio y que se habían citado junto al ciprés de la entrada. Ahora sí que me quedo solo, le dije.Ella respondió que si estaba solo era porque no había Dios que me entendiera. No hables de Dios, le dije, y ahora vete de mi tumba, y ella me prometió que esta vez sería para siempre.
Salí corriendo detrás y le grité: ¡Habéis hecho de la muerte un baile de máscaras, estáis tan aburridos que dais pena!¡Anda, tómate la medicación!, me pareció que susurraba, pero se me confundió con el ruido del viento entre los árboles.
Fue entonces cuando me sentí enloquecer. Si Amanda me abandonaba, no me quedaba nada. Yo era un lord Byron sin té, sin libros, sin nada. De modo que levanté mis ojos al cielo e imploré a los dioses que me llevaran. ¿Pero a dónde iban a llevarme si ya estaba muerto? Por un instante concebí la esperanza de que después de la muerte hubiera otra más lejana donde las cosas pudieran enderezarse. Tuve la impresión de que caía por un vacío infinito y que al final, más allá del más allá del más allá, estaba la voz de mi madre… ¿Mamá?… ¿eres tú, mamá?… Sí, era ella. Ella estaba allí, delante de mí, con ese lunar que tenía encima de la boca. ¿Qué haces aquí?, le pregunté, ¿te has muerto tú también?
Pero ella me dijo que yo no estaba muerto, que yo estaba en el salón de nuestra casa y que si me había tomado las pastillas… ¿Qué pastillas?
Luego los gusanos empezaron a parlotear de nuevo y parloteó la condesa y parloteó Amanda y parloteó un grupo de borrachos en el camino central y el parloteo de todos se mezcló con el ruido del viento entre los árboles y con la voz de mi madre… a la que no logro entender…



Deja un comentario