
Yo no moriré de amor, dirigida por Marta Matute, 2026.
La metamorfosis, Franz Kafka, 1915.
Johnny cogió su fusil (Johnny Got his Gun), dirigida por Dalton Trumbo (guion de Dalton Trumbo y Luis Buñuel), 1971.
Fernando Martín Pescador
«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto». Este es el comienzo de La metamorfosis de Kafka. Gregorio Samsa se acostó siendo una persona, algo que ya no volvería a ser. Todavía vive en casa de sus padres, junto a su hermana menor, y, aunque aterrados, la familia se encargará de protegerlo a partir de esa mañana. No le permitirán salir de su habitación, pero le dejarán alimento diariamente hasta su muerte. Gregorio intentará comunicarse con ellos, pero lo único que saldrá de su boca serán ruidos extraños más parecidos a un gruñido o a un zumbido que a unas palabras humanas.
Cuando Joe Bonham (Johnny), un soldado combatiente en la Primera Guerra Mundial, se despertó, apareció en una cama de hospital, sin brazos, sin piernas y sin ninguna posibilidad de emitir sonido alguno. Así comienza Johnny cogió su fusil (1971), una película cuyo guion fue escrito por Dalton Trumbo y Luis Buñuel en 1964, que se suponía que iba a dirigir el aragonés, pero que acabó siendo la única película que Trumbo pudo firmar como director. En el caso de Johnny, el espectador sí que oye su voz en off, sí que percibe su angustia porque nadie en el hospital puede oírle. Ni siquiera él mismo puede oír su voz. En un momento dado, llega a desear poder oír su propia voz para que esta lo acompañe en su pesar. En este caso, es una enfermera que cuida de Johnny la que se percata de que pueden comunicarse con él.
Cuando Claudia, la protagonista de Yo no moriré de amor (2026) estaba despertando a la vida, a sus 18 años, descubrió que su madre tenía un alzhéimer prematuro. Todo parece quedar interrumpido por esta situación: su padre no sabe si debe disfrutar de su jubilación, su hermana debe posponer su propia maternidad y Claudia descubre que su vida tiene que girar alrededor de los cuidados a su madre en vez de comenzar el camino hacia su emancipación. ¿Debería avergonzarse de su egoísmo o tiene derecho a encontrar su sitio al margen de su familia? La película recorre los más de cinco años en los que la madre de Claudia va perdiendo sus facultades paulatinamente hasta el momento en el que su comunicación con el exterior, con los otros, es nulo. ¿Es consciente de cómo acaricia el pelo de su hija Claudia mientras esta la asea en la ducha? A Claudia le gustaría pensar que sí. ¿Es consciente del mundo que la rodea cuando grita en el parque al ver que un niño se ha caído del columpio?
Yo no moriré de amor ganó la Biznaga de Oro 2026 en el 29º Festival de Cine de Málaga celebrado el pasado marzo. Además, su protagonista, Júlia Mascort, se llevó la Biznaga de plata a la mejor actriz, y Tomás del Estal, la Biznaga de plata a mejor actor de reparto. Basada en las vivencias de la directora Marta Matute, la historia está llena de pequeños detalles, de verdaderas sutilezas que dan a la película grandes visos de autenticidad. Claudia, joven, todavía en construcción, vive en un piso en Valdemoro, que está rodeado por viviendas en obras, también en construcción.
¿Quién querría pasar por una situación vital así? Nadie. Pero también es cierto que, tras los más de cinco años por los que transcurre la película, Claudia, su protagonista, ha madurado, ha aprendido a vivir, ha encontrado un equilibrio en la relación con su hermana y hasta se siente fuerte para acercarse a su padre, un adusto militar retirado, para ofrecerle su ayuda, para que se desahogue con ella si es necesario. Su madre sigue y seguirá viva en sus recuerdos, en las anécdotas que la familia ha compartido a lo largo de los años o en actos reflejos, como los de arrancar las hojas secas de las macetas, como tantas veces había visto hacer a su madre.
La película, claustrofóbica en todo momento, termina con un salón iluminado por el sol antes de pasar a la canción que pone música a los créditos. De alguna forma, Yo no moriré de amor, termina como La metamorfosis: «Mientras se decían estas cosas, el señor y la señora Samsa, mirando cómo su hija se mostraba cada vez más animada, cayeron en la cuenta casi a la vez de que, en los últimos tiempos, y pese a las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, Grete había florecido hasta convertirse en una mujer exuberante y hermosa. Diciendo cada vez menos y comunicándose casi inconscientemente a través de miradas, pensaron que pronto llegaría la hora de buscarle un buen marido. Y para ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y de sus buenas intenciones cuando, al final del trayecto, la hija se levantó la primera y estiró su cuerpo joven.»



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