
Bárbara Muñumer
Mi padre y yo cenábamos juntos alrededor de una mesa donde había una silla vacía. Era Navidad. Escruté su rostro. Tenía la mirada perdida. Saboreé la sopa de ajo y la escupí: aguada y fría. Jamás cocinó muy bien y el cochinillo que había traído de Segovia se le había quemado. Supongo que mi madre sí preparaba buenas comidas, aunque nunca la conocí.
La cocina era muy grande. En el centro había un hogar. Vivíamos en un pueblo al sur de Valladolid, en una casa en la que nunca daba el sol.
—¿Te preparo una tortilla?
—Da igual. —Y cogí un mantecado de Portillo.
—¿No quieres algo más? ¿Unas rodajas de chorizo con pan? He traído del que te gusta.
—Déjame.
Salí de la cocina y me tropecé en el pasillo con una mano de metal tirada por el suelo: mi padre se pasaba todo el tiempo haciendo máquinas y androides a los que dotaba de vida, mejor dicho, de una ilusión demasiado persistente. Después, PIGMALIÓN S. A., su empresa, los vendía a las grandes corporaciones de inteligencia artificial no solo de España, sino de China o Estados Unidos. Ensamblaba el esqueleto de hierro que les daba forma, los cubría de plástico semejante a carne y músculo y todo ello iba conectado por cables donde la sangre era sustituida por electricidad. Algunos de ellos eran prodigios tan parecidos a los humanos que me daban miedo: había reproducido de manera tan fiel sus facciones que no se sabía si eran máquinas o no, e incluso, les había inyectado líquido rojo que semejaba sangre si se caían o hacían daño. También podían comer alimentos naturales. Los ojos, los ojos era lo que más miedo me daba.
Crucé el salón. Allí estaba el árbol de Navidad, creado por cables luminosos. Lo tiré de una patada y di un portazo cuando entré en mi habitación. Sobre la cama estaba el gato de mi padre. Salió bufando hacia la ventana, pero yo fui más rápida. Lo agarré del rabo y él me arañó en el brazo izquierdo. Una nube gris que se retorcía. Enseguida comencé a sangrar, pero no lo solté. Lo agarré fuerte a pesar de sus arañazos, que, en cierto modo me tranquilizaban y agarré las tijeras. Al sentir el paroxismo de su dolor, me convulsioné con carcajadas como cristales rotos.
Cuando terminé, tiré el rabo a la papelera y dejé que la cosa huyera por los barrotes de la ventana. Cojeaba. Me limpié la sangre en el pantalón. Lo último que vi al acostarme fue la sombra de mi padre tras el quicio de la puerta.
Al día siguiente, el árbol de Navidad estaba en su sitio. Había un regalo enorme. Una caja tan grande como yo. Mi padre no estaba en su taller como era costumbre, sino que me esperaba sentado en su sillón verde de orejas.
—Espero que te guste. No quiero que pases tanto tiempo sola.
—Será otro de tus inventos. —Bostecé.
—Tú ábrelo.
Rasgué la caja de cartón. Cuando vi lo que había dentro, me quedé sin habla. Era yo. Exactamente igual que yo: la cara redonda casi perfecta y el pelo castaño que me caía por la espalda en una trenza. Incluso llevaba mi ropa: mi jersey verde y mis vaqueros. Mi padre se acercó y le insertó una aguja en la sien izquierda. Aquella cosa abrió los ojos: verdes claros, igual que los míos. Después, exhaló un vapor leve por la boca. Olía a metal, como la sangre.
Al salir de la caja, la cosa me abrazó.
—Siempre quise tener una hermana —dijo con mi voz. Yo me aparté.
—También se llama Olympia, como tú. Ahora tengo dos hijas gemelas. No quiero que estéis solas, sino que lo hagáis todo juntas. ¿Vale? Esta noche instalaré la cama nido y compartiréis el cuarto.
Yo me quedé mirando a mi padre. No respondí. Él se marchó a trabajar a su taller. Miré a mi clon a los ojos, horroroso reflejo de los míos. Ella me sonrió, pero yo me encerré en mi habitación. Al cabo de unos minutos sentí cómo giraba el picaporte.
—Déjame en paz.
—¿Por qué? —insistió ella.
Yo salí hacia el campo a la carrera. Corrí durante varios minutos, no sé cuántos. Al final, me senté cerca de un majuelo. Echaba el corazón por la boca. La niebla me rodeaba y las parras afiladas apenas se veían. Grité al sentir una mano sobre mi hombro. Me di la vuelta y me quedé tirada en el suelo. Las piedras se me clavaban en la espalda. Era ella. Me había seguido.
—¿Qué te pasa? —preguntó. Su frente estaba perlada de sudor. Igual que la mía.
Me levanté con los ojos llenos de lágrimas. Desgarré una rama de la parra y comencé a golpearla hasta que se le saltaron los ojos. La tiré al suelo y le destrocé el rostro. Ese rostro que era solo mío. Tanto llegué a varearla que me hice daño en la muñeca derecha con una rama tan puntiaguda como una navaja. Se me rasgó la piel y comencé a sangrar de manera profusa. Por culpa de esa estúpida ahora yo estaba herida. Le di una patada a su cabeza destrozada y me apreté con fuerza el corte, pero noté cómo se me movían las venas. Miré si la herida era mayor de lo que pensaba y observé, tras los jirones de sangre y carne que mis venas eran cables. Eran cables. Cables de cobre. Cobre. Cobre y electricidad.
Sentí náuseas. Lo siguiente que recuerdo es que mi padre estaba en el taller con otra de sus prodigiosas creaciones. Yo levanté la mano derecha y le mostré los cables sueltos. Reí. Reí con aullidos. A mi padre se le cayó el destornillador al suelo. Lo recogí y se lo clavé: se lo clavé en los ojos, se lo clavé en la boca, en la lengua, y mil veces más en su corazón.
Sí, su sangre era de verdad.



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