
Gabriel Martín
Usé la llave para entrar a casa de mis padres. Mi madre había insistido en que fuera y en que debía estar allí antes de las ocho y media. La encontré sentada en el sofá, clasificando papeles y viejas fotos sobre la mesita auxiliar. Me acerqué silencioso por detrás y le di un beso en la cabeza, como hacía siempre. No la había visto desde hacía una semana, desde que la acompañé a la notaría.
—¡Ay, hijo! ¡Qué susto! ¡Me vas a matar!
—Hace falta mucho más que esto para acabar contigo, mamá. —Fui a tomar asiento en el viejo sillón orejero de mi padre.
—No, hijo, no. Ahí mejor no. Ya sabes cómo se pone tu padre.
—Mamá… Papá no tiene…
—Sí, hijo, sí, lo que tú quieras… pero si no te importa, siéntate aquí a mi lado —me indicó, dando insistentes palmaditas en el sofá.
Lo hice. Nunca he sabido negarle nada a mi madre. Desde la cocina me llegó un olor inconfundible y familiar.
—Humm… ¡has estado haciendo tu superbizcocho!
—Claro. Te lo puedes llevar entero, para ti, María y los niños. Con que nos dejes un poco vale.
Me removí en mi sitio, incómodo, pero decidí ignorar el comentario.
—¿No tienes frío? ¿Por qué no pones la calefacción?
—Está puesta. Pero no funciona al mismo tiempo que el agua caliente, y tu padre lleva media hora en el baño. Ya sabes que siempre se ducha a la misma hora, según llega del trabajo. Y que se puede pasar la vida debajo del agua. No tardará, de todas formas.
Entendí qué era el ruido de fondo que me había extrañado desde mi llegada: la caldera quemando gas.
—Mamá… ¿qué estás…?
—Ya ha acabado —me interrumpió—. Ahora bajará. Toca lectura. Ya sabes cómo es de estricto con sus horarios y sus hábitos.
La lámpara de pie colocada junto al sillón de leer de mi padre se iluminó. Sentí como si el corazón se me hubiera reducido de repente y fuese incapaz de bombear sangre al resto de mi cuerpo.
—Ya está ahí. Saluda a tu padre.
Me levanté para revisar la luz; asomé la cabeza por encima de la tulipa para descubrir asombrado que no había bombilla puesta. Empecé a sudar, pero era como si exudara hielo, igual que quince días atrás.
—La quité hace unos días, hijo, a ver si dejaba de hacer tonterías; pero se ve que le da igual. Ya sabes cómo es de cabezota.
Investigaba todavía la extraña luz cuando, a mi espalda, se encendió la televisión. Me giré: el mando a distancia descansaba junto al aparato, a metros de mi madre.
—¡Ah! ¡Vaya! Se ve que hoy juega el Madrid. Será Champions, porque es miércoles. Poco ha leído, entonces.
—Mamá, ¿qué está pasando? ¿Desde cuándo…?
—¡Uys! Desde el día siguiente casi. Pero no te preocupes, que yo estoy bien. Era peor antes, ya lo sabes tú de sobra. Muchísimo peor. —Una sombra plúmbea le oscureció el rostro, como tantas veces había visto a lo largo de mi vida—. Al fin y al cabo, ahora no puede hacer más que estas tonterías —dijo, sacudiendo la cabeza y alzando la voz por encima del sonido del televisor
—Pero…
—Pero nada, Manuel. Solo te he llamado para que comuniques a la inmobiliaria que las visitas solo podrán ser entre semana, en horario de trabajo, cuando él no esté. También para decirte que en cuanto vendamos me mudo a Benidorm. Ya sabes cómo odia él la playa.
Trastabillé de nuevo hasta el sofá y me dejé caer en él.
—No te sientes, no, so vago. Necesito que me ayudes; ayer vi que queda un poco de sangre debajo de nuestra cama y yo sola no puedo moverla para limpiar a fondo. Siempre has sido un descuidado. —Me revolvió el pelo, como siempre que me regañaba.
—Claro, mamá. —Nunca he sabido negarle nada a mi madre.
Comenzó a vibrar el sillón. Empezó con un ligero temblor, pero acabó elevándose y cayendo contra el suelo, con un estruendo desmedido y brutal que me congeló la sangre. Como cada vez que él se enfadaba. El viejo mueble se alzaba y volvía a caer sin descanso; la luz de la inexistente bombilla se encendía y se apagaba al ritmo de los golpes; los papeles y las fotografías que intentaba ordenar mi madre volaron desde la mesita por todo el salón, como una desbandada de palomas asustadas.
—Mira —dijo ella—, ya le han metido un gol al Madrid.


Deja un comentario