
César Aponte
Como las dos chicas que destrozamos todo —incluidas nuestras caras— éramos de Latinoamérica y solo teníamos monedas que valían muy poco en Europa, llegamos a un acuerdo con la dueña del bar. Bastaba con que limpiáramos todo ese día y que trabajáramos como meseras sin sueldo durante un mes para que ella condonara los destrozos causados por nuestra pelea.
Inicialmente, Canclini —a quien le rompí la nariz— y yo, con un ojo morado, dudamos del acuerdo con la dueña. Aunque sabíamos que nuestra alternativa era ser expulsadas de la Universidad de Salamanca, que presentaran cargos en nuestra contra y, eventualmente, volver a nuestros países sin ningún título obtenido en el extranjero, obligadas a dar explicaciones a cada familiar por separado —y en Navidad, a toda la parentela reunida—, hasta que Dios nos llamara a su gloria.
La dueña incluso tuvo la amabilidad de servirnos café y dejarnos a solas para deliberar. Cuando miré la nariz de Canclini —ya de por sí grande, y ahora inflamada, todavía peor—, pensé en que nada en este hermoso domingo había presagiado que acabaría peleándome con una paisana por un motivo tan peregrino.
Reñir en un bar era, antes de hoy, una posibilidad increíblemente remota. Probablemente, en ningún otro lugar, nunca, volvería a dar un puñetazo a nadie. Eso, si Canclini no abre la puta boca, pensé, pero fue una ocurrencia completamente desacoplada de mi voluntad. Ya no estaba de acuerdo, a un nivel racional, en volver a pegarnos. Canclini no me miraba. Recordé los versos de Ida Vitale: “Los rostros, sobre todo: repasar, pesar bien lo que callan”, e imaginé a la poeta repartiendo patadas en una parrillada en Montevideo o en una taquería de Ciudad de México, a su edad actual de 101 años, blandiendo con violencia el bastón.
Cuando Canclini finalmente me miró, reconocí en sus ojos el mismo sentimiento de extrañeza y pesar que me embargaba. Había quizás en su mirada un deseo de reconciliación, de arreglarlo todo, de iniciar una amistad entrañable que durara para siempre. Pero entonces ella dijo: “Yo gané la pelea”.
Reconozco que no valoré nuestra riña en términos de ganar o perder, pero esperaba una disculpa por parte de Canclini, y no esa afirmación buscapleitos que me llevó a repasar, golpe a golpe, verso a verso, cada una de las trompadas.
Cuando Canclini entró al bar, no es que no tuviera dónde sentarse, pero me vio en la barra y ocupó la butaca de al lado. Iniciamos una conversación como personas civilizadas, porque, aunque terminamos como hooligans, insisto en que al principio primaron la educación y los buenos modales. Canclini contó que me había visto en la universidad; yo le respondí que también la había visto caminar por los pasillos. Ambas cursábamos distintos másteres en literatura. Canclini era de Chile, yo de Paraguay; su comida típica favorita era el poroto con riendas, la mía era el vorí vorí. Estuvimos fervientemente de acuerdo en que ella debería visitar Asunción y en que yo tenía que conocer Santiago de Chile. Con Canclini, sentía calor no solo en el corazón, sino, más importante, en mis pequeños y friolentos pies. Ese calor era algo que extrañaba mucho: conocer gente nueva, la ternura que nos salva.
Pero Canclini medía metro y medio, y yo también. Teníamos mini hígados. Así que todo el alcohol que consumimos, como excusa para permanecer juntas en el bar, finalmente nos intoxicó, o nos poseyó. Ya en caída libre, pasamos de los temas más amables a aquellos que dividen a la humanidad en dos. Canclini resultó ser una iconoclasta: ni Sor Juana Inés de la Cruz ni Lady Gaga se salvaban de su martillo. Yo estaba un poco asustada, pero consideré que, quizás, las nuevas amistades requerían sus propias concesiones. Intenté redirigir la conversación hacia zonas seguras y le pregunté qué autoras contemporáneas le gustaban más. Canclini me contestó que hacía más de un año solo leía a escritoras latinoamericanas. Su respuesta me dio paz, me sosegó, y pude volver a saborear mi quinto o sexto vermut de grifo… que escupí entero cuando Canclini agregó: “Pero las escritoras latinoamericanas son toda una cagada”.
Me percaté de que mi suspiro fue, en realidad, un bufido. Le aseguré, desafiante, que no había leído a las autoras correctas, pero, mirándome por encima del hombro, me enumeró nombres y novelas que eran de las más importantes para mí. Yo ya apretaba los puños, fruncía el ceño y, apelando a sus raíces, a su maldita cordillera de los Andes, le pregunté por Gabriela Mistral. “Esa es la peor de todas”, contestó, mirándome sin pestañear.
Le tiré de la coleta y cayó al suelo. Me encorvé sobre ella, amenazante, y le grité que repitiera lo que acababa de decir si era tan valiente. “Voy a escupir sobre la tumba de Gabriela Mistral”, respondió. Ahí fue cuando le di a Canclini la primera de las patadas en las costillas que iba a recibir. Le ordené que recitara el poema Besos, la línea que dice: “Hay besos que se dan con la mirada, hay besos que se dan con la memoria”. Pero Canclini, en cambio, recitó: “Hay besos que se dan con la mierda”. Le propiné unas cuantas patadas más, luego la levanté con mis brazos y la lancé contra una de las mesas ocupadas. Nadie se interpuso entre mi furia y Canclini; todos intentaron salvar sus cervezas y se acomodaron para vernos. Yo hubiera hecho lo mismo, la verdad. Canclini yacía sobre la mesa. La obligué a repetir: “Hay besos por prohibidos, verdaderos”, pero, con una voz gangosa —supongo que por la sangre en la nariz—, dijo: “Hay besos que dan mononucleosis”. Di unos pasos hacia ella, pensando en lanzarla a través del cristal de la ventana, pero, antes de llegar, me senté en el suelo, súbitamente agotada, y me puse a llorar como si mis ojos fueran las mismísimas cataratas del Iguazú.
Alguien del público preguntó cómo seguía el poema. Otra persona, desde el fondo del bar, respondió: “¡Hay besos problemáticos!”.



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