
Joaquín Correa
Caminó por la alameda procurando no llamar la atención. Oculto tras un árbol, se volvió para atisbar entre las sombras de la noche las ventanas de su apartamento, esperando quizás ver las luces encendidas (aunque él las había apagado antes de salir de casa) y siluetas furtivas y fugaces recortándose contra las ventanas. No observó nada y eso lo tranquilizó, permitiéndose por primera vez en días el gusto de sentarse en una terraza para paladear con parsimonia una cerveza bien fría.
Era difícil dejarlos tranquilos en casa, siempre insistían en acompañarle y eso no era aún posible, no hasta que estuviesen acabados.
El señor de la gabardina, ese que tomaba café en una mesa esquinada de la cafetería de la estación y que escondía continuamente su rostro tras las páginas de un periódico, nunca le decía nada, pero lo miraba de una forma torva e inhóspita que siempre lo incomodaba. Pero no se atrevía a sacarlo de esa mesa, esperando impaciente ese tren que nunca llegaba porque él no terminaba de decidir la definitiva identidad de la persona a la que sin duda estaba aguardando. No lo tenía claro: es posible que fuese un agente secreto y el suyo un relato de espías. Nunca había escrito uno, pero quizás fuese la única manera de hacer que el señor de la gabardina abandonase esa esquina de su salón.
El duende, gnomo o elfo (o lo que fuese, aún no lo tenía claro, lo suyo nunca había sido la fantasía épica) era difícil de mantener quieto. Unas veces saltaba de estantería a estantería y otras se atrincheraba en la despensa arrojándole todo tipo de objetos cuando trataba de sacarlo de allí a las bravas porque no sabía crearle una tierra media creíble en la que se sintiese a gusto… No, definitivamente no, lo suyo no eran los relatos de fantasía.
Pero el peor de todos era sin duda la chica suicida, siempre con ojos llorosos y un gesto mezcla de angustia por su equívoca situación y de impotencia por la muerte que él no había sido capaz de escribirle con un mínimo de veracidad, y que lo seguía por toda la casa, implorándole muda que definiese mejor sus aristas y le confiriese una personalidad más fuerte y definida. A veces, cuando no podía soportar por más tiempo su perpetuo gimoteo, la visión de las cuencas violáceas de sus ojos, se sentaba un momento frente a la pantalla de su portátil y la hacía culminar su propósito. Pero luego, casi al instante, se arrepentía, sintiéndose muy mal por lo que había hecho, y mandaba lo escrito a la papelera de reciclaje, comenzando a bosquejar los rasgos poco definidos de un novio salvador que viniese a sacarla a ella de su depresiva confusión y, de paso, le diese a él la tranquilidad que necesitaba para ir cerrando las historias inconclusas que se le acumulaban, amenazando con desbordarle.
Esa noche tenía invitados a comer y no podía mostrar la casa en ese estado, con el señor de la gabardina ocupando la mitad del salón (que había inspirado por cierto la esquina de la cafetería), con el gnomo o duende (o lo que fuese) saltando de mueble en mueble e incomodando con su ruidosa e incomprensible jerga (¿élfico quizás?) a los vecinos del inmueble, con la chica suicida desvaneciéndose por las esquinas porque él no había sido aún capaz de escribirle un novio plausible que viniese a rescatarla de sus tendencias auto homicidas…
No, no podía mostrar tal desastre a sus invitados. No quedaba otro remedio. Les había tomado cariño, es cierto, pero no eran sino personajes incompletos para los que no terminaba de escribir su verdadero lugar y sitio.
Se sentó ante la pantalla del ordenador y, seleccionando la carpeta “borradores”, la eliminó sin remordimientos.
Se levantó y suspiró satisfecho ante el repentino silencio. Además, los imperfectos personajes de sus inacabados relatos aún no habían muerto del todo, siempre podría recuperarlos eligiendo, en la papelera de reciclaje, el comando “restaurar”.


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