
Bárbara Mena Da Costa
Dicen en San Roque del Río que cuando el cielo truena antes del primer tamborazo del Carnaval del Silencio, los muertos piden permiso para bailar. Nadie sabe si es bendición o condena, pero cada año, cuando las nubes se juntan como animales dormidos, el pueblo tiembla entre el miedo y la esperanza.
Yo toco el clarinete en la banda “Los Alacranes de Fuego”. Empezamos siempre en la plaza, frente a la iglesia vieja, donde los niños corren con máscaras de barro y los mayores beben mezcal para que no les duela tanto la memoria. O les duela de otra manera.
Hace tres años que mi hermana Rosa se fue rumbo al norte. Dijo que iba a mandar dinero, que allá una podía trabajar limpiando casas, que volvería para el siguiente carnaval. Desde entonces, ni carta, ni llamada, ni sombra.
Esa tarde, el aire olía a tierra mojada antes de que cayera la primera gota. —Va a abrirse el cielo —dijo el cura, mirando el cerro—. Y cuando caiga el agua, no todos los que bailen estarán vivos.
La lluvia cayó como si alguien la hubiera ordeñado del cielo. Las máscaras empezaron a ablandarse, la pintura a correrse por las mejillas, y los tambores sonaron más hondos, como si vinieran de debajo de la tierra. Yo soplé el clarinete y el sonido me salió distinto, quebrado, como si otra boca soplara junto a la mía.
Entre la multitud, vi una figura con una máscara de mariposa. Bailaba sin tocar el suelo. Su falda giraba como humo, y cada vez que un rayo de luz la rozaba, podía ver su rostro debajo del barro: era Rosa.
La llamé, pero mi voz se me quedó pegada en la garganta. Ella sonrió, y su sonrisa era la misma de cuando hacíamos muñecas de maíz y las lanzábamos al río para ver cuál flotaba más lejos.
—Te dije que volvería para el carnaval —me dijo sin hablar, solo con los labios.
—¿Dónde has estado?
—Donde la memoria se evapora y los cuerpos se disuelven en silencio.
Quise abrazarla, pero al tocarla sentí frío, un frío que dolía, como si me metiera dentro de una tumba abierta. Ella me apartó con dulzura.
Con esa dulzura tan suya.
—No me llores, hermano. Aquí nadie muere del todo.
El pueblo seguía bailando. Algunos, como yo, empezaron a reconocer entre los danzantes a sus desaparecidos: madres, hermanos, amantes, hijos. La gente lloraba y reía al mismo tiempo. Los muertos se confundían con los vivos, y el carnaval se volvió un solo corazón latiendo bajo la lluvia.
De pronto, los tambores cambiaron el ritmo. Era la señal del amanecer. Los cuerpos comenzaron a deshacerse, a volverse vapor, barro, agua. Rosa me miró por última vez.
—Cuando dejes de tocar, olvídame. Solo así me vas a dejar descansar.
Intenté seguir tocando, pero el clarinete se me llenó de lágrimas. O de lluvia. Cuando el sol salió, el barro seco cubría toda la plaza. No quedaba nadie más que los músicos y las huellas de pies que no podían ser de este mundo.
Desde entonces, cada año, cuando empieza el Carnaval del Silencio, soplo el primer aire en mi clarinete y rezo para que no se abra el cielo. Pero siempre cae el agua. Y entre las sombras que bailan, vuelve a aparecer Rosa, con su máscara de mariposa, girando como un viento que no termina de irse.
Dicen que las mujeres que desaparecen en el norte no mueren, que se convierten en nubes cansadas que regresan a buscar su nombre. Y que cuando el agua cae sobre Oaxaca en carnaval, es porque ellas vuelven, solo un momento, a bailar con sus hermanos.



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