
Adriana Araujo Torres
Angelina limpia con vistas al Duque Plaza y a La Fortaleza. Hace poco tiempo que llegó a la ciudad y echa de menos su selva, pero cada vez que abre las cortinas eléctricas del ventanal desde el que se ve el mar, casi se le llega a olvidar que de verdad se fue de su casa, que ahora está sola, en este apartamento en la planta número dieciséis desde el que, no importa donde se pare, se siente en el aire, flotando, y también mucho más lejos de su familia que cuando está a ras de tierra.
Cuando se acerca al ventanal siempre saluda a la bandera de la punta de La Fortaleza, por si acaso el Gobernador estuviera mirando en esa dirección. No es ilusa, ella sabe que, en tal caso, el que está mirando es el guachimán con unos binóculos y que sería mucha casualidad que justo mirara a esta ventana en este preciso momento, pero que no sea por no intentarlo.
Ya cerquita del vidrio, tan cerca como para sentir el calor de fuera, Angelina hace pinza con los dedos para ver si pudiera agrandar el edificio del Plaza y así poder leer las letras que en vertical forman la palabra Duque, sin embargo, ahí mismo se da cuenta que esto no es una pantalla. El hotel parece mucho más cerca de lo que en verdad está. De hecho, le han dicho que para ir hasta allá hay que tomar dos autobuses porque ni siquiera es la misma isla. Está en dirección Cangrejo Arriba, pasando por el aeropuerto. Eso se lo dijo Andreita que tiene la suerte de librar una vez cada dos semanas. Así que algún domingo ya ha ido a la playita del Puerto ¡y hasta a Guachico! Qué diabla esa nena.
Estas ventanas son bien difíciles de mantener limpias, tal y como se lo ha pedido la señora, pero se alegra al menos de no tener que colgarse del techo como los muchachos a los que les toca limpiarlas desde fuera. Aun así, no les tiene ninguna lástima porque cada vez que vienen no se cansan de hacerle señas para que cuando los voltee a ver, bum, los vea lamiéndose entre los dedos como haciendo entender que le quieren comer la chocha.
Un día como hoy, cuando no están ni la señora ni los muchachos esos, Angelina puede practicar a darse una buena grajea justo antes de ponerse a limpiar el cristal a fondo. Piensa en si el guachimán la estará viendo, entonces, le pone más empeño a la lengua y aprieta más la nariz y los pechos contra el vidrio. Como gesto culminante de pasión, al lado del estropicio, empaña el vidrio con su aliento y pinta el típico corazón que se ve en las propagandas y que dura un segundito, pero bah, que no sea por no intentarlo.
Andreita también le dijo que para quedarse a dormir una noche en el Plaza hay que soltar ¡250 chavos!, qué casualidad, lo mismo que le pagan por estar de interna todos los días del mes. A ella le da miedo preguntarle a la señora cuándo le toca día libre porque se ve que aquel día cuando le pidió recomendación a su tía Carmina y si por casualidad sabía de una muchacha que fuera de confianza y le supiera limpiar la casa, la Carmina le advirtió que ella mucha experiencia no tenía, pero de todas formas la señora aceptó nada más al conocer su nombre por aquello de que Angelina fuera, pues eso, un ángel pequeño.
¡Diache! a la señora le daría un patatú si supiera las ganas que tiene de que el Gobernador le coma la chocha en La Fortaleza, o el guachimán con los binóculos colgando del cuello, o el mismo limpiacristales, si la apuras mucho.
Ya en su pieza, con el resto de los cuartos relucientes, antes de quedarse dormida y chupando wifi quién sabe de dónde, se pone a revisar su teléfono por si acaso en el Duque Plaza estuvieran buscando muchacha. Aprovecha de hacer zoom lo máximo posible en las fotos que hay del hotel en internet porque ¿quién quita?, a lo mejor si cobran tanto la noche es porque pagan bien, y hasta le den el día libre.



Deja un comentario